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Renovarse o morir

lunes 26 de julio de 2021, 08:14h

Tras aquella probable y urgente cura de sueño que le practicaron a Sánchez tras pactar con Pablo Iglesias, los nacionalistas y los independentistas para ocupar el sillón de la Moncloa, todo han sido reveses que el presidente, no conforme con simular haberlos encajado con cierta deportividad, ha venido presentándolos en forma de continuos y arriesgados aciertos. Pero son tantas y tan contundentes las contradicciones a las que Sánchez nos tiene acostumbrados al exponer como verdades irrefutables una cosa y la contraria, que no creo que hayan calado en la conciencia de muchos ciudadanos españoles, que siguen dudando de las milongas sanchistas.

Me refiero a ser el responsable de haber alcanzado, durante la pandemia, las peores cifras de muertos por millón de habitantes de los países integrados en la OCDE; alcanzar el primer puesto en la mala gestión económica (endeudamiento asfixiante, paro creciente, enfriamiento de la inversión nacional y extranjera…); autor intelectual y, por tanto, responsable máximo del patinazo de Illa en Cataluña, que ha puesto en manos de Esquerra Republicana la presidencia de la Generalitat; sujeto paciente del duro revés sufrido junto a Ciudadanos tras el ataque a la presidencia del gobierno murciano; histórico revolcón electoral sufrido por el PSOE en Madrid el 4-M ante su enemiga pública número uno, Isabel Díaz Ayuso; forzadísimos y necesarios indultos a los políticos catalanes condenados por el procés en contra de la mayoría de la opinión pública y del criterio emitido expresamente por el Tribunal Supremo; serios y reiterados toques de Bruselas contra el intento de abordaje por parte del gobierno al CGPJ y las más que firmes advertencias sobre la urgencia de llevar a cabo en España reformas económicas estructurales; la más grave crisis diplomática con Marruecos desde la descolonización del Sahara y las consiguientes y periódicas avalanchas de migrantes sobre las fronteras de Ceuta y Melilla; frustrada cumbre intergaláctica, la más corta de la historia, con Joe Biden, celebrada en medio de un pasillo aprovechando un corto receso en una cumbre de la OTAN; pertinaz y obsceno mirar para otro lado al tiempo que descafeinar la oposición popular surgida espontáneamente en Cuba contra el gobierno castrista; fallo del TC en contra del decreto de declaración del estado de alarma de marzo de 2020, o los dos patinazos propiciados por el gobierno en los veranos de 2020 y 2021 en los precipitados levantamientos de las medidas anticovid que han dado lugar a nuevas oleadas de la pandemia que -eso sí-, hemos podido recibir con una seductora sonrisa.

La relación de reveses no es exhaustiva y, aún así, la respuesta a tantos y tan inesperados contratiempos ha sido esta reciente y sorprendente crisis de Gobierno, que ha trasladado al ostracismo político a varios de los pesos pesados del ejecutivo, empezando por su vicepresidenta primera, Carmen Calvo y terminando por el todopoderoso ministro de Transportes -y, no lo olvidemos, secretario de Organización del PSOE-, José Luis Ábalos, pasando por su jefe de gabinete, Iván Redondo, el Rasputín de la Moncloa, que Sánchez ha intentado presentar como un intento necesario de rejuvenecimiento y feminización del consejo de ministros, incorporando al ejecutivo a varias alcaldesas del partido cuyo poder interno dista mucho del de los ministros defenestrados. Y esto es sólo la antesala de lo que probablemente constituya una verdadera revolución -léase escabechina-, en el seno del partido gobernante cuyo secretario general y presidente del gobierno, va a acometer a la vuelta del verano cuando se celebre un nuevo congreso del PSOE y la consiguiente renovación de su ejecutiva federal, el órgano decisorio entre congresos.

Para entonces ya se habrá reunido un par de veces esa mesa del diálogo con las fuerzas catalanas sacada de la chistera de Moncloa y que irrita tanto a la oposición del Congreso (PP, Vox y Ciudadanos), como a la mayoría de los presidentes autonómicos, incluidos los compañeros de partido de Sánchez, que no ven con buenos ojos un nuevo y generosísimo reparto presupuestario y de poder para Cataluña en detrimento de las regiones que presiden.

Estas son, más o menos y a grandes rasgos, las cartas con las que Pedro Sánchez tiene que jugar en los próximos dos años para intentar revalidar su estancia en el Palacio de la Moncloa. A priori, y como punto de partida, el escenario no es el mejor de los posibles ni para él ni para su partido. Pero eso es sólo a primera vista porque el presidente ya se sabe que tiene como especialidad la de resurgir de entre las cenizas, como el Ave Fénix, y cuanto mayor es el reto, más se crece el personaje. A su favor cuenta también que el ciudadano español tiene la lengua muy larga y la memoria muy corta. Claro que el estado de devastación económica y política en el que está dejando sumida a la población, va a hacer muy difícil borrar tanta y tan profunda huella, si no de la memoria del ciudadano, sí de su bolsillo y de su conciencia. Si consigue revertir la tendencia de bajada de votos que, salvo el CIS de Tezanos, señalan todas las empresas sociométricas, volveremos a pagarlo y entonces quizás ya sea demasiado tarde para comenzar a arreglar el erial que nos deja en herencia.

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