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¿Ocaso de una civilización?

viernes 08 de octubre de 2021, 08:28h

Cada vez se está acortando más la que creíamos clara diferencia entre animales racionales (el hombre) e irracionales (todos los demás), que nos enseñaron en el cole. Y es que, claro, ¡hace ya tanto de aquello! Supongo que, desde un punto de vista exclusivamente científico, esas diferencias siguen existiendo con claridad meridiana, pero socialmente es mucho más difusa. De una u otra forma nuestra sociedad va encajando actitudes en favor de los animales que, paso a paso, los están humanizando. Y, sensu contrario, el ser humano está dando zancadas cada vez mayores que le hacen perder por momentos su teórica racionalidad.

La sociedad occidental, en clara y profunda crisis de identidad y de valores, está en franco declive. Y esto es así hasta el punto de que ni siquiera va a hacer falta invasión alguna para que en un breve periodo de tiempo -hablo en términos históricos-, uno o dos siglos, probablemente haya desaparecido como civilización. Europa desde luego, Norteamérica quizás en un plazo algo más dilatado, y Australia y Nueva Zelanda, acaso a más largo plazo aún o, incluso, pueden constituir la excepción que confirmará la regla.

No olvidemos que nosotros no somos el centro del universo, ni siquiera del mundo. Hay otras civilizaciones cuyos valores -y vamos a centrarnos ahora exclusivamente en su concepción del mundo animal y sus relaciones con él-, son absolutamente distintas a las nuestras. Pensemos, por ejemplo, el papel que juegan perros y gatos entre los ciudadanos chinos o en el mundo musulmán que, juntos, supone aproximadamente la mitad de la población mundial. Y, siendo así, no oigo proclamar a nadie que unos y otros sean menos humanos, o menos cultos, o menos sensibles que los occidentales. Se recurre siempre en estos casos al respeto por la cultura, etc.

Hay cuestiones que podemos traer aquí porque nos parecen muy directamente relacionadas con ese cambio de valores que está operando entre nosotros, ciudadanos occidentales, europeos y españoles, por mor de una superioridad moral que se irroga para sí misma la izquierda autodenominada progresista. Por aquello de no alargarnos excesivamente, vamos a quedarnos solo con uno de ellos, la tendencia a igualarse en derechos hombres y animales.

No sé si sabes que, en nuestro país, hay ya más perros que niños menores de 14 años. En las últimas dos décadas, las familias españolas han preferido criar perros antes que criar un bebé. Así, hoy hay algo más de 6.200.000 chavales menores de 14 años frente a casi 7 millones de perros censados estadísticamente. Quiero decir con esto que, probablemente, habrá algunos miles más que no tengan implantado el chip. Y, además, solo hablamos de perros, no de gatos y otras mascotas mucho menos numerosas que las otras dos especies. Si las contásemos esa diferencia se haría aún mucho mayor.

Cuando se ha preguntado a las familias por las causas que les llevan a tomar la decisión de preferir criar un perro que un bebé, argumentan razones económicas o de mayor libertad y, en ningún caso, muestran estar preocupados por el hecho de perpetuar la especie. Esta situación, prolongada en el tiempo, nos conduce inexorablemente a una disminución progresiva de la población que solo podrá regenerarse con la aceptación masiva de migrantes.

Aunque, desde otra arista muy distinta, es también interesante examinar las connotaciones últimas de esa iniciativa surgida desde el Reino Unido en plena evacuación de población afgana colaboradora con los países occidentales en los últimos 20 años tras la victoria de los talibanes. En plena evacuación contrarreloj de afganos, un exmarine británico que dirige un refugio con perros, gatos y burros planteó firmemente que no saldría del país si al mismo tiempo no podía sacar a sus animales. En total dependían de su organización unos 25 empleados y sus familias, y 150 gatos y perros más otros tantos burros. La ayuda de un donante permitió fletar un avión privado para sacar a unos y a otros, menos los burros que -al parecer- no pudieron completar con éxito el final de la Operación Ark y tuvieron que dejarlos en Afganistán.

Para ser justos, digamos que el Gobierno británico de Boris Johnson no cooperó con la fundación del exmarine en la evacuación de los animales que, obviamente, ocuparon la bodega del Airbus A330 fletado. Y, al mismo tiempo, que, en algún vuelo de Estados Unidos, esa bodega de la nave fue ocupada por docenas de personas que, ante la situación de bloqueo del aeropuerto por parte de los talibanes, no dudaron un instante en salir del país, aunque fuera en esas condiciones.

Para terminar, te propongo hacer un examen serio, profundo y personal para tratar de dar respuesta a un par de preguntas:

Si de ti dependiera, ¿habrías cambiado la vida de todos los animales que se trajeron en ese vuelo chárter desde Afganistán hasta el Reino Unido por la vida de un solo ciudadano afgano dispuesto a venir a Europa huyendo de los talibanes?

Y una segunda y última cuestión: Si, ante un hecho catastrófico (incendio, riada, terremotos, hundimientos, etc.), te encuentras ante el dilema de salvar a un ser humano que no conoces absolutamente de nada, o a tu mascota, ¿a quién salvarías?

Hasta hace no tanto tiempo –quizás medio siglo-, estas dos preguntas habrían tenido una respuesta casi unánime en la civilización occidental desde sus orígenes. Hoy no estoy tan seguro de ello.

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