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Sánchez contra Sánchez

miércoles 10 de noviembre de 2021, 08:08h

Corría el final de la década de los 70 del pasado siglo (1979) cuando una película dirigida por Robert Benton se convirtió en uno de los más claros éxitos de la temporada. Su título original era Kramer vs. Kramer y, más que la llamativa utilización del apócope de la palabra latina “versus” (vs., contra…), su mayor acierto estuvo en la inclusión en el reparto de los que serían de allí en adelante dos nombres con letras de oro de la gran pantalla: Dustin Hoffman y Meryl Streep. Lo traigo aquí a colación porque aquel era un denominado drama familiar en el que un ejecutivo publicitario, Hoffman, era abandonado por su mujer, Streep, y de pronto el ejecutivo tenía que hacerse cargo exclusivo de su hijo, haciendo de padre y de madre a la vez…

Para drama familiar, sin embargo, más de 40 años después y muy lejos de la América donde se desarrollaba la fábula de Benton, el que se lleva viviendo en el seno del gobierno Sánchez desde el mismo momento de su conformación. Comenzó la cosa con los insomnios provocados por el entonces vicepresidente Pablo Iglesias que, en plena pandemia covid, competía día a día con su señorito en eso de acaparar las miradas y los oídos de los ciudadanos anticipándose siempre en anuncios, logros e hipotéticos acuerdos entre socialistas y morados. Pero la procesión iba por dentro y, como siempre, no era oro todo lo que relucía y los consecutivos reveses electorales autonómicos de Unidas Podemos, por un lado, y la creciente animadversión ciudadana contra Iglesias, por otro, decidieron a este a salir del gobierno y apostar el todo por el todo en la Comunidad de Madrid frente a Isabel Díaz Ayuso. Esta vez fue a él quien la jugada le trajo duras noches de insomnio porque su formación política volvió a perder escaños y el político de la coleta acabó dejando su escaño autonómico y dimitió al frente de la secretaría general del partido.

Pero, ahondando más aún en el drama familiar de la izquierda, lejos de serenarse las aguas entre PSOE y Podemos, la sustitución en la cabeza del partido morado de Iglesias por Ione Belarra, y en el seno del gobierno por Yolanda Díaz, han enconado aún más las diferencias internas en un ejecutivo cuya permanencia, desgraciada o afortunadamente, se basa precisamente en esa coalición entre los dos partidos de izquierdas, aunque mucho más ajustado sería llamarle “cohabitación”. Se necesitan tanto como se odian o, al menos, no se toleran.

De no ser así, probablemente Sánchez habría hecho una remodelación muy distinta en julio pasado y se habría quitado de en medio a más de dos ministros podemitas, comenzando por la ínclita pareja de Iglesias, Irene Montero, ministra de Igualdad, la ministra peor valorada del gabinete cuyas mayores aportaciones a la historia del feminismo están siendo el intento de destrucción del idioma español (niños, niñas y niñes….), la división del movimiento feminista, y su obsesiva presencia en medios de comunicación y redes sociales, amén de engrosar las filas de asesores ministeriales con antiguos compañeros de filas.

Todos estos episodios no son más que la parte pública de un soterrado, constante y sordo enfrentamiento entre las dos facciones del gobierno que, con las encuestas en contra, y después de más de cien días de aquella forzada remodelación ministerial, a Pedro Sánchez nada se le ha ido poniendo de cara. Unidas Podemos –no lo olvidemos, una formación de extrema izquierda y antisistema-, ha contribuido decisivamente en ello poniéndole todo tipo de trabas y tensando permanentemente la coalición para ganar protagonismo –especialmente Yolanda Díaz-, en todo tipo de nuevas decisiones en forma de leyes (Vivienda, derogación de la reforma laboral de la época de Rajoy, Ley de Presupuestos Generales del Estado, etc.). Incluso con el lamentable y chusco espectáculo dado en el Congreso de los Diputados tras la condena por el Tribunal Supremo del número tres de la formación morada, el ya exdiputado Alberto Rodríguez, que ha llegado a acusar a Meritxell Batet, presidenta del Congreso, de arrebatarle ilegítimamente el escaño y al Alto Tribunal de prevaricador.

Con todo, este enfrentamiento entre las dos facciones del gobierno lo que está poniendo en evidencia es la lucha de Sánchez contra sí mismo. Por un lado, tiene que contemporizar con las veleidades extremistas moradas porque su permanencia en la Moncloa depende de ello. Por otro, tiene que atender a las exigencias de la Unión Europea para arbitrar directrices económicas, políticas y sociales absolutamente contrarias a las exigencias podemitas, ssi quiere aspirar a esa multimillonaria ayuda de fondos para poder sacar a España de la crisis económica en la que estamos envueltos y que es la mayor de todas las economías comunitarias.

¿Se atreverá el presidente a romper la coalición adelantando elecciones? Se admiten apuestas, pero yo creo que, a pesar de todo y contra viento y marea, intentará alargarla lo más posible y, entre tanto, trabajar intensamente para dar un vuelco a las malísimas perspectivas electorales que se pronostican, y que parece que van a dejar al PSOE por debajo de los cien diputados.

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