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Elogio de la frustración

miércoles 18 de agosto de 2021, 12:43h

La subida de la luz y la llamada ley Celaá (LOMLOE) han ocupado los primeros puestos de temas políticos estrella en la primera quincena de agosto en nuestro país. Y no son, precisamente, dos asignaturas marías en la agenda política del gobierno. La primera, la luz, porque emerge como el que puede ser origen de un posible y escabroso conflicto social relevante a partir de septiembre cuando en muchas familias haya que optar por pagar la luz o los libros de los chicos con el comienzo del curso. El segundo, el de la educación, porque hay consenso casi generalizado en que cada vez vamos a peor, en que vamos bajando y bajando el listón de los conocimientos mínimos en cada nueva ley de educación y así llegaremos a entregar títulos casi de saldo.

Vamos a quedarnos hoy con el de la educación, un asunto capital en el desarrollo tanto de los ciudadanos como de los países. Pues bien, si entendemos la finalidad y el verdadero sentido de la educación como la transmisión de conocimientos adquiridos por las generaciones que han antecedido a los alumnos de nuestros días, flaco favor vamos a hacer a estos impregnando esos contenidos de matices claramente ideológicos y de adoctrinamiento, por un lado, y con la rebaja sustancial del nivel de contenidos en las asignaturas clave, al parecer para evitar frustraciones en los alumnos.

En efecto, tal y como hemos ido conociendo estos días a través de la filtración de diversos aspectos de la nueva ley educativa, por un lado se resucita la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía que se introdujo en los colegios en época de Rodríguez Zapatero, y que ahora, en la época Sánchez, pasa a denominarse Valores Cívicos y Éticos, que se impartirá en Primaria, abordará los problemas de nuestro tiempo que, al parecer, se reducen al modelo de ver una cierta forma de entender la moral sexual y los modelos de género.

Por otra parte, y en relación a las materias troncales, vuelven a reducirse contenidos tan básicos como los números romanos, la regla de tres o el dictado. Y, para mí lo más epatante ha sido la nueva óptica de las Matemáticas con un “enfoque emocional y de perspectiva de género”. Será la primera vez en la historia de la educación que se imparta una asignatura sin titulación universitaria específica.

Los graduados y licenciados en Matemáticas tendrán tanta idea de emociones y de perspectiva de género, como estos últimos de Matemáticas. En fin, un dislate más a los que ya nos tiene acostumbrados el sorprendente gobierno Sánchez.

La idea que sobrevuela toda la acción de esta LOMLOE es la de evitar la frustración entre el alumnado, al tiempo que aumentar la confianza del estudiante en sí mismo, incluso por encima de alcanzar un cierto y mínimo nivel de contenidos en cada una de las asignaturas. De seguir así, y en última instancia, acabaremos haciendo doctores universitarios a todos y cada uno de los españoles por el simple hecho de haber nacido. Claro que luego viene la dura realidad de la competencia con otros alumnos, europeos o no en este mundo cada vez más globalizado, a la hora de ocupar los puestos laborales y ahí ya no cuentan más que las competencias y los conocimientos, y lo de la confianza en sí mismo pasa ya a un segundo término.

Un sistema educativo que tiene como norte evitar sintomáticamente la frustración en lugar de fomentar la cultura del esfuerzo y la perseverancia en los alumnos es un sistema abocado al desastre. La frustración es inherente al ser humano. Aprender a aceptarla, a encajarla en el día a día es tarea siempre inacabable desde la cuna hasta el cementerio, y ha sido siempre así desde que el hombre puebla la faz de la tierra. Lo contrario será crear seres endebles, pusilánimes y caprichosos que, a fuerza de creerse como dioses, acabarán dándose cuenta del engaño al que habrán sido sometidos durante toda su vida formativa si es que este engendro de la LOMLOE acaba imponiéndose en las Cortes Españolas.

Lo que debiera hacerse a través de la reflexión, el debate sosegado y profundo, la concordia y la asunción de fórmulas consensuadas entre la comunidad educativa y todas las sensibilidades políticas que se sientan en el Congreso y en el Senado, al convertirse en una imposición gestada y tramitada a través de decreto-ley en pleno estado de alarma durante la primera fase de la pandemia, vaya a ser sustituida en cuanto cambien los aires políticos de este país –estamos en ello, según todas las encuestas salvo la del CIS de Tezanos, como es lógico-.

Así no será nada extraño que podamos ver sustituida esta ley por una futura LOMLOMLOE, es decir, una Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Educación. Tan penoso como esperpéntico.

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