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Un mantón para la soleá

lunes 31 de mayo de 2021, 09:54h

Se nos va mayo, entre cantos de calandria y replicatos de ruiseñor, deslizándose sobre un horizonte que cada vez pinta menos triste y cuitado. Que desescalamos, vamos.

En esa distensión de alivio hemos visto como hace nada se ha reabierto el que pasa por ser el mejor tablao flamenco del mundo, el madrileño Corral de la Morería, un lugar que según el diario New York Times y la periodista estadounidense Patricia Schultz​ es uno de los mil que es imprescindible visitar antes de entonar el adiós a la vida. Dicho en extranjero, 1000 Places to See Before You Die. A más a más, también es uno de los 22 espacios que en Madrid luce estrella Michelin y el único restaurante con espectáculo que en el universo mundo ostenta tan icónico galardón.

Con ese bagaje, que es sólo brevísimo apunte para abrir boca, el Corral de la Morería reabrió sus puertas el pasado día 20 tras catorce meses catorce cerrado a piedra y lodo por imperativos pandémicos. Subrayando la épica del acontecimiento, ese mismo día el local conmemoraba el 65 aniversario de su apertura al público. Un público que en los seis decenios y lustro constituye un magma mediático y cosmopolita imposible de resumir, pero por el que asoman personajes como Frank Sinatra y Marlene Dietrich, los Beatles y los Rolling Stones, Ronald Reagan y Jimmy Carter, Harrison Ford y Nicole Kidman. Por concluir y no alargar, como Ava Gardner, que mucho más que parroquiana habitual llegó a formar parte del decorado del local con rincón propio en lugar equidistante entre la puerta de entrada y el recinto mingitorio.

Frente a ellos y sobre el tablao, mitos de la talla de Pastora Imperio, El Güito, La Paquera de Jerez, Fosforito, Manuela Vargas, Antonio Gades, La Chunga, Diego el Cigala, Fernanda y Bernarda de Utrera, José Mercé y hasta el infinito y más allá del hombro de Orión, la Puerta de Tannhäuser y demás espacios siderales del flamenco.

Con todo, lo que estremece hasta el corvejón a quien esto escribe es la posibilidad de revisitar, aunque de momento y por distancias tal cosa se restrinja a los sábados, el local donde Blanca pergeñó, dio forma y estrenó la soleá del mantón, un espectáculo de belleza que cabría emplazar entre las maravillas del mundo moderno y de tan profundo aliento que con toda justicia debería ser incorporado al patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad.

Blanca, cordobesa y nacida Ávila Molina, empezó a bailar y a ganar premios con seis añitos, asentándose en bailaora flamenca como Blanquita Molina y en esas aterrizar en Madrid con catorce años en las Cuevas de Nemesio y luego en el Corral de la Morería, que por entonces gobernaba Manuel del Rey, quien finalmente sería su marido, artífice de su definitivo nombre artístico y padre de sus dos hijos, Juan Manuel y Armando. María aprovechó la circunstancia y su compromiso personal de criar y educar a la prole, para estudiar arte y zambullirse en la literatura griega, para penetrar en las raíces y esencias del cante y el baile flamenco, para arrimarse a la lectura de clásicos de la novela estadounidense como John Dos Passos o Truman Capote, para apurar el odre hasta las heces de licores intelectuales que en su conjunto serían el alimento de su futura y revolucionaria forma de entender la danza.

De aquel crisol fueron saliendo nuevas formas de interpretación de las alegrías cordobesas que evolucionaron desde la jota aragonesa y las cantiñas gaditanas; de la caña, presumible tronco primigenio de todos los palos; de la guajira, cante de ida y vuelta; y de la soleá del mantón a la que volveremos en un momento.

A su vuelta a los escenarios, Blanca del Rey inició un carrera que quizá merecería una calle o busto pimpante en cada municipio hispano. Creó su propia compañía con la que estrenó montajes tan legendarios como Poemas y danzas de Andalucía, Renacer o Flamenco a bocajarro; trabajó con Maya Plisetskaya y con Trinidad Sevillano, máximas figuras del ballet clásico; con el coreógrafo Maurice Bejart montó el espectáculo Carteblanche; fue protagonista del programa La Danza en Televisión Española; con el virtuoso del sitar Ravi Shankar, el genial violinista Yehudi Menuhin y el patronazgo de la UNESCO, creó el espectáculo Del Sitar a la Guitarra. Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, Premio de Investigación en Flamenco y otros galardones que con ser muchos no llegan ni al tacón de sus merecimientos.

Momento de volver a la soleá del mantón para no hacer ni un puntito de mala sangre.

Sostienen los eruditos que de la soleá existe constancia primigenia en los anales de María Amaya Heredia, La Andonda, cantaora gitana no se sabe si de Morón, de Utrera o de Ronda, que en la segunda mitad del siglo XIX bordaba ese palo del que, según los mismos sabios flamencólogos, existen diecisiete variantes y que puede ser ejecutado por bailaora solista en movimientos muy femeninos de brazos y cuerpo, aderezados con ritmos de cadera, seriedad y desplante que los legos creemos intuir lejanamente emparentado con el pase del desprecio que inventó el regiomontano Manolo García y en Las Ventas reprodujo Manolete en memorables tardes.

La “escuela de la soleá del mantón”, fundada por Blanca del Rey en 1981 en el Corral de la Morería, constituye hoy un complejo repertorio de respuestas artísticas a la teoría de catástrofes que a mitad del siglo pasado formuló el matemático francés René Thom, porque, como explica la genial bailaora y coreógrafa, se trata de sobrevivir en escena y hacer vibrar al espectador sumida en un torrente cataclísmico con episodios de inevitables enganches y otras hecatombes propias del movimiento en vuelo con un mantón de más de tres kilos de tela bordada y densos flecos. Dice Blanca que entre el mantón y la bailaora tiene que haber: “… mucha conexión; mucho amor, porque es como un paso a dos”.

Antonio Najarro, el que fuera director del Ballet Nacional de España entre 2011 y 2019, se declara apasionado de esta variante de soleá y la explica diciendo que: “… representa la elegancia del baile de mujer. Todo es femenino en ella, sus brazos, sus quiebros y el zapateado, que es mínimo (…) es una obra emblemática del flamenco”.

Pues eso, que ya está abierta la cuna y que el platillo conmemorativo de la soleá del mantón será la advocación del templo tabernario Pisatechos que en breve levantará el cierre en Tetuán. Así que vivan Nuestra Señora de las Victorias y los tablaos, para que viva para siempre el flamenco.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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