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Las crisis de la UE

domingo 05 de julio de 2020, 10:17h

El proceso de construcción de la Unión Europea ha tenido siempre situaciones límite que han obligado a todos sus miembros a ceder lo suficiente para poder mantener una de las mejores realidades del mundo. Sin duda, el espacio económico, comercial, social e, incluso, político, con sus grandes lagunas como la política exterior común inexistente a pesar de los esfuerzos de altos representantes como Federica Mogherini y Josep Borrell, es uno de los grandes logros a nivel mundial de los últimos 50 años. Hay una razón fundamental: es uno de los elementos clave que ha evitado una tercera guerra mundial con origen en suelo europeo.

A punto estuvo la crisis de los Balcanes de los años 90 en provocarla, pero los lazos e intereses creados con la Unión Europea y, no lo olvidamos, con la OTAN, evitaron un nuevo estallido bélico a nivel internacional con consecuencias imprevisibles. Sin embargo, no dejan de existir divisiones permanentes por la colisión de ambiciones e intereses entre los países y los diversos dirigentes con escaso sentido del alcance real de la Europa unida y más preocupados de su reelección nacional que de otras cuestiones mucho más trascendentes.

A pesar de muchos pesares como la falta de una política exterior común, de unas líneas claras y coherentes con los refugiados y los inmigrantes, de una triste debilidad frente a populismos y nacionalismos con el Brexit como ejemplo absurdo y de una falta de respuesta por egoísmos y mediocridades en la crisis económica y social del 2007 al 2015, entre otras muchas, las estructuras de las construcción europea se mantienen gracias a los intereses entre sus miembros, sus principios y valores y por lo mucho que le costaría a todos su desaparición. Otro ejemplo claro sería el euro.

Para poder considerar en su justo valor la Unión Europea, tenemos dos crisis actuales que precisan de una respuesta adecuada. Por un lado, la crisis más relevante como es la creada por la pandemia del coronavirus y que exige la movilización de cuantiosos presupuestos de ayuda por parte de las instituciones, tanto del Consejo Europeo que decidirá en julio, ya está tardando, y del Banco Central Europeo que ya está actuando. El futuro de la UE está en juego porque los ciudadanos no entenderían ni aceptarían una organización rácana que no les ayudara en tiempos tan delicados como los que sufrimos todos. Por supuesto, las ayudas precisan de planes concretos y supervisión para evitar malas tentaciones.

Y hay otra crisis que no sale tanto en los medios. La creada por los intereses confrontados de países como Francia, Italia o Alemania, entre otros, en el caos libio. La injerencia de tropas y mercenarios turcos han complicado aún más la situación de un país mediterráneo cuya estabilidad es clave para toda la región y cuyas riquezas energéticas son disputadas desde hace muchos años. El problema es que, además, sirve de base de actuación a milicias islamistas y terroristas y a las mafias de tráfico de seres humanos, armas y drogas. Europa debe superar las divisiones internas y jugar un papel clave para lograr una buena solución en Libia.

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