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Los dientes de Cristina

martes 20 de diciembre de 2016, 16:42h

Una común amiga de Cristina Fallarás y mía, Verónica VSJ, escribió a pachas con Andreu Martín una novela en la que una mujer harta de estar tan harta secuestraba y torturaba fina y escatológicamente a varios maltratadores. (Impunidad, Planeta, 2005)

La novela plantea que una secretaria judicial, Cándida Benito, llega al límite de tanto ver que los maltratadores entran en el juzgado con chulería y salen sonriendo al cabo de un par de horas en que jueces, algunos también de sexo femenino, juezas dicen que se dice por agramatical que sea, los dejan en la calle y apenas sin cargos.

Ayer supimos del oprobio de un barrio -y quién sabe si no de toda una empresa y hasta de una profesión en la que todos nos conocemos la jeta- que era conocedor del maltrato continuado de un sinvergüenza con mando en plaza, Alfons Quintá, periodista, mandatodo en TV3, abogado y hasta ex-juez, uno de esos miserables para los que Cándida Benito trabajaba horrorizada. Quintá era conocido públicamente por su mal carácter, mala llet dicen en Cataluña, malafollá en Granada, mala ostia en todas partes.

A lo que parece, todo el vecindario sabía que Quintá “curraba” a su mujer pero nadie dijo nada. Incluso he leído que Quim Monzó fue directamente interpelado por la madre de la interfecta que le imploró a gritos que la ayudara porque si no Quintá iba a matar a su hija. Ocurrió hace ¡10 años! Monzó le aconsejó que fuera a la policía y, supongo, se iría seguidito a alguna tertulia a hablar de cosas enjundiosas. Diez años, Quim, diez años de silencio infame en el que lavaste tu conciencia, como Pilatos, con un simple Vaya ud. a la poli que pa’ eso les pagamos y hoy, mañana del asesinato cuyo aviso no atendiste, escribes una columna ¡sobre pizza!

La hipocresía, hermoso eufemismo para tapar los excrementos sociales, casi siempre deja consecuencias llenas de lágrimas, pero ande yo caliente y poderoso caballero sea don dinero.
Quim Monzó, un buen tipo, fue un miserable entonces y nada le o nos ampara porque a superar la miserabilidad se aprende, basta con practicar la decencia y eso requiere esfuerzo.
Cristina Fallarás, alguien a quien respeto, acaba de recibir una amenaza brutal que acaso no se materialice pero que acojona: la diana de ETA con tu nombre dentro era exactamente lo mismo.

El autor de la machada firma como @Alfonsolvarez9 (Nótese que no hay A previa a “lverez”) y una búsqueda sencilla en twitter muestra una ristra inacabable de personas que se quejan del energúmeno desde hace tiempo. Al acceder al timeline del tal aparece el mensaje de que la cuenta ha sido suspendida, lo que me lleva a destacar que a pesar de la denuncia pública de Cristina, @Alfonsolvarez9 siguió twitteando y ni siquiera se le ocurrió borrar su cuenta hasta que la suspendieron.

Lo más probable es que haya sido suspendida directa o indirectamente por la acción policial que ya andará tras el amargado acosador, terrorista verbal en mil causas que alimentan su ira y su encono adicional por saberse cobarde. Me tranquiliza que acabará detenido: la policía no es tonta y este pazguato habrá dejado tantos ciber rastros que empapelarle va a ser fácil. Será juzgado y condenado; pero nada lavará el miedo y la osadía que haya podido generar con sus palabras. ¿Habrá algún atrevido?

Cristina piensa en sus dientes, metáfora de su periodismo peleón: mordiente dura y eficaz, grito firme contra la injusticia y arma cargada de palabras con la pólvora de la entonación. Es el valor del que siempre está arremangado luchando, luchando. Yo pienso en este mundo de mierda que hemos construido en el que un niño de 12 años pone una bomba, un periodista rico y reputado socialmente mata a su mujer y un cualquiera con un teclado incita al asesinato porque sí. Nunca antes los humanos habíamos sido tantos y tan poderosos. Tampoco tan memos.
Cristina piensa en seguir mordiendo. Yo dudo realmente si vale la pena seguir aquí disparando palabras a un mundo sordo.

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