En la política patria vivimos tiempos extraños. Convulsos y oscuros al tiempo. No hay más que mirar a Ferraz y a la Moncloa para advertirlo. ¡Pues no va el PSOE y se pega un castañazo de aquí te espero en las elecciones de Extremadura y, como respuesta, Pedro Sánchez (PS), se toma dos semanas de vacaciones y sin decir hasta el momento esta boca es mía! Y, al tiempo, y solo a título de ejemplo, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero (ZP), va paseándose por el mundo (China, Venezuela, Cuba, República Dominicana, Marruecos…), como emisario y valedor principal de las políticas del supremo líder. Si la primera fotografía es claramente marca Sánchez (yo no soy culpable de nada, los errores en todo caso son atribuibles a mi equipo…), esta segunda es mucho más interesante por atípica y por las consecuencias de ninguneo al que la comunidad internacional está relegando a España. Detengámonos unos momentos para analizarlo aunque sea someramente.
Dicen que fue Alfonso Guerra quien acuñó el apelativo de "Bambi" para llamar a ZP. Después fue Rajoy quien, al parecer, lo tenía por "bobo solemne" allá por diciembre de 2015. Bien se ha vengado de facto el expresidente socialista del Gobierno en estos últimos años porque ha demostrado suficientemente que ni "bobo", ni "Bambi", que ni se chupa el dedo ni las consecuencias de sus movimientos pudieran calificarse precisamente de infantiles o de beatíficas.
El caso es que, con su pasaporte diplomático en la cartera, ZP ejerce casi como verdadero ministro de Exteriores en la sombra, mientras que el pequeño Albares se conforma con caminar ampuloso por el palacio de Santa Cruz, laminando a su paso a todos los compañeros de promoción que lo tenían como el más torpe de la clase.
Sin ZP no habría sido posible que Plus Ultra –una compañía aérea venezolana para más inri, con un solo avión, es decir, que de "estratégica" nada– se embolsara la nada ridícula cifra de 53 millones de euros provenientes del fondo europeo de rescate para firmas estratégicas de la SEPI, el juguete favorito de la ministra María Jesús Montero, no solo en los aledaños de la pandemia sino también ahora. Es también, al menos, curiosa la relación de Zapatero con el empresario Julio Martínez –hay quien tilda a este de testaferro del primero–, detenido por un posible delito de blanqueo de capitales en la operación de rescate de la aerolínea Plus Ultra.
A todo ello hay que añadir que el empresario Aldama, también imputado, declaraba recientemente en el plató de "Horizonte", presentado por Iker Jiménez y Carmen Porter, que Zapatero habría percibido 10 millones de euros colocados en sus cuentas de Panamá por su trabajo de mediación en el rescate de la compañía venezolana. Y Aldama no se amilanó ante Iker cuando este le pedía pruebas de lo dicho: "No puedo hablar más, porque espero que me llame la Fiscalía o el magistrado para aportarlo todo".
Y de las relaciones económicas y diplomáticas con el gigante chino no hablemos: en Bruselas se percibe a España desde hace más de un año como un enemigo dentro de casa: "la posición española frente a China pone en riesgo a la UE". La figura de ZP es clave en la buena marcha de esa relación hispano-china, un hombre estupendamente conectado con todos los foros políticos vinculados al Partido Comunista Chino (PCCh). Su figura es clave para explicar las visitas oficiales españolas al gigante asiático en los últimos doce meses: el ministro de Exteriores ha viajado al país varias veces, seguramente como avanzadilla de las visitas posteriores del propio Sánchez y del Rey Felipe VI. No en vano, ZP es el presidente del Europe-China Economic Cooperation and Development Council, una organización financiada por entidades estatales chinas que promueve los intercambios comerciales entre China y la UE. También es la cara visible de dos think tanks prochinos en los que ejerce como presidente del consejo asesor, Gate Center y la Fundación Onuart, ambos ligados a empresarios chinos cercanos a Pekín.
Y, para ir terminando el atípico perfil del expresidente, en estos últimos meses, por orden directa de PS, ha actuado como interlocutor con el fugado Puigdemont a ver si era capaz de reconducir las relaciones entre Junts y el Gobierno para intentar que el político catalán siguiese proporcionando la estabilidad que Sánchez necesita en esta difícil etapa final de su gobierno, asediado por casos de corrupción y de abusos sexuales en diversos niveles del partido o del Gobierno.
Amistades peligrosas
Paralelamente, que el supremo líder Sánchez escalase a la secretaría general de la Internacional Socialista fue también una jugada maestra de ZP con la ayuda de su compadre Nicolás Maduro. Ello explica el clamoroso silencio del Gobierno español ante la concesión del premio Nobel de la Paz a la líder opositora venezolana, María Corina Machado. Haberlo hecho habría puesto en un incomodísimo lugar a ZP, principal valedor del régimen venezolano fuera de sus fronteras, pero que ahora, con la operación estadounidense para descabezar a Nicolás Maduro de la presidencia del narcoestado venezolano, ha situado en una zona más que incómoda a nuestro expresidente y lo ha colocado también en el punto de mira de la administración exterior de Donald Trump.
El tándem Sánchez-ZP, hasta el momento, ha funcionado como un reloj suizo, pero no le arrendaría yo las ganancias al expresidente ZP si un día de estos algún juez lo cita en cualquiera de los asuntos que últimamente están siendo investigados y que entran de lleno en la oculta actividad del expresidente. Llegado el caso, que no tenga ninguna duda de que, como le ha pasado a dos de sus colaboradores más directos, Cerdán y Ábalos, Sánchez tampoco ponga de ahí en adelante la mano en el fuego por su hasta ahora fiel colaborador en asuntos internacionales.
Y algo parecido le sucederá también a Delcy Rodríguez –amiga íntima de ZP, al que llama "Príncipe"–, y ahora presidenta interina de la nueva Venezuela que quiere construir Trump, con cuyo movimiento geopolítico una vez más ha dejado con la boca abierta y el pie cambiado a medio mundo (incluida la oposición venezolana), y no dudará ni un instante en darle una patada en el trasero cuando así lo indiquen los intereses estadounidenses o del propio presidente norteamericano: «Gobernaremos el país hasta que podamos lograr una transición segura, adecuada y sensata». Ambas cosas –las patadas en el trasero a ZP y a Delcy– es muy probable que podamos verlas tarde o temprano. Tiempo al tiempo.