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Superhombres, supermujeres

miércoles 20 de septiembre de 2017, 08:46h

Friedrich Nietzsche (1844-1900), filósofo, poeta y filólogo alemán, uno de los más radicales, sugerentes e influyentes pensadores del siglo XX, fundamentó su ética en lo que él creía el instinto humano más básico, la voluntad de poder. Criticó el cristianismo y los sistemas morales de otros filósofos como "morales esclavas" porque, en su opinión, encadenaban a todos los miembros de la sociedad con normas universales de ética, lo que le llevó a proclamar que “Dios ha muerto”. A cambio, el filósofo alemán ofrecía una "moral maestra" que apreciaba la influencia creativa de individuos poderosos (superhombres) capaces de trascender las normas comunes de la sociedad, ese conjunto amorfo y sumiso de seres humanos, las mayorías, a quien él se refería también con el término rebaño.

Hitler pareció seguir a pies juntillas los postulados de su paisano y hasta intentó crear esa nueva sociedad de superhombres con las consecuencias nefastas que todos conocemos en forma de una nueva guerra mundial, con millones de muertos, entre los que se incluyen también cientos y cientos de miles de judíos perseguidos, retenidos en campos de concentración y, buena parte de ellos, gaseados en hornos crematorios.

Tuvo que ser otro alemán, Ludwig van Beethoven, quien con solo una frase destrozara la filosofía de Nietzsche y la puesta en práctica de esta por parte de su otro paisano, Hitler. Para el genial músico, “el único signo de superioridad que conozco es la bondad”. Y no le faltaba razón a Beethoven porque eso es lo que diferencia al hombre de los otros seres vivos, la posibilidad de ser buenos, y también para diferenciar radicalmente a unos hombres frente a otros.

Ejercer una buena acción, incluso heroica, en un momento dado, impulsado por un acontecimiento impactante, es relativamente fácil. Sucede lo mismo que con el pintor que consigue crear una sola obra deslumbrante a los ojos de los entendidos, o el poeta que llega a construir un único poema radiante, inspirador, sugerente y definitivo. Ambas cosas pueden suceder a fuerza de intentarlo, poniéndose a tiro de lo extraordinario y reaccionando con la lucidez y la energía adecuadas para estar a la altura de las circunstancias…

Misión

Es mucho más difícil, sin embargo, acabar siendo un héroe, un pintor o un poeta geniales todos los días, hacer que cada una de las acciones, los cuadros o los poemas que se creen sean verdaderamente iluminadores, únicos, excelsos. Eso está al alcance de unos pocos que, además, no suelen dar mucho valor a lo que hacen porque lo ven como una especie de misión para la que se sienten llamados y por la que apuestan más por sentirse bien consigo mismo que por afán de reconocimiento social alguno.

Estos últimos podrían ser verdaderamente esos superhombres de los que hablaba Nietzsche. Pero no son hombres o mujeres dotados de ese individualismo ejemplar, capaces de no dejarse llevar por las ideas imperantes, sino esos otros seres humanos que hacen de la bondad, de la excelencia en su quehacer, el norte de su vida. Y, si con ello, además, colaboran en hacer más felices a sus semejantes y a marcarles un modelo a imitar, aún mucho mejor.

Claro que -¡no te engañes...!- hombres como éstos no son los famosos, los triunfadores aparentes de una sociedad con los valores alterados (deportistas, artistas, políticos, caras famosas de la televisión…), sino esos otros seres humanos, generalmente anónimos, que son capaces de perder mucho por ayudar a otros hombres y mujeres que han corrido peor suerte que la propia. Son profesionales asentados de un envidiado primer mundo, que han optado por ceder gratuitamente, en muchos casos, la mitad o más de su tiempo y sus conocimientos, para intentar que otras gentes menos favorecidas en lugares próximos o remotos, asolados por la crisis económica, las guerras, las hambrunas, las catástrofes naturales o la pobreza extrema, puedan recuperar sus ganas de vivir con ejemplos como los de todos estos seres humanos esencialmente buenos, al margen de sus creencias, ideologías o convicciones religiosas, políticas o sociales que les han movido para abandonar la comodidad y sumergirse en la aventura de ayudar a sus semejantes de forma absolutamente altruista y desinteresada. Esos sí, son los verdaderos superhombres y supermujeres de nuestros días.

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