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Toros y bono cultural

domingo 17 de octubre de 2021, 12:34h

La prohibición dictada en 1805 por el rey Carlos IV de celebrar corridas de toros o novillos en todo el reino de España tiene ahora también sus imitadores. RTVE, por ejemplo, que retransmitió su última corrida de toros en 2006 en la Feria del Pilar de Zaragoza. Desde entonces, los aficionados han ido de mal en peor. Menos espectáculos y las únicas corridas televisadas han sido a través de la FORTA (Federación de organismos de radio y televisión autonómicos), y especialmente en la de Castilla-La Mancha, que pone una vez más en evidencia el nivel de contradicción al que es posible llegar en materia cultural dentro de las filas ideológicas de la izquierda española.

Luego llegó la prohibición sancionada por el Parlamento de Cataluña en el verano de 2010, y, más recientemente, hace solo unos meses, el cierre de la plaza de toros de Gijón en airada decisión de su alcaldesa (PSOE) que ha llegado a levantar incluso las iras del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, que arremetió contra la decisión de la primera edil gijonesa lamentándose de que ya le gustaría que «niños abortados o ancianos y enfermos eutanasiados sin paliativos tuvieran la legislación protectora que se les brinda a los toros».

Ahora, en estos días, y como otro fuego de artificio más lanzado por el gobierno de Pedro Sánchez para seguir intentando desviar la atención del ciudadano de los asuntos verdaderamente importantes que asedian a la política y la economía españolas (desempleo, mantenimiento de las pensiones de la Seguridad Social, falta de médicos en nuestra sanidad y maestros en nuestra educación, ataque permanente a la Constitución del 78, entre otros muchos problemas más ), se ha anunciado para el año próximo un bono joven que beneficiará a las personas que cumplan 18 años durante 2022. Ese bono entregará 400 € a cada uno de ellos, que antes el gobierno habrá detraído de los bolsillos de sus padres, sufridos contribuyentes, con objeto de financiar y ayudar a ciertas actividades culturales entre las cuales no estarán los espectáculos taurinos, excluidos tras la presión de la facción de Unidas Podemos dentro del gobierno, pero sí los videojuegos.

Con ánimo de ilustrar a Miquel Iceta, ministro de Cultura, y a sus asesores, así como a los dirigentes y militantes de Unidas Podemos, quiero dejar aquí constancia de algunas pinceladas -escogeré solo dos de las bellas artes, pintura y literatura-, que les muestren que si no incluyen a la tauromaquia entre las actividades culturales financiadas es, sencillamente, porque no les da la gana y porque así atacan más frontalmente el concepto de España, pero no por razones culturales.

Los toros pueden gustar o no, pueden ser vistos como una sublime manifestación artística indudable o solo como un espectáculo deplorable en el que unos animales, los toros, sufren la violencia de un grupo de hombres, los toreros y sus cuadrillas, para regocijo de un público numeroso que acude a las plazas para presenciar su lidia.

Pero el hecho es que el de los toros de lidia es un mundo enraizado en el arte, la cultura y la sociedad de nuestro país desde hace ya siglos y no solo está reconocido en nuestras leyes, sino que también están vinculados a muchas brillantes obras de arte de nuestra cultura.

Anotemos, aunque solo sea brevemente, que la imagen del toro aparece con las culturas más antiguas de la humanidad y revestida siempre de una compleja simbología (entre otras, origen de la vida, signo de la fertilidad, potencia engendradora del hombre, animal celestial…). Buen ejemplo de ellos pueden ser las grutas y cuevas del Paleolítico Superior (Cueva de Altamira) y, en expresiones más concretas, que incluyen, además, al hombre, en las Neolíticas del Levante español.

Pero vayamos directamente al siglo XVI, fecha en la que surgió el toreo caballeresco; al XVII, en donde se hizo muy popular la lanzada -antecedente del posterior rejoneo-, y al XVIII, momento en el que surgió la concepción moderna de las prácticas y reglamentos del toreo. Solo desde entonces se puede hablar propiamente de tauromaquia como arte y la técnica de lidiar toros, como tratado y reglas que rigen este arte.

Las figuras de Joselito el Gallo y de Juan Belmonte fundaron la denominada “Edad de Oro del toreo moderno” durante el segundo decenio del siglo XX. Y a ellos pueden unirse también los nombres de Manuel Granero e Ignacio Sánchez Mejías, a quien inmortalizara el gran Federico García Lorca en su eterno poema.

Después de la Guerra Civil española, surgieron nombres como los de Marcial Lalanda, Manolo Bienvenida, Pepín Martín Vázquez, Domingo Ortega y quien al decir de los entendidos marca un antes y un después de la tauromaquia: Manuel Rodríguez Manolete.

