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El virus del sectarismo

lunes 25 de octubre de 2021, 09:24h

Estamos asistiendo a un espectáculo tan cierto como peligroso e intolerable, el de admitir o no una idea o una verdad, no en función de los argumentos o las razones intrínsecas de la misma sino en función de la persona o entidad que la sostiene. En otras palabras, que, para algunos, únicamente son verdades aquellos axiomas que defiende una parte de la sociedad, aquella que se irroga la capacidad de juzgar la bondad o maldad de ideas, personas e instituciones.

El hecho tiene un nombre, el de “sectarismo”. La RAE lo define como “fanatismo e intransigencia en la defensa de una idea o una ideología”. Y eso es exactamente lo que se está extendiendo entre todos nosotros en los últimos tiempos como un reguero de pólvora, porque aquí lo que menos importa es la verdad sino anular al contrario utilizando todas las armas posibles.

“Si no estás conmigo, estás contra mí”, y pienses lo que pienses, digas lo que digas, sostienen a diario los círculos del poder y esa es una posición insidiosa y sectaria donde las haya que indigna mucho más aún cuando proviene de aquellos que más debieran predicar con el ejemplo.

Por lo que vemos a diario, ya no importa tanto perseguir el bien público, buscar la convivencia y la armonía sociales por encima de todo sino únicamente mantenerse en el poder cueste lo que cueste.

Así, hemos visto como el escrache a un político de derechas es libertad de expresión, mientras que ese mismo escrache perpetrado contra uno de izquierdas pasa a tildarse de fascismo. Si es libertad de expresión para unos, es también para otros. Si, por el contrario, es fascismo, lo es también para los dos.

Los jóvenes y menos jóvenes independentistas catalanes pueden lanzar todo tipo de proclamas y manifestarse cuando quieren –muchas veces con las consecuencias violentas y los destrozos de material urbano que todos conocemos-, mientras que un grupo de estudiantes constitucionalistas no puede ni siquiera poner una carpa informativa en la Universidad de Barcelona sin sufrir violentos ataques físicos y verbales de los primeros. La consecuencia está muy clara: hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda en función de las ideas que sostengan.

La ministra de Igualdad, Irene Montero, puede negarse a condenar públicamente la violación de una mujer en Reus por tres hombres, al parecer de origen magrebí, solo por el hecho de que esta llevaba puesta una camiseta de Vox. Parece así que la ministra ve más en la mujer violada a una militante política que no es de su agrado, que a una mujer agredida sexualmente. Las redes han ardido pidiendo la dimisión de Montero, pero, en el fondo, todos saben que no va a dar ese paso. Ni siquiera el de denominar ajustadamente a su ministerio como de Desigualdad porque, según se va viendo, no todas las mujeres son iguales.

Y una acción lamentable más que constituye otro claro ejemplo de sectarismo es la inacción de la izquierda en un asunto tan escandaloso como el surgido tras conocer que 16 menores tuteladas en las Islas Baleares se han visto envueltas en una red de explotación sexual. El del tirón de orejas al gobierno balear y al mismo ministerio de Igualdad es una sanción más que leve porque en esa quietud de las administraciones se juega el futuro psicológico y personal de muchas niñas acogidas en esos centros de menores baleares.

O los tremendos ataques lanzados por la izquierda radical contra una legendaria mujer de la izquierda española como Lidia Falcón, líder del Partido Feminista, solo por haber manifestado en su día, y de forma argumentada, su disconformidad con la llamada Ley Tras…

Podríamos anotar aquí muchísimos más ejemplos del sectarismo que domina hoy la política española en todos los niveles (central, autonómico, local, de partido…), y que constituye un claro ejemplo de lo que no debería de ser. Afortunadamente, al menos por el momento, la ciudadanía, la población de a pie, ha dado muchas más muestras de seriedad, serenidad y madurez que la que parecen atesorar –lo digo por lo escondidas que deben de tenerlas-, nuestros representantes, pero ni siquiera este hecho les ha llevado a considerar su inmediato cambio de actitud. Más vale que lo vayan haciendo porque luego querrán también eludir sus responsabilidades, un deporte cada día más practicado por todos ellos.
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