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Aciagas y cómodas manías del poder

viernes 03 de septiembre de 2021, 15:07h

La cada vez más recurrente tendencia de acudir a twitter por parte de los gobernantes de todos los países es una costumbre que ha arraigado con excesiva facilidad entre ellos pero va siendo ya hora de desterrar, más aún si con ella lo que se pretende –y ese parece ser el caso del presidente Sánchez a juzgar por los actos-, es sustituir con ello su presencia periódica en el Parlamento. De hecho, el presidente del gobierno español lleva casi 80 días sin someterse al control del Congreso porque resulta mucho más cómodo pronunciarse a través de las redes sociales que exponerse a las preguntas, siempre malintencionadas, de los señores diputados o, en otro orden de cosas, a las de los periodistas cuando son libremente formuladas, cosa que se intenta abortar con demasiada frecuencia desde Moncloa.

Creíamos, por otro lado, que ya se había pasado página en el gobierno de la era Iván Redondo, pero no es así porque alguno de los “espectáculos” de marketing político instaurados por él parece que siguen vigentes. Por ejemplo, esa nueva y cómoda apertura del curso político en un acto público de «autobombo» del presidente celebrado en Casa de América, con presencia de todos, o casi todos, sus ministros, así como de representantes de la sociedad civil, empresarios y sindicatos. El resto ya se sabe: positivo balance de todo lo planteado por el gobierno para esta legislatura, repunte de la economía, incremento del salario mínimo, velocidad de crucero en la vacunación y bla, bla, bla.

Y todo, por supuesto, con una puesta en escena cuidadísima (“¡no te olvides de que el perfil bueno del presidente es el otro…!”), y sin preguntas o intervenciones que pudieran resultar incómodas para el señor presidente. Es decir, justamente lo contrario de lo que habría sucedido si esa primera comparecencia para echar a andar en el presente curso fuera durante una sesión del Congreso, en cuyo caso, probablemente, serían otros temas los que se pondrían sobre el tapete: las causas de la reciente remodelación de su gobierno; qué pasos se van a seguir tras la crisis de Afganistán; la situación de los menores no acompañados de Ceuta; el desorbitado incremento del precio de la luz y, en consecuencia, el aumento del índice de precios al consumo y el peligro de una inflación desbocada; el porqué de no haber promovido aún una ley de pandemias… Al fin y al cabo, esos son asuntos menores y por eso Sánchez manda a sus ministros para que intenten dar alguna respuesta que, al menos, convenzan a su propio grupo parlamentario porque, lo que es al resto (incluidos los de sus socios de gobierno), ya sabe perfectamente que no va a ser así.

En una pretendida democracia consolidada y madura, como siempre trata de hacernos ver el gobierno que es la nuestra, no es serio que alguien con responsabilidades de gobierno trate de normalizar la no comparecencia habitual en las sesiones del Congreso para responder a las preguntas de la oposición, el silencio cada vez más frecuente a que se obliga a los periodistas tras las comparecencias del presidente del gobierno o de cualquiera de sus ministros, y mucho menos aún la publicación de tweets para dar una opinión pública sobre cualquier asunto. Vamos a tener que pensar que todos estos gobernantes recurren a esta fórmula porque no son capaces de articular argumentos sólidamente construidos que vayan más allá de los 240 caracteres de twitter.

Luego que nadie se sorprenda por las frecuentes salidas de pata de banco surgidas de las preclaras mentes de muchos de nuestros políticos, incapaces de escribir un folio sin faltas de ortografía, o de expresar una idea de más de dos minutos sin recurrir a muletillas o a vaguedades de quién no tiene criterio propio que vaya más allá del argumentario servido desde Moncloa o desde la sede del partido.

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