Literatura

Y, aunque más adelante volveremos a las manifestaciones pictóricas, demos antes un paseíllo por nuestras letras. Las corridas de toros aparecen ya al tiempo que la lengua escrita castellana. Hacen referencias a ellos Gonzalo de Berceo, el Arcipreste de Hita, el Cantar de Mío Cid, el romance de Los Siete Infantes de Lara, el Poema de Fernán González, las Cantigas de Alfonso X el Sabio, el romancero, las novelas de caballerías, la novela picaresca (Vida del escudero Marcos de Obregón, de Vicente Espinel, El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara. También en La Celestina de Fernando de Rojas, en el Quijote de Cervantes, en varios textos de Lope de Vega, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora.

Esto por lo que respecta a las letras españolas desde sus orígenes hasta el Siglo de Oro. Ya en el XVIII, aparece la Fiesta de toros en Madrid, de Nicolás Fernández de Moratín, que inaugura el género del ensayo -rudimentario, pero ensayo al cabo-, y se extiende también como la pólvora la poesía popular relacionada con el mundo taurino en el momento en que ya se impone el toreo a pie. Y en el XIX, brillan nombres del romanticismo, como Ángel Saavedra, Duque de Rivas, Pedro Antonio de Alarcón, y José Zorrilla. Y eso entre nuestros escritores porque también fascinó el mundo taurino a Lord Byron en su Childe Harold´s Pilgrimage, o a los franceses Prosper Mérimée, Carmen y La corrida de toros, o Théophile Gautier, tanto en sus Viajes por España como en la novela Militone.

A caballo entre el XIX y el XX los escritores de la generación del 98 también se interesaron vivamente por lo taurino. En especial Azorín (su cuento Sentado en el estribo, de su libro Cavilar y contar —que narra la espantosa muerte de Manuel Granero—, es una de las cumbres de la prosa taurina), Miguel de Unamuno y Ramón María del Valle-Inclán

En esa primera mitad del siglo XX hay también algunas novelas españolas de altura relacionadas con el mundo del toro como Las Águilas, de Joaquín López Pinillos, Pármeno y El torero Caracho, de Ramón Gómez de la Serna y Sangre y arena, de Vicente Blasco Ibáñez. Sin embargo, la poesía brilló como nunca en autores como los hermanos Machado, Antonio y Manuel (La fiesta nacional), Juan Ramón Jiménez –de su pluma nacen fragmentos exquisitos en Platero y yo-, Federico García Lorca (A las cinco de la tarde), Rafael Alberti -que llegó incluso a militar de forma excepcional en la cuadrilla de Ignacio Sánchez Mejías, con el que hizo el paseíllo en la plaza de Pontevedra-, Gerardo Diego, Miguel Hernández y José Bergamín, autor de alguno de los mejores ensayos taurinos del siglo, dedicados a Joselito y Belmonte, Arte de birlibirloque, y a su pasión de los últimos años, Rafael de Paula, La música callada del toreo.

Mirando al exterior en este mismo periodo cabe citar, al menos, a los franceses Henri de Montherlant, que resumió sus vivencias en España en Los bestiarios, y a los surrealistas, que hicieron del toro uno de sus emblemas sexuales y necrófilos. Es el caso de Michel Leiris y Georges Bataille.

Ya en la segunda mitad del siglo pasado, en España, Ignacio Aldecoa dedicó algunos de sus mejores cuentos al mundo del toro —Caballo de pica—, y el Nobel Camilo José Cela (Madrid, Toreo de salón y El Gallego y su cuadrilla). Hay que citar también al norteamericano Ernest Hemingway, asiduo de los Sanfermines de Pamplona (Fiesta, dedicada a Cayetano Ordóñez y, sobre todo, su serie de reportajes para la revista Life, reunidos luego en el volumen El verano sangriento, donde relata el enfrentamiento en los ruedos entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín).

Y, por último y en este terreno, el siglo XX vio surgir la crónica taurina algunos de cuyos exponentes más insignes fueron Antonio Díaz-Cañabate, Gregorio Corrochano y Joaquín Vidal.

Pintura

Además de las pinturas prehistóricas ya citadas, en la Grecia clásica hay múltiples manifestaciones pictóricas relacionadas con el toro (las famosas pinturas del palacio de Cnosos, en Creta), así como otras obras repartidas por Europa (el Minotauro, los toros de Gerión o los trabajos de Hércules).

