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El nuevo pensamiento reaccionario: el progresismo woke como máscara del sistema

lunes 20 de abril de 2026, 13:24h

En las últimas décadas, la izquierda occidental ha sufrido una derrota que no ha sido solo electoral, sino epistemológica. Hemos asistido, atónitos, a cómo las banderas de la liberación, la igualdad y el reparto han sido secuestradas por un nuevo pensamiento que, bajo el disfraz del progresismo, ataca precisamente aquello que debería defender. Hablo del nuevo pensamiento reaccionario. Y es reaccionario no porque venga ataviado con esvásticas o saludos romanos, sino porque ha interiorizado la lógica del capital, la ha teñido de nuevas identidades y deseos personales y la ha vendido como emancipación.

Este pensamiento, que ocupa la práctica totalidad del espectro mediático y académico en Europa y Estados Unidos, se ha vuelto experto en una operación de inteligencia política mayúscula: presentar como avanzada una doctrina que consagra el individualismo posesivo, el neoliberalismo cultural y la sumisión a las multinacionales. Todo aquel que se atreva a defender la soberanía de su pueblo, la pervivencia de culturas no occidentales frente al expolio globalista, el derecho de las mujeres europeas a tener hijos sin ser penalizadas socialmente, o simplemente la posibilidad de formar una familia, es inmediatamente tachado de retrógrado, autoritario o, peor aún, fascista.

Pero examinemos con frialdad los postulados de esta nueva reacción ilustrada. Por un lado, se proclama la abolición de toda frontera simbólica y material, pero no para hermanar a la clase trabajadora del mundo, sino para crear un mercado global de mano de obra dócil, precarizada y sin derechos. Se defiende la "disidencia sexual" mientras se destruye la biología como realidad, transformando el deseo en verdad mediante fármacos de por vida o cirugías financiadas por grandes farmacéuticas. Se dice feminista, pero ataca el feminismo igualitario de raíz materialista, aquel que luchaba por la equiparación salarial, el fin de la brecha de cuidados y la autonomía económica de las mujeres, sustituyéndolo por una lucha identitaria que nunca cuestiona al capital.

Y aquí quiero ser claro: las llamadas "izquierdas" occidentales —y no voy a pelear por ese adjetivo porque yo peleo por el de socialista, que es muy distinto— se han alineado mayoritariamente con este neoliberalismo cultural, comercial y sexual. Han abandonado la crítica a la economía política para refugiarse en una moralina de tuits. Han despreciado a la clase obrera del siglo XXI, esa que sigue siendo la columna vertebral de cualquier transformación real, y han sustituido los partidos obreros por burocracias subvencionadas por el Estado burgués, por fundaciones atadas al capital filantrópico como las de George Soros, o por ONG que viven de gestionar la miseria, no de abolirla.

Esta nueva reacción ha inventado la cultura de la cancelación. No nos llamemos a engaño: eso es censura. Censura, descalificación y persecución, también judicial, contra quien no piense como ellos, ellas y elles. La cuerda se les da toda. Puedes ser un banquero, un especulador inmobiliario o un ejecutivo de una farmacéutica, pero si repites su jerga, eres "progre". Si, en cambio, siendo un trabajador, defiendes tu barrio, tu sindicato de clase o tu derecho a la huelga, y además señalas las contradicciones del capitalismo global, te espera la hoguera virtual y, cada vez más, la represión real.

¿Qué necesita este sistema para perpetuarse? Un antagonismo que justifique su autoritarismo "progresista". Y ahí aparece el espantajo del fascismo. La extrema derecha es el coco perfecto: gracias a ella, los progresistas sistémicos pueden presentarse siempre como el recambio tolerable, el mal menor frente al autoritarismo ultraliberal de Vox o Le Pen. Pero observen la trampa: tanto los "progres" como los ultras defienden el capitalismo. Unos lo gestionan con corrección política; otros, con porras. Pero ninguno cuestiona la propiedad privada de los grandes medios de producción. Ninguno señala que el capitalismo es la fuente de la guerra, la injusticia y la represión estructural.

En los siglos XIX y XX, los liberales —que eran liberales, no fascistas— persiguieron al movimiento obrero, encarcelaron a sindicalistas, fusilaron huelguistas y crearon leyes antisindicales. El movimiento obrero conquistó su legalización a base de lucha, sacrificio, cárcel y hambre. Pues bien, hoy la esencia de ese liberalismo autoritario sigue intacta. La única diferencia es que ahora se viste de pañuelo morado o de lazo arcoíris. Porque los partidos de la extrema derecha no critican el capitalismo; los populismos progresistas tampoco. Unos y otros gestionan el mismo sistema. La única cuestión real no es cómo combatirlo o defenderlo, sino cómo gestionarlo. Y ahí, ambos se dan la mano.

Tomemos un ejemplo crucial: el debate sobre la inmigración en España. Fíjense bien. Unos dicen "fronteras abiertas con humanismo"; otros, "fronteras controladas con mano dura". ¿Y qué defienden realmente ambos? Lo mismo: la importación de mano de obra esclava. Unos con remordimientos, otros con cinismo. Pero todos al servicio de la patronal. Porque el capitalismo español necesita reponer una fuerza de trabajo que explotar en el campo, la hostelería y los cuidados. Es más barato traer a una persona sin papeles o con precariedad legal que pagar salarios dignos, construir vivienda pública o mejorar la sanidad.

Este nuevo colonialismo occidental no solo expolia las materias primas del sur global, sino que también extrae su "mano de obra" para abaratar costes en un capitalismo decadente. ¿Y qué hace el progresismo sistémico? Acusar de racista a quien defiende que los jóvenes africanos no deberían tener que emigrar para sobrevivir, sino luchar en sus tierras por su revolución. En lugar de escuchar a los revolucionarios africanos que piden soberanía y desarrollo endógeno, se prefiere traerlos para hacer los trabajos que los europeos ya no quieren hacer por mal pagados. Eso no es internacionalismo. Es explotación.

El movimiento obrero clásico entendió siempre que el internacionalismo solidario implica luchar por mejorar las condiciones de los trabajadores en todo el mundo, no abaratar costes en casa. Pero a los estados occidentales les sale más rentable importar personas con menos derechos que apoyar políticas familiares, garantizar el derecho a la procreación mediante salarios dignos y una red pública de cuidados. Es más barato que mejorar la sanidad, la educación y la vivienda. Es más fácil acusar de racista que construir viviendas públicas. Es más cómodo exportar talento formado aquí que pagar bien a médicos y educadores.

En este contexto, la crisis del capitalismo es terminal. Cada vez necesita menos trabajadores, la inversión real da rendimientos decrecientes, y España ha quedado reducida a turismo y precariedad. Pronto esa burbuja también estallará. Y mientras tanto, seguimos mirando a China con desprecio, dándole lecciones de democracia mientras le pedimos que venga a invertir. Eso sí que es racismo: el de quien desprecia a una civilización milenaria mientras mendiga su capital.

No nos engañemos. La batalla no es entre progres y fascistas. La batalla es entre los que defienden el Sistema y los que queremos superarlo. Y para eso, hace falta recuperar el materialismo, la lucha de clases, el internacionalismo de verdad y la soberanía popular. Sin disfraces.

Carlos Martínez García

Politólogo y ex portuario. Miembro de la plataforma socialista pro PSF.

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