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México en el corazón

lunes 17 de junio de 2024, 09:52h
La Sinaia en el puerto de Veracruz
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La Sinaia en el puerto de Veracruz

En estos días, se cumplen ochenta y cinco años de la llegada a tierras mexicanas del primer contingente de republicanos españoles, y medio siglo de la visita de quien esto escribe a la Embajada de la República Española en Ciudad de México. Conjunción pues de memorias vicaria y episódica de una misma épica peripecia histórica que Nos creemos merece la pena desarrollar. De la segunda queda el recuerdo de un momento en el que ya se intuía el definitivo declive de la dictadura franquista, con una oposición recién aprobada al funcionariado del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y un viaje turístico organizado por el Grupo de Empresa del Ministerio de Educación y Ciencia, que dirigía el gran actor y animador cultural Manuel Escalera. Llegado el momento, no conseguí que alguien accediera a acompañarme y me dirigí solo a la legación republicana española, sita en el número 114 de la calle Galileo y Colonia Polanco, un inmueble que cuatro años más tarde, en 1977 y en el contexto de las primeras elecciones democráticas españolas tras el franquismo, fue entregado por el encargado de negocios de la República española a un comisionado del gobierno mexicano, para que éste lo pusiera a su vez en manos del representante diplomático del Jefe del estado el Rey Juan Carlos I. Así, México fue el único país del mundo que reconoció hasta el final al gobierno legítimo de la República.

El personal de la cancillería me recibió con gran curiosidad y amabilidad extrema. Me preguntaron sobre la situación política en España, que traté de explicar con la inmadurez propia de mi edad de entonces y la subjetividad de un militante de la llamada extrema izquierda, aún ilegal y ferozmente perseguida. Charlamos largamente y aquella buena gente fue desgranando anécdotas del largo exilio y correspondencias gratas hacia el país de acogida, con Presidente de México, Lázaro Cárdenasespecial señalamiento de gratitud hacía Lázaro Cárdenas, presidente de México entre el 1 de diciembre de 1934 y el 30 de noviembre de 1940, y el recuerdo imborrable de la arribada del buque Sinaia al puerto de Veracruz.

Sobre la memoria de Cárdenas flota aún el espíritu de las letras del abogado, escritor y político Álvaro de Albornoz, quien, a finales de 1940, escribió: “Cuando España se recobre, se alzará en Madrid un monumento en cuya base de granito del Guadarrama se leerá la inscripción siguiente: Extranjero, detente y descúbrete: este es el Presidente de México, Lázaro Cárdenas, el padre de los españoles sin patria y sin derechos, perseguidos por la tiranía y desheredados por el odio”. El profundo afecto que destilaban estas palabras había comenzado a desarrollarse cuando, al poco de la sublevación militar contra el gobierno constitucional de la República, en agosto de 1936, Cárdenas declaraba: “El gobierno de México está obligado moral y políticamente a dar un apoyo al gobierno republicano de España, constituido legalmente y presidido por el señor don Manuel Azaña. La responsabilidad interior y exterior está a salvo. México proporciona elementos de guerra a un gobierno institucional con el que mantiene relaciones y que hoy se debate en una lucha encarnizada, fuerte y sangrienta, oprimido por las castas privilegiadas”.