Siglos más adelante, las pinturas de San Clemente de Tahull, de 1123 —en cuyos toros ve el historiador Gabriel Jackson un antecedente de los del Guernica, de Pablo Picasso— la decoración del Panteón de Reyes de la Colegiata de San Isidoro de León, fechada entre 1181 y 1188; y, más detalladamente, en las ilustraciones miniadas de las Cantigas de Santa María, de Alfonso X, en las sillerías de los coros de iglesias y catedrales en Salamanca, Cáceres, Pamplona, Sevilla y Andalucía occidental.

Es curioso, sin embargo, que, aunque las celebraciones taurinas fueron muy populares durante el Siglo de Oro, ninguna de ellas fue recogida por Velázquez, Murillo, Carreño o Claudio Coello.

Sin embargo, durante el siglo XVIII hay muchas y muy importantes muestras del interés creciente del toro entre artistas de la talla de Ramón Bayeu, Luis Paet y Alcazar y Antonio Carnicero que surtieron a la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara de motivos pictóricos para ser trasladados a los tapices.

Mención especial hay que dar a uno de los grandes de la pintura de todos los tiempos, Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) —, que diseñó también cartones para tapices, pero muy pronto hizo de lo taurino motivo autónomo de sus pinturas y grabados. Entre ellas las estampas de su Tauromaquia, cuya primera tirada se efectuó en 1816 y, dos años antes de su muerte, las cuatro litografías de los Toros de Burdeos.

También en el XIX, la Escuela Sevillana, encabezada por José Domínguez Bécquer, cuya obra más popular es una vista de La Plaza de la Real Maestranza de Sevilla, pintada en 1855. Otros artistas de la época fueron Antonio María Esquivel, Antonio Cabral Bejarano, Manuel Rodríguez de Guzmán y Joaquín Fernández Cruzado.

Entre los pintores románticos del reinado de Isabel II destacan Jenaro Pérez Villamil, Francisco Lameyer y, sobre todo, Leonardo Alenza y Eugenio Lucas Velázquez. Y, un poco después, el realismo costumbrista tiene sus nombres mejores en José Casado del Alisal y Manuel Castellanos, que entre otras obras dejó más de 350 dibujos que recogen todos los aspectos de una corrida de toros exactamente tal y como se celebraban entonces-, o Mariano Fortuny. Y, fuera de nuestras fronteras, Édouard Manet, que desde 1860 aborda temas y tipos taurinos en su obra.

Ya a caballo entre el XIX y el XX, nombres de la talla de Joaquín Sorolla, Ignacio Pinazo, Gonzalo Bilbao, Ricardo Canals, Francisco Iturrino, Darío de Regoyos y Julio Romero de Torres, el cordobés que mejor pintó la relación entre toreros y mujeres.

Y en el XX, Roberto Domingo elevó a la talla de arte el cartel taurino, y Pablo Picasso, autor también de La Tauromaquia, pero que en su Guernica (1937), funde caballo y toro que se enfrentan en el lienzo como los españoles lo hacían en la Guerra Civil. Y con ellos, Daniel Vázquez Díaz, José Gutiérrez Solana, Ignacio Zuloaga y Antonio Saura, creador de su más que peculiar Sauromaquia.

Videojuegos

Claro que tantos y tantos nombres de las letras o la plástica españolas, al parecer, no son nada frente a los videojuegos que ahora están en boga entre nuestros jóvenes y menos jóvenes. Y gracias a la extrema “sensibilidad” del ministro y sus asesores, va a acabarse muy pronto con esta injusticia histórica. Con tan dudoso honor el nombre de Miquel Iceta será incluido en los anales de la historia de la incultura española con letras de oro.

En todo caso, y por si aún estamos a tiempo para rectificar, déjenme que aconseje al entorno del ministro Iceta la lectura de un estupendo ensayo, ‘El fin de la fiesta’ (Editorial Debate, 2021), del periodista y escritor Rubén Amón. Es un valiente, controvertido, brillante y documentadísimo ensayo sobre el binomio toros-España. Ajuicio de Amón –es aquí donde reside verdaderamente el meollo de la cuestión-, la llamada fiesta nacional, parece que hoy escandaliza a una sociedad –la española-, que reniega de la muerte: “los dogmas prohibicionistas, el acoso político y la sublimación de las sociedades incoloras, inodoras e insípidas convierten hoy a la tauromaquia en un espacio de resistencia y de incomodidad que la hace más atractiva que nunca”. Es, sin duda, un documento imprescindible para que taurinos y antitaurinos puedan entender la realidad de la tauromaquia hoy en nuestro país y su porvenir porque el título del libro, ‘El fin de la fiesta’, hace alusión a su pleno sentido más que a su muerte a plazo fijo.

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