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Brexit: escenarios difíciles en la nostalgia del Imperio Británico

sábado 01 de febrero de 2020, 13:49h

Se ha repetido hasta la saciedad que el proyecto de Unión Europea que desde el primer momento, -Declaración fundacional- de 9 mayo de 1950 fue un proyecto federal, nunca fue asumido por el Reino Unido y, por ello, ni participó en sus comienzos, primer Tratado de 1951, ni se sintió cómodo cuando hubo de participar en el Tratado de la Unión, ni en el espacio Schengen, ni en la puesta en marcha de la moneda única, el Euro, ni en ciertos aspectos del Área de Libertad, Seguridad y Justicia, ni en las diferentes modificaciones que, en alguna medida, concluyeron con el fallido Tratado Constitucional y con el último Tratado, el Tratado de Lisboa.

Eso lo sabían muy bien los países, que habían construido y los que se habían incorporado a la Unión Europea y por eso en el fallido Tratado Constitucional y en el Tratado de Lisboa, se abrió una espita a la salida de la Unión, el artículo 50, aunque parece evidente en palabras de uno de sus promotores que ese artículo que posibilitaba la salida de la Unión Europea de un país miembro, que ese artículo se hiciera para Gran Bretaña: “No pensé que Reino Unido lo utilizaría" -John Kerr dixit-.

Lo que ha sucedido con la salida del Reino Unido es bien conocido, un referéndum, manipulaciones políticas y mediáticas, falsedades evidentes, desinformación, antieuropeísmo, injerencia de grandes potencias y poderes a quienes no favorece la existencia de una Unión Europea fuerte en el escenario internacional y frente a eso, inoperatividad por parte de la Unión Europea y un contexto desfavorable, crisis económica y financiera, crisis y presión migratoria y una nostalgia de un tiempo brillante de la historia de un Imperio que jamás volverá a repetirse. Con razón decía Harold McMillan que “deberíamos usar el pasado como trampolín y no como sofá”. Todavía más claramente lo manifestaba el gran Shakespeare cuando dijo en su obra la Tempestad, “what’s past is prologue”, el pasado queda atrás, no el pasado como horizonte de futuro que es la bandera enarbolada por Boris Johnson, el verdadero verdugo que con engaños y manipulaciones ha cercenado la vinculación del Reino Unido con la Unión Europea, consiguiendo al mismo tiempo su gran sueño, de convertirse en Primer Ministro, para escribir una nueva página de la historia que previsiblemente se volverá oscura.

En medio de tanta expectación no podemos entender cómo el Reino Unido puede celebrar lo que sin duda se presenta como el comienzo de enormes dificultades. No siendo pocas las referidas a la futura relación con la Unión Europea que está obligada a defender el edificio que ha construido a lo largo de tres cuarto de siglo y aprovechar la ocasión de la marecha de un socio incómodo, dirigido por ambiciosos políticos que han utilizado todo un arsenal de manipulaciones, engaños, contactos, influencias en el entorno analógico y digital con la ayuda de sus propios enemigos, para manipular a una población y dirigirla hacia un destino incierto. Todo muy maquiavélico y todo muy orwelliano.

Y ¿ahora dónde va Gran Bretaña a la hora de dirigirse a la Unión Europea? para conseguir su verdadero interés, un Tratado comercial favorable para el que se dirige con aparentes sonrisas, pero con unas exigencias de tiempo inaceptables.

Y eso es porque, aunque el Tratado Brexit establece que su duración se extiende durante un año, con una prórroga de otros dos, en el cual el Reino Unido se mantiene como miembro de la Unión Aduanera y del Mercado, Común, alineado con la normativa comunitaria, pero sin tomar parte en la elaboración del derecho, esa posibilidad de realizar las negociaciones en tres años se ha descartado totalmente por el Primer Ministro Boris Johnson, quien manifiesta que el periodo de transición finalizará el 31 de diciembre de 2020.

Si su exigencia se mantiene y el 1 de enero de 2021 existiese un acuerdo de libre comercio entre las dos partes, la situación sería de franca armonía ya que los flujos comerciales no se verían interrumpidos, las cadenas logísticas no se verían entorpecidas por los controles fitosanitarios, los aranceles no serían un problema para la exportación e importación de productos, el movimiento de capitales no se vería restringido y la nación de mercaderes que históricamente ha caracterizado al Reino Unido se encontraría en una situación confortable donde no se involucraría políticamente en la construcción europea.