Del dicho al hecho, entre agosto de 1936 y febrero de 1937, México hizo llegar a España 20.000 rifles y 20 millones de cartuchos, miles de kilos de azúcar y toneladas de garbanzos. En paralelo, llevó a cabo gestiones para que los países iberoamericanos escucharan a los diplomáticos republicanos españoles, mientras que el ministro plenipotenciario mexicano ante la Sociedad de Naciones, el historiador, filólogo y diplomático Isidro Favela, se convertía en portavoz de la causa ante el alto organismo internacional. Perdida la guerra ante el fabuloso despliegue militar de la Alemania nazi y la Italia fascista, un inmenso río humano cruzó la frontera con Francia. A las pocas semanas, el gobierno galo informaba de una cifra de 440.000 Campos de Concentración de Republicanos Españoles en Franciarefugiados españoles en su territorio. No hubo piedad para con los vencidos y fueron instalados en espantosos campos de concentración en las playas del Departamento de Pirineos Orientales. Hasta allí se trasladó el diplomático Fabela y el 24 de febrero de 1939 informaba de la situación a su presidente Cárdenas: “En Argelès sur Mer se concentraron aproximadamente unos 100.000 hombres. Esta enorme avalancha humana quedó instalada frente al mar, sin otro límite que la playa y una cerca de alambre con púas fijadas en una extensión de dos y medio kilómetros de largo por uno y medio de ancho. (…) El campo de concentración propiamente dicho, no tenía, al crearse, ni una tienda de campaña, ni una barraca, ni un cobertizo, ni un muro, ni una hondonada, ni una colina; ni tampoco árboles, arbustos ni piedras. Es en la playa abierta y arenosa frente al mar, y, tierra adentro en terrenos eriazos y viñedos escuetos, donde han vivido y viven los refugiados de España (…) Los débiles, los enfermos, los viejos, no siempre tuvieron manera de acercarse a tomar su alimento y por eso tantos perecieron de inanición”.

El gobierno intentó paliar la catástrofe humanitaria, fletando un vapor francés, el Sinaia que partió el 25 de mayo de 1939 desde el puerto de Sète, en la región occitana, con 307 familias españolas a bordo, 1699 personas, en su mayoría intelectuales, escritores, científicos y políticos. Hacinados en el barco, el viaje fue muy duro, pero los viajeros organizaron cursos literarios, fiestas, conciertos o exposiciones artísticas. También confeccionaron un diario, del que durante la travesía se publicaron ocho números, para informar a los viajeros de la evolución de la situación, al tiempo que se les instruía a toda prisa en las peculiaridades del país que les iba a acoger.

Varios pasajeros murieron en el trayecto y al menos una niña, Susana Sinaia Caparrós, nació en el buque. Finalmente, tras dieciocho días de navegación, el Sinaia, atracó en el Puerto mexicano de Veracruz el 13 de junio. En el costado del atraque lucían dos pancartas: una agradeciendo la acogida del pueblo mexicano y otra en la que figuraba el lema: “Negrín tenía razón”, en alusión al convencimiento del eminente fisiólogo y Presidente de la Republica Juan Negrín de que hubiera habido que resistir y continuar la contienda, ante la inminencia de la que sería Segunda Guerra Mundial. Un año antes le había escrito una carta al máximo dirigente de la Unión Soviética Iósif Stalin en la que le decía: “Si en España fuéramos derrotados, dudo que el verano de 1939 trascurra sin estallar un gran conflicto”. El 1 de septiembre de 1939 el ejército nazi invadió Polonia y se dio el banderazo de salida a la mayor conflagración planetaria que había conocido la historia. El lúcido dirigente e imprescindible eslabón entre los dos únicos premios Nobel españoles de la historia, Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa, había repetido hasta la saciedad que “resistir es vencer”, pero nadie le hizo caso.

Restos de Manuel Azaña con la bandera de MéxicoEl apoyo material y también moral del gobierno mexicano siguió adelante. Cuando el Presidente de la República Manuel Azaña, murió en Montauban el 3 de noviembre de 1940, el general Philippe Petain, colaboracionista con el gobierno nazi alemán y fantoche sumo del vergonzoso Régimen de Vichy, prohibió taxativamente que se le enterrara con honores de Estado y que la bandera republicana cubriera su féretro. Entonces, el embajador mexicano en Francia, Luis Ignacio Rodríguez, envolvió solemnemente el ataúd con la bandera de su patria.

México, ahora y siempre, en nuestro corazón.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía. Profesor de sociología en el Grado de Criminología.

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