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El joyero de la reina y el 'healthy food'

viernes 19 de noviembre de 2021, 07:00h

En plena gira promocional del libro El joyero de la reina, su autora, la periodista y novelista Nieves Herrero apunta, como esencia de la historia, que las alhajas que atesoró y luego legó la reina Victoria Eugenia de Battenberg, representaron un báculo en el que sostener su dramática y triste vida conyugal, que empezó cuando, el día de los esponsales, su vestido de novia blanco inmaculado, acabó repugnantemente enlodado por la sangre y las vísceras de los caballos reventados por efecto de la bomba que Mateo Morral había arrojado desde la tercera planta del número 88 (actualmente 84) de la calle Mayor.

Todo un augurio de penosa existencia que la propia Nieves resume en unas densas y reveladoras líneas: “Tuvo muchísimos problemas a lo largo de su vida. El nacimiento de hijos enfermos, ver que, pese a casarse enamorada, el Rey cada vez está más alejado de ella y le llegan noticias de hijos ilegítimos... entonces, ante esto, tocando sus joyas, ella se sentía fuerte. Y se lo decía su dama inglesa, que las joyas podían tener hasta un poder mágico y un poder de ayuda y fortaleza”.

Interesante mirada retrospectiva a la historia, que revela en la autora una singular capacidad para el pensamiento divergente del que tanto nos habló el gran escritor, periodista y pedagogo italiano Gianni Rodari.

En tanto discípulo y compañero de viaje en tantísimas horas de radio compartidas con Nieves, yo también tengo el mío, y, cómo no podía ser menos, mi mirada divergente se enfoca a la manducaria, porque, si de amor hablamos, en la azulejería tabernaria hemos aprendido que no hay amor más grande, firme y duradero que el amor a la comida.

El matrimonio de Victoria Eugenia y Alfonso fue asimétrico en casi todo y eso incluyó la mesa y el mantel. Lógico. Ella era británica de pies a cabeza, y él, más castizo que Eloy Gonzalo en el sitio de Cascorro, aunque sin lata de gasolina ni antorcha, claro está.

La reina se había traído su té en el ajuar de bodas, pero en lugar de a las five o’clock, lo tomaba a las tres, de manera que salvo en esta compartida colación, cada majestad comía por su lado.

En 1964 y en una entrevista concedida al periodista Marino Gómez Santos para la revista Hola, la reina rememoraba a su viudo en los placeres de la mesa: “Para comer era muy granívoro. ¡Uf… muy carnívoro! Detestaba las legumbres, las ensaladas, las frutas. Le gustaban eso sí, las fresas, y algún postre que le preparaban. Todavía me parece verle: tomaba un pedazo de carne, patata y luego un pedazo de pan. ¡Típico, típico!... muy español!”. Hay que suponer que cuando su Alteza decía que detestaba las legumbres, estaba pensando en verduras y hortalizas, porque a la hora de comer garbanzos pocos ganaron a Don Alfonso.

Y hay que decir que, al rey, además de lo castizo de la cocina española, le gustaba degustar siempre lo más típico de la región o ciudad que visitaba. Como ejemplo, durante una visita a Albacete, realizada en 1911. Las autoridades locales, conociendo bien sus apetencias, le obsequiaron (recordemos que entonces Albacete estaba unida a la región levantina y que formó unidad con Murcia hasta los años setenta del pasado siglo) con un almuerzo a base de aceitunas de Onil, bacalao a la alicantina, sobrasada de Tavern, arroz con costra, pescado a la marinera, perdiz en cazuela al estilo de la Albufera, espárragos de Bussot, filetes de ternera de Orihuela, pasas de Denia, peladillas de Alcoy, turrón de Jijona, almendraza de Villajoyosa, dátiles y granadas de Elche, manzanas de Alcolea, peras de Ibi, naranjas de Rojales y tortada de almendra. En justo y oportuno maridaje, claretes y tintos de Dupuy, de Alicante y de Hondilla, de la cosecha, dicen que excelente, de 1872.

Mientras el rey se embaulaba rotundos guisotes y arroces de honda raigambre hispana, o platillos de la cocina francesa entonces tan en boga, la reina no pasaba de su neutral roast beef y sus secos bizcochos de té. Con la bebida pasaba algo similar, porque mientras Victoria Eugenia era prácticamente abstemia, al rey le gustaba el champagne al final de las comidas y nunca desdeñaba los buenos vinos hispanos.

La pasión del monarca por el cocido fue proverbial, pero Victoria Eugenia lo detestaba, aunque como muestra de buena voluntad y deseo de conciliación familiar, aceptaba de buen grado que con el caldo se le preparara una sopa de arroz a la que se añadía un huevo duro muy picadito, una pizca de hierbabuena y otra de pimienta blanca.

La aversión de la reina por la cocina tradicional española era bastante similar a la que sentía por la culinaria clásica francesa. Nacida en el Castillo de Balmoral, y criada en el de Windsor junto a su madre y abuela, la reina Victoria, llevaba la cocina británica en sus genes y siempre intentó transmitírselos a su descendencia. Cuenta Eva Celada que, cuando llegaban sus nietos a Palacio, indefectiblemente les tenía preparados un roast beef y un milk pudding, dos platos señeros de la coquinaria de su país natal.

Volviendo al libro El joyero de la reina, sostiene Nieves que cuando la reina Letizia se pone alguna de las joyas que acopió Victoria Eugenia no lo hace al buen tuntún, sino que en la decisión subyace un mundo simbólico: “… lo que está diciendo es de dónde viene todo esto y reivindicando que ella es la Reina de España y que la institución está ahí y vivimos en una monarquía constitucional. No se dan puntadas sin hilo; cuando Letizia se pone una joya es que nos está mandando un mensaje”.

La suposición de Nieves tiene todo el sentido y se non é vero, é ben trovato, pero cabría pensar si el gusto de la reina Leticia por la comida sencilla y saludable, por el healthy food tan victoriano, o el hacerse fotografiar con la familia ante una sopita de verduras, no nos están enviando también un recado de complicidad y aceptación de la herencia que le legó la de Battenberg.

Se admiten apuestas.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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