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Neolenguaje y nueva normalidad

miércoles 02 de junio de 2021, 08:42h

El autor más citado en 2020 en España ha sido, probablemente, George Orwell, seudónimo de Eric Arthur Blair (1903-1950), escritor británico políticamente muy comprometido que, incluso, luchó en la Guerra Civil Española en las filas del bando republicano. Su novela satírica 1984 (publicada en 1949) describe con escalofriante realismo una sociedad dominada por el Estado, situación que hemos entrevisto en España más de 70 años después cuando, en medio de una pandemia terrible, los ciudadanos han soportado restricciones de sus libertades y en donde, además, han visto inaugurada una nueva, sorprendente, inesperada y extraña época en donde se ha señalado, perseguido, amedrentado, asediado, controlado y despreciado públicamente a aquellos personajes públicos -fundamentalmente periodistas-, que se han atrevido a denunciar que la realidad de los hechos no siempre coincide con el relato oficial sobre los mismos.

Este y otros aspectos de nuestra realidad se señalan también a través de las metáforas que contienen otras dos grandes novelas. La primera, igualmente de Orwell, Rebelión en la granja (1945), basada en la traición de Stalin a la Revolución Rusa, brillantemente plasmada en esta ingeniosa fábula de carácter alegórico en la que se hace una contundente condena de la sociedad totalitaria.

La segunda, escrita por Aldous Huxley (1894-1963), también británico y coetáneo de Orwell, es Un mundo feliz (1932), una visión deshumanizada y utópica de un futuro que, en buena medida, parece haber cristalizado en nuestra época. La novela de Huxley presenta un nuevo orden mundial, surgido tras una guerra y una gran crisis económica, en el que la población queda ya compartimentada desde su misma incubación, en función de su mayor o menor inteligencia (los Alpha son la clase dominante y los Epsilon el último estadio de la nueva sociedad). Todo parece aparentemente perfecto e idílico porque, entre otras cosas, se han implantado medidas que han terminado con la familia, la religión, la filosofía, la cultura, el arte, la ciencia o la literatura. En otras palabras, con todo aquello que incita a practicar “la funesta manía de pensar…”.

El ataque sostenido y sistemático a las instituciones clave del régimen democrático del 78 instaurado en España tras la aprobación masiva de una nueva Constitución se viene llevando a cabo desde hace tres años -justamente los que cumple por estas fechas el gobierno presidido por Sánchez- a través de lo que Orwell llamaba neolenguaje, es decir, el uso interesado para “la causa” -léase aquí el cambio de régimen- de eufemismos, términos y conceptos a los que se vacía de su contenido real.

Así estamos viendo día a día cómo se recurre a la Constitución para sortearla a través de sofisticadas y alambicadas piruetas lingüísticas y jurídicas; de veladas alusiones a la Monarquía para reducir cada día su función a la mínima expresión cuando no para terminar por apartarla de la vida política y social; a hacer permanentes alusiones a la necesidad de diálogo con las fuerzas políticas de oposición y a los sectores sociales afectados para intentar superar la tremenda, brutal crisis económica que el país está atravesando como consecuencia de la pandemia, para terminar finalmente por imponer los criterios propios sin negociación alguna; y, por último, a apelar a los grandes principios democráticos y a formular constantes panegíricos en favor de la democracia para terminar por imponer un modelo propio y no compartido, al menos, por una gran parte de los españoles que no se ven representados en esta nueva normalidad que nos trae este neolenguaje en el que estamos insertos. Como ya dijo Ortega y Gasset, «¡No es esto, no es esto!».

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