La izquierda española a la izquierda del PSOE parece atrapada en el mito de Sísifo, condenada a subir la roca de la unidad a la cima de la montaña electoral solo para verla rodar cuesta abajo y tener que empezar de nuevo con un nombre distinto. Primero fue la sopa de siglas histórica, luego la irrupción morada, después la confluencia de Unidas Podemos y, finalmente, el "movimiento" de Sumar. Ahora, apenas dos años después de su puesta de largo, Izquierda Unida (IU) certifica lo que era un secreto a voces: la marca está agotada.
El diagnóstico de Antonio Maíllo es quirúrgico y acertado en la forma. Haber permitido que el partido de Yolanda Díaz se llamase igual que la coalición fue un error de diseño garrafal, una sinécdoque política -la parte por el todo- que generó suspicacias y jerarquías innecesarias. Al proponer una "marca neutral" para las próximas generales, IU no solo intenta poner orden en la casa, sino que extiende una alfombra roja para el retorno del hijo pródigo: Podemos.
El efecto en el votante: entre la esperanza y el cinismo
Sin embargo, la percepción del electorado no se mueve al mismo ritmo que la táctica de los despachos. Para el votante convencido, la propuesta de una marca "paraguas" que respete la autonomía de los partidos suena a música celestial. Es la promesa de una paz armada, un mecanismo pragmático para evitar que la Ley D'Hondt castigue la división. Un nombre aséptico elimina el componente personalista de Yolanda Díaz y permite a las formaciones periféricas y a los morados integrarse sin sentir que están besando el anillo de una lideresa rival.
Pero existe otro grueso del electorado, el fronterizo o el desencantado, que empieza a mostrar síntomas graves de fatiga de materiales. Cambiar el envoltorio cada ciclo electoral transmite una sensación de inestabilidad crónica. La ciudadanía no vota siglas, vota certezas. Si la respuesta de la izquierda alternativa a la crisis de vivienda o la inflación es un debate sobre branding y nomenclatura, el riesgo de desconexión emocional es altísimo.
Diferenciarse o morir
El otro pilar del análisis de IU es quizás más relevante que el nombre: la diferenciación con el PSOE. La percepción de que Sumar ha actuado como una muleta dócil del "alma neoliberal" del Gobierno ha desdibujado su utilidad. El votante de izquierdas original busca una herramienta de presión, no un acompañante amable.
Si la nueva coalición -llámese como se llame- logra articular ese "programa común" del que habla Maíllo, centrado en lo material (pan, techo y trabajo) y no en las cuitas internas, el cambio de nombre será un éxito, un renacimiento necesario. Pero si la operación se queda en un lavado de cara para que los mismos actores sigan discutiendo sobre cuotas de poder bajo un logotipo diferente, la irrelevancia será el único destino posible. La unidad no se decreta con un cambio de marca; se construye con generosidad política, un bien que escasea últimamente en el mercado de la izquierda.