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¡Ave, Caesar!

martes 20 de julio de 2021, 07:56h

En los últimos tiempos, las noticias se suceden en España con una rapidez endiablada. No se ha digerido el varapalo del Tribunal Supremo al gobierno un día antes de que este indultase a los independentistas catalanes, cuando ya la ministra de Sanidad animaba a los españoles a sonreír sin careta y a retomar viejas y ya casi olvidadas costumbres de socialización cuando el covid vuelve a revolucionar estadísticas y a asustar de nuevo al gobierno de la nación y a los gobiernos autonómicos. No ha terminado de pedir el Tribunal de Cuentas las correspondientes responsabilidades económicas a los promotores del ‘procés’, cuando la nueva Generalitat ya ha abierto una partida en sus presupuestos públicos para hacer frente a aquellas responsabilidades que, por cierto, son privadas…

Y en esas estamos cuando -¡Dios mío, ¿quién diría que de esto sólo hace poco más de una semana?!-, a los españoles se nos vino encima , y por sorpresa, el reciente cambio de gobierno perpetrado con maestría maquiavélica por Pedro Sánchez. Confieso que me ha tenido perplejo hasta la fecha. ¡Se parecía tanto a aquellos relevos que montaba Franco desde el Pardo, con sus motoristas preparados para lanzar las novedades a los afectados! Aún hoy, varios días después de sucedido lo sucedido, no doy crédito a la inexistencia de filtraciones, a la sorpresa generalizada dentro y fuera del Consejo de Ministros y, por último –esto es ya mucho menos sorprendente-, a la confirmación de que en el seno del gobierno Sánchez se mantiene un gobierno paralelo de Unidas Podemos, antes capitaneado por el ínclito Pablo Iglesias, y ahora copresidido por Yolanda Díaz, su sucesora en esas lides del enfrentamiento a Sánchez en los dominios de la Moncloa.

Después de llenar en estos días minutos y minutos en los informativos de radio y televisión, líneas y líneas de bytes en los diarios digitales y chorros y chorros de tinta en los de papel, parece ya más que evidente que entre los ministros socialistas nadie supo hasta qué punto podía llegar la remodelación. El mismo sábado en que se hizo público el cambio, nada supieron de él la vicepresidenta Carmen Calvo (batida a los puntos por Irene Montero en su personal combate sobre la autodeterminación de género) y los ministros José Luis Ábalos (el hombre d los oscurísimos casos Delcy y Plus Ultra), Juan Carlos Campos (autor intelectual de la forma jurídica para llevar a cabo los indultos del procés; Arantxa González Laya (más que ministra, una diplomática principiante y causante de la crisis con Marruecos); Pedro Duque (ministro ausente de Ciencia); y José Manuel Uribes (el hombre de Cultura). Y el jefe de gabinete, el todopoderoso Iván Redondo (el alter ego de Sánchez, cubierto de gloria tras la fracasada moción de censura en Murcia y la estrepitosa derrota electoral en Madrid).

Sánchez pilló a todos sus ministros, y hasta a su avispado jefe de gabinete, con el pie cambiado y, de hecho, incluso hubo de conocerse que el listado oficial se entregase al Rey Felipe VI, para que los ministros en general , y los de Podemos en particular, pudieran respirar con cierta tranquilidad. Muchas quinielas daban por concluido al menos los mandatos de Alberto Garzón, recién reconvertido al vegetarianismo, Irene Montero, la ministra superfeminista y superguay, y Manuel Castells, el ministro fantasma de Universidades, campeón nacional de los silencios ministeriales.

Pero estaba claro que Sánchez prefirió no tocar la otra parte del gobierno, la de Unidas Podemos, para no complicar su propia permanencia en la Moncloa. Su vocación cesarista, pues, está limitada por el ala radical del gobierno que, unas veces por acción, y otras por omisión, sigue demostrando su poder en el seno del ejecutivo. Sobre todo, Yolanda Diaz, vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, e Ione Belarra, ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030, y sucesora de Iglesias en el partido.

¡Nunca como ahora ha cobrado tanto sentido aquello de “¡Sálvese quien pueda!” porque ya no se sabe muy bien quiénes son los nuestros.

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