A nadie se le oculta que esa pretensión del Reino Unido no es aceptable para los negociadores europeos, que precisamente van a seguir siendo los mismos que llevaron a la realización del Tratado Brexit. Michel Barnier por parte de la Comisión y Consejo, y Guy Verhoftadt por parte del Parlamento Europeo. En efecto, la realización del futuro Tratado de Libre Comercio está llena de complejas cuestiones técnicas, de no fácil solución y que no podrán solucionarse con la rapidez que pretende el gobierno de Boris Johnson.

Expliquemos esto desde los capítulos del Tratado. Nos referimos en el tercer capítulo a las medidas de antidumping y medidas de salvaguardia que facilitan a ambas partes recordar los derechos y compromisos asumidos en virtud del Acuerdo bajo las normas de la Organización Mundial de Comercio y en el cuarto capítulo los obstáculos técnicos al comercio donde la Unión Europea y el Reino Unido tendrán que comprometerse a trabajar estrechamente para establecer la reglamentación y los certificados comerciales adecuados, en un marco de transparencia y estrecha cooperación. Sigamos con las cuestiones del quinto capítulo, referidas a medidas sanitarias y fitosanitarias que deben salvaguardarse, para asumir elevados estándares de seguridad alimentaria y salud animal y vegetal y sexto capítulo, la racionalización de los procedimientos aduaneros para facilitar el comercio entre las partes, desarrollando una clasificación de las mercancías, las tasas y gravámenes o la gestión de riesgos y la automatización entre otras cuestiones, así como un régimen de sanciones en caso de incumplimiento.

No será fácil tampoco el séptimo capítulo, referido a las subvenciones para evitar un riesgo de falseamiento de competencia internacional y el capítulo octavo referido a las inversiones, donde se aprueban las medidas que faciliten el campo a la inversión pública y privada entre la Unión Europea y el Reino Unido, garantizando un trato equitativo para las partes, eliminando barreras a la inversión, garantizando un sistema de tribunales de inversión y exigiendo todo un abanico de normas que sean previsibles, estables y transparentes en este ámbito.

Los siguientes capítulos nueve, diez, once y doce deberán afrontar el Comercio transfronterizo de servicios que afecta a ámbitos como el sector jurídico, el transporte, las telecomunicaciones o la contabilidad, que podría abrir al turismo, servicios audiovisuales donde se eviten hacer excepciones para que el acceso sea lo más estrecho posible al mercado de ambos actores, la entrada y estancia temporal de personas físicas con fines empresariales, para ejercer una actividad comercial a los trabajadores cualificados que entren temporalmente al territorio de alguna de las partes y el reconocimiento mutuo de las cualificaciones profesionales.

Nada fácil será la discusión del capítulo decimotercero que giraría en torno a los servicios financieros, que podrían alcanzar en Reino Unido una profundidad no vista hasta la fecha en cualquier otro Tratado comercial de la Unión Europea, facilitándoles un acceso ambicioso al mercado comunitario, sin contrapartida de libre circulación de personas. Los siguientes capítulos, decimocuarto a decimoctavo deberán solucionar las cuestiones referidas a los servicios de transporte marítimo internacional, a que las telecomunicaciones ofrezcan un acceso justo y equitativo a sus respectivas redes, garantizándose la competencia y al comercio electrónico en donde queden establecidos estándares de protección a la información personal, siempre en el marco de una estricta política de competencia tal como debe afrontarse según el capítulo decimoséptimo y decimoctavo que afecta a la competencia entre las empresas privadas y el respeto a los servicios públicos que deban ser asumidos por los Estados.

En los siguientes capítulos, diecinueve, veinte y veintiuno, se deberán resolver las cuestiones referidas a la contratación pública, la protección de la propiedad intelectual y la cooperación en materia de reglamentación. El capítulo veintiuno atenderá al desarrollo económico y su potenciación dentro de la sostenibilidad y protección del medioambiente, incluyéndose el horizonte de la descarbonización del contiente para el año 2050 y el veintitrés el respeto al derecho laboral internacional y a las normas laborales.

En los últimos capítulos veinticinco a treinta se tendrá que resolver los mercados biotecnológicos, las cuestiones de ciencia, tecnología e investigación, la gestión y aplicación de los compromisos del Tratado, las normas de transparencia y asuntos tan específicos e importantes como seguridad nacional, fiscalidad y cultura y la metodología para la resolución pacífica de controversias.

