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Ritos de fecundidad en tiempos de postmodernidad

Ritos de fecundidad en tiempos de postmodernidad

lunes 09 de marzo de 2020, 09:58h

Las estatuillas destinadas a la celebración de ritos de fecundidad y fertilidad empezaron a aparecer en Europa en algún momento del Paleolítico y de ellas son ejemplos señeros la Venus de Willendorf, la Dama de Brassempouy o el conjunto femenino de las Cuevas de Grimaldi, talladas en materiales diversos, como piedra, barro y terracota, huesos y astas, madera y marfil.

A cualquiera le resulta perfectamente comprensible una practica de este tipo en las medianerías o postrimerías del periodo más largo de la existencia humana, en el que pueblos nómadas tallaban piedras para construir artefactos con los que poder atacar y defenderse, despellejar y quebrantar piezas de animales o desmenuzar las partes comestibles para poderlas mascar con mayores garantías de aprovechamiento nutricional. Logrado todo ello, algunos de nuestros ancestros consiguieron, por distintos medios, alcanzar estados alterados de conciencia que les llevaron a elaborar rituales cuyas funciones se extendían a numerosísimos ámbitos, como fortalecer los lazos sociales y la cohesión del grupo o, como es el caso, garantizar la fertilidad de la tierra o de la hembra de la especie.

A partir de aquí es difícil saber en qué momento surgieron la religión, la espiritualidad y el arte como características evolutivas diferenciadoras, pero las teorías antropológicas más recientes apuntan a que tal pudo ocurrir en las sociedades del Paleolítico inferior, entre ciento cincuenta mil y dos millones y medio de años atrás, aunque las piezas de “Venus” y “Damas” encontradas hasta el presente son de un periodo de entre veinte y treinta mil.

Sea como fuere, lo cierto es que este tipo de ceremoniales se remontan a un pasado sito a muchos miles de años por lo que resulta bastante chocante que en los días que corren haya mujeres que siguen practicando similares procedimientos y que lo hagan en el corazón del país que abrió las puertas a la Edad Contemporánea y que sentó las bases de la democracia moderna estableciendo el principio del poder superior de la razón frente a la fe, vigente durante el Antiguo Régimen que derrocó.

Porque es en Père Lachaise, el cementerio intramuros más grande de París y uno de los más hermosos y populares del mundo, al que de ordinario acuden mujeres de distintos países para ejecutar un rito de fecundidad/fertilidad en la tumba de un periodista francés, Victor Noir, enormemente famoso no por su trabajo o carrera profesional sino por la forma en que murió y por las enormes consecuencias político-sociales que tuvo su defunción.

Todo empezó en 1869 cuando surgió una agria disputa entre dos periódicos corsos, el progresista La Revanche y el oficialista L’Avenir de la Corse en la que intervino el príncipe Pierre Bonaparte, primo del emperador Napoleón III, publicando una carta en el segundo que denigraba en gravísimos términos a los redactores de La Revanche. El asunto se trasladó de la isla a París y el editor de La Marseilleise Pascal Grousset, haciendo propia la ofensa, retó a duelo al noble y encargó a dos de sus empleados, Fonville y Noir, que llevaran la carta formal al protagonista del agravio.

Bonaparte recibió a la pareja de pésimos modos y les participó que él no negociaba con sirvientes. Comenzó una discusión que a los pocos minutos acabó en tragedia con la muerte de Noir por arma de fuego. En el juicio celebrado para aclarar el homicidio, Fonvielle declaró que el príncipe había insultado a Noir, luego le había dado un bofetón y asesinado fríamente a tiros a continuación. La versión de Bonaparte fue que Noir le había agredido verbal y físicamente ante lo cual se vio obligado a defenderse con el arma que llevaba en el bolsillo. El Tribunal aceptó esta explicación como cierta y le absolvió de todo cargo al considerar lo ocurrido como legítima defensa.

Inmediatamente se desató una ola de indignación popular y la procesión funeraria del cadáver de Víctor Noir hasta el cementerio de Neully, a las afueras de París, fue seguida por más de cien mil personas. El periodista se convirtió en un símbolo de la causa republicana.

Derrocado el emperador en 1870 tras su rotundo fracaso en la guerra franco-prusiana y una vez establecida la Tercera República Francesa, el cuerpo de Víctor fue solemnemente trasladado al cementerio de Père Lachaise en 1889.

Allí, su tumba cuenta con una magnífica escultura en bronce del escultor Jules Dalou, cuya obra universal forma parte del paisaje de París con piezas como El Triunfo de la República de la Plaza de la Nación o el Triunfo de Silene en los Jardines de Luxemburgo.

La estatua, a tamaño natural, es de bronce y de un impresionante realismo. El personaje está tumbado y desaliñado, con su sombrero a un lado, como si acabara de caer abatido. Con todo, lo que quizá llame más la atención es que a la altura de la bragueta aparece una notabilísima protuberancia que bien pudiera interpretarse como el bulto de un pene erecto y de voluminoso tamaño.

Así, en los años sesenta del pasado siglo se empezó a extender la costumbre entre ciertas damas de ritualizar la efigie como un tótem de fertilidad y de satisfactoria vida sexual. Básicamente, la ceremonia consiste en colocar una flor en el sombrero, besar los labios de la broncínea estatua y finalmente ponerse a horcajadas sobre ella para que las dos genitalidades, literal y figurada, se acoplen y rocen.

Ante tamaño desatino en 2004 se levantó una verja para proteger el monumento, pero una protesta ciudadana liderada por la popular presentadora televisiva franco-libanesa Péri Cochin consiguió que el enrejado se retirara. Hasta hoy.

La protuberancia escultórica está visiblemente desgastada por el uso ritual de referencia y el futuro de erosión se ha situado muy al alza desde que la posmodernidad de la sociedad líquida la ha convertido en un reto mundial para subir la imagen a Instagram.

Y ahí está la estatua yacente de Noir creada por Dalou. Viendo pasar el tiempo y la genitalidad festiva.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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