El otro día se armó la marimorena en el Congreso de los Diputados cuando Núñez Feijóo le espetó a Pedro Sánchez “¿de qué prostíbulos se ha beneficiado usted?” La pregunta, con toda la aviesa intención, se debía a que el suegro del presidente del Gobierno había regentado en su día casas de lenocinio y había sido el propietario de varios pisos en los que su yerno y su pareja habían vivido antes de instalarse en La Moncloa.
Nada que ver, pues, el culo con las témporas, ya que ni la actividad del señor Gómez constituía un ilícito penal, ni había tenido nada que ver con las responsabilidades de sus hijos. Pero lo importante era embarrar el terreno de juego y dañar más aún la imagen del Secretario General del PSOE.
En defensa del PP hay que decir que no fue el primero en lanzarse por la pendiente del descrédito injustificado. Lo hicieron en su momento los socialistas al tildar a Isabel Díez Ayuso de beneficiaria de un delito fiscal, al vivir en el ático de su pareja, acusada de ese comportamiento penal, cuando ella era inocente de dicho asunto. Peor, si cabe, es la pregunta de un diputado del PSOE de si Núñez Feijóo se había beneficiado del narcotráfico, Todo por una foto con una persona tiempo después imputada en delitos de tráfico de drogas, sin que el futuro líder del PP tuviese arte ni parte en la trama.
Como se ve, en todas partes cuecen habas y el comportamiento incorrecto de los increpadores es un hábito general, con tal de perjudicar al contrario. Lo que no perciben los difamadores es que el tribuir falsos delitos relativiza y quita trascendencia a los delitos de verdad.
Ahí tenemos, si no, las acciones del hermano del Presidente, que muestran entre otros reproches penales el tráfico de influencias y la corrupción. Y no digamos nada de Begoña Gómez, cuya conducta al frente de su cátedra en la Complutense es cualquier cosa menos ejemplar. Por eso, insisto, el embarrar el escenario político es una canallada, sí, pero de muy cortos réditos ante los delitos de verdad.