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Dólar y deuda

lunes 08 de enero de 2018, 11:30h

En la fachada de la Asociación Alemana de Contribuyentes en Berlín, luce desde junio de 1995 un contador digital de deuda pública. Además del saldo total, estima su variación por segundo. Desde el 1 de enero y por primera vez en dos décadas, el recuento baja. Lo hace a un ritmo de 78€ por segundo cuando en 2009, subía a 4.400€ por segundo. Claro que la deuda per cápita casi se ha duplicado hasta los actuales 23.800€ desde la inauguración de este contador hace 22 años de modo que, al ritmo de reducción actual, harían falta 800 años para eliminarla por completo.

Al margen de cisnes negros, la deuda aparece en cualquiera de los análisis de inicio de 2018 como uno de los flancos previsibles más débiles de la economía global por su potencial efecto sobre la inversión y el consumo, y constituye junto a un posible repunte de la inflación, el resurgir del proteccionismo y las tensiones financieras, el grupo de las cuatro amenazas que el BIS (Banco Internacional de Pagos de Basilea) atisba en el horizonte a medio plazo. Según sus estimaciones equivale al 330% del PIB mundial frente al 225% en 2008.

Lejos de representar Alemania lo que acontece en la economía global, no está entre los propósitos principales de ningún gobierno del mundo atajar su incremento, y sin embargo, lo que es cada vez más evidente, es que el periodo de políticas monetarias ultra laxas está en receso, y por lo tanto el dinero será progresivamente más caro. No podrá encarecerse mucho a menos que la inflación efectivamente repunte de modo llamativo, algo que la debilidad del dólar dificulta, y aunque por definición es malo, es el único devorador de deuda efectivo que se conoce una vez que los gobiernos prefieren mantener políticas fiscales expansivas en diverso grado, justo en un momento donde la bondad del crecimiento mundial exigiría, en aplicación de las teorías del padre de la economía moderna al que tanto se recurre en épocas de crisis aguda, exactamente lo contrario. El mayor campeón actual de este tipo de inconsistencias en política económica es precisamente EE.UU., el país más endeudado del mundo en términos absolutos, que a pesar de rozar el pleno empleo y crecer por encima de su tasa potencial, acaba de aprobar una política fiscal que, aunque de dudosos resultados prácticos en cuanto a generación de crecimiento, incrementará ineludiblemente su nivel de deuda. A ello hay que sumar el anuncio que se prepara en las próximas semanas, posiblemente coincidiendo con el Discurso del Estado de la Unión, de un importante plan de infraestructuras. La combinación de políticas monetarias restrictivas con políticas fiscales expansivas, es uno de los principios más sólidos en los que puede apoyarse cualquier alcista sobre una divisa y esa era precisamente la base principal en la que se apoyaban los fallidos pronósticos que del dólar se hacían hace un año. Si no fue suficiente entonces ¿por qué ha de serlo ahora?

Un dólar débil puede sin duda formar parte de la explicación al modesto repunte de la inflación mundial en 2017, de modo que aunque no es mucho lo que los bancos centrales del mundo pueden hacer para combatir esta debilidad, es como poco un inconveniente para permitir que la inflación global repunte y para que los bancos centrales ganen margen para hacer frente a futuros episodios de crisis. Un dólar débil puede ser algo que en virtud de la inercia se prolongue durante un tiempo en 2018, pero no es algo que se contemple con complacencia. Enero tiene la reputación de ser un mes importante en la evolución del dólar en el año. Si no extiende pronto su debilidad, los mercados no tardarán en aprovechar la oportunidad de comprar la divisa débil de una economía que crece firme y que ofrece rendimientos más altos. Deuda aparte.

José Manuel Pazos

Consejero Delegado del Grupo Omega Financial Partners
www.omegafinancialpartners.com

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