Irán entra en una fase decisiva. Tras el shock estratégico que ha alterado el liderazgo del régimen, el país no solo enfrenta una crisis de poder, sino una crisis de legitimidad acumulada durante 47 años.
Lo que sorprende no es la incertidumbre interna. Lo que sorprende es la reacción externa.
En amplios sectores del debate europeo -incluidos ámbitos políticos y mediáticos que han sido especialmente activos en la defensa de la causa palestina- la narrativa dominante vuelve a ser el miedo al cambio, no la indignación por la continuidad del sistema que lo precedió.
Durante años, esos mismos sectores movilizaron manifestaciones masivas, campañas constantes y condenas inmediatas cuando la violencia provenía de actores occidentales o aliados de Occidente. Sin embargo, cuando la represión nacía del aparato iraní, el tono se volvía analítico, matizado, contextual.
La asimetría no es anecdótica. Es estructural.
No se trata de cuestionar la defensa de los derechos del pueblo palestino. Se trata de preguntar por qué esos derechos parecen universales en unos escenarios y relativos en otros.
Irán no es una abstracción geopolítica. Es un Estado donde existe policía moral, donde la vida privada está sujeta a criterios doctrinales, donde las protestas han sido reprimidas con dureza y donde la inflación y la mala gestión han erosionado la dignidad cotidiana de millones de personas.
Sin embargo, en buena parte del discurso pro-palestino europeo, el régimen iraní fue percibido más como actor de resistencia regional que como poder represivo interno. Se le evaluó por su posición internacional, no por su comportamiento doméstico.
Ese es el problema.
La guerra no es una solución. Es una tragedia. Pero afirmar esa obviedad no basta para responder a otra pregunta: ¿qué alternativa concreta ofrecían quienes durante años denunciaron la violencia externa pero guardaron silencio frente a la coerción interna?
El pacifismo selectivo termina siendo una forma de indulgencia.
Hoy, cuando el régimen enfrenta su momento más vulnerable, el temor al vacío parece pesar más que el reconocimiento del daño acumulado. Se advierte del caos, pero no se
recuerda la represión. Se teme la transición, pero no se lamenta con la misma intensidad la continuidad.
Irán está ante una posible transición. Puede ser controlada, puede ser fallida, puede ser histórica. Nada está garantizado.
Pero hay algo que sí debería ser innegociable: la defensa de los derechos civiles no puede depender del mapa ideológico.
Si los principios cambian según el adversario, ya no son principios. Son alineamientos.
Y cuando la política exterior sustituye a la coherencia moral,
la indignación se convierte en instrumento, no en convicción.