Solamente considerar todos estos escenarios que no son sino el resultado de una construcción política, jurídica y económica que se ha venido realizando a lo largo de varias décadas, pone en evidencia que la pretensión del gobierno británico dirigido por Johnson es muy poco razonable. Sobre todo, porque la Unión Europea tiene la obligación de defender minuciosamente toda esta estructura para dejar en claro que la puerta de salida no es fácil y que el que opte por ella tendrá que asumir importantes costes y concesiones que seguramente dificultan sus propósitos de la más absoluta independencia, para construir su futuro.

Además, deberá quedar claro que si algo no va a facilitar la Unión Europea que Reino Unido se convierta en un mundo de “free riders”, transformándose en un paraíso fiscal, donde las normas laborales o medioambientales sean más laxas para atraer capitales internacionales, causando una competencia desleal a la Unión Europea. Consecuentemente, el horizonte no puede ser más oscuro. El 31 de diciembre de 2020 los británicos se encontrarán con la imposibilidad de prorrogar el Acuerdo de Retirada del Brexit y con unas negociaciones a medio camino para formalizar un Acuerdo de Libre Comercio ambicioso con la Unión Europea.

En esa situación, el Reino Unido el 1 de enero de 2021 saldrá de manera dramática de la Unión Aduanera, no tendrá que someterse a la regulación comunitaria y el divorcio se consumará plenamente, comenzará entonces el temido hard brexit, que conllevará controles en fronteras, colas para acceder al territorio de la Unión por parte de las principales empresas, pérdida de poder adquisitivo para los británicos, caídas pronunciadas a nivel bursátil de las principales empresas, descenso pronunciado de la libra esterlina en los mercados de divisas ante el riesgo inminente del fin del periodo transitorio.

Y por último demos solo unas pinceladas a la situación en la que quedan de una parte la Unión Europea y de otra el Reino Unido. Para la Unión Europea, el Brexit es un mazazo económico y político, cuyas duras consecuencias se harán notar de modo inmediato. Pero todo el mundo coincide en señalar que también la marcha de un socio incómodo que imposibilitaba una construcción más sólida en términos económicos, jurídicos y políticos, en la oportunidad de abrir camino a un nuevo Tratado que incorpore importantes instrumentos en materia de Política Exterior, de Unión Económica y Monetaria, y de nuevos compromisos con las Políticas Públicas.

El panorama con que afronta el futuro el Reino Unido es mucho más complejo y más preocupante, puesto que afecta a la propia composición de su unidad política, en donde Escocia e Irlanda del Norte han abierto una posición de confrontación que llegará hasta la cuestionar la unidad del propio Reino. Escocia solicitará la celebración de un segundo referéndum de autodeterminación, puesto que insisten en que esta nación sale de la Unión Europea en contra de su voluntad. El pueblo escocés votó mayoritariamente en favor de la permanencia y la Primera Ministra, Nicola Sturgeon, desaprueba abiertamente que su país les obligue a abandonar la Unión, por lo que ha decidido mantener simbólicamente la bandera de la Unión Europea frente al Parlamento escocés. Lucharán a lo largo de estos meses por la consulta y es probable que presionen políticamente a Boris Johnson para que termine cediendo. La situación podrá acabar con la crisis del propio gobierno británico.

No es menor problemática la situación de Irlanda del Norte, puesto que al culminar el periodo transitorio, el 31 de diciembre del 2020, el fantasma de la frontera entre las dos Irlandas volverá a ser una realidad y, por lo tanto, sin un Acuerdo de Libre Comercio aprobado no solo se pondrá en peligro la precaria paz asegurada por los Acuerdos de Viernes Santo si no la reconciliación llevada a cabo entre las Comunidades de Irlanda del Norte y la República de Irlanda. Los peores años del terror, del IRA atentando contra miles de ciudadanos podrían retornar y, en efecto, una parte importante de los ciudadanos irlandeses cada vez ve con mejores ojos la Unión de su territorio a la República de Irlanda: “United Ireland”.

La Presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, ya ha destacado que no es lo mismo permanecer en la Unión que fuera de ella y que las ventajas evidentemente no serán las mismas. Se tendrá en cuenta el recorrido histórico de una nación que a lo largo de sus 47 años de permanencia en la Unión ha aportado valores y principios, ha frenado por momentos la integración, pero ha hecho prosperar en definitiva al conjunto de Europa y ha defendido siempre sus valores, aunque sus diferencias políticas le hayan llevado a dar un paso atrás. Esperemos que en el futuro una generación de jóvenes británicos conduzca con honestidad, y en beneficio de su gran nación, al Reino Unido de vuelta al corazón de Europa y se sumen al proyecto de integración que sus mayores observaron con gran clarividencia.

Rogelio Pérez-Bustamante

Catedrático Jean Monnet ad personam

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