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     19 de junio de 2021

Rosa Pereda

Que Pepe Caballero Bonald está cumpliendo años: 88, un número precioso, y los cumple en plena actividad. Y que desde esta columna le felicito con el cariño que sabe que le tengo, y la confianza de llamarle Pepe, que es como he llamado siempre a Don José Manuel.  

La Historia cambia según quien la cuenta, ya lo sabemos. Las mujeres hemos estado demasiado calladas, así que la mitad de la Historia está casi sin contar. Como si no la hubiéramos hecho, la Historia, digo. O padecido. Me hago esta reflexión al hilo de los dos libros con los que abro este nuevo curso de mis "Lágrimas" amargas: No quise bailar lo que tocaban, de Pilar Aguilar Carrasco, y El libro de mi destino, de la iraní Parinoush Saniee. 

Leo de un tirón Diez veces siete, el libro de Maruja Torres. De un tirón, porque es un libro de despedidas, como todas las autobiografías. Y porque tengo, les confesaré, el corazón en un puño.

Lo que nos está tocando, así, en general -este cambio de milenio, casi más que de siglo, que era una medida temporal como más asequible- me resulta bastante difícil de comprender: a ver, de sintetizar, de poner límites, de analizar. Aparte el placer de leer -que permanece intacto, felizmente- se trata de leer los síntomas.... El humor, curiosamente, vuelve a la programación editorial. 

A mí este viernes, estratégicamente situado entre dos puentes, como dando cara de normalidad a esta vida a la que ha llegado el verano, me parece un poco como una jornada de reflexión.

Yo no fui de niña a Venecia. Fui de mayor, pero he reincidido un montón de veces. Y siempre me ha sorprendido la novedad de su melancolía....

Que no, que ya sé que no es abril, que es mayo el florido: pero éste es el mes de la primavera plena, y quiero enmendarle la plana -y no- a T.S. Eliot, que ya es tópica la crueldad de abril, y seguramente, preelectoralmente hablando, hasta tenga razón. 

Los dos grandes de la literatura cántabra, si es que eso existe, coinciden en estos días con nuevas novelas. Jesús Pardo y Alvaro Pombo están presentando sus últimas entregas, que tienen en común más de lo que parece.

No, si ya sé que los santos son en noviembre, que ahora estamos en cuaresma, época de penitencia -estos últimos años son muy penitenciales, la verdad- y que este año la Semana Santa cae muy alta. La luna de Nissan, que viene tarde.

Hay veces que el nombre de esta columna me da un repelús que me muero. Es que llevamos una racha maldita, y cada tres por dos, lo que se llora de verdad parece que es hipócrita. Y no.

La memoria de las víctimas tiene que formar parte de la comprensión de la historia. A lo mejor simplifico, pero esa me parece la columna vertebral del pensamiento del filósofo Reyes Mate y de su último libro, La piedra desechada. Y conecta con esta época de memorias y recuerdos que estamos viviendo. Para ponerla donde debe estar.

Qué curioso es lo de reinventarse. Me he reconciliado con la poesía, que llevaba un montón de años muy enfadada, huyendo despavorida de los poetas. Y me he reconciliado gracias a mi taller. Dirán ustedes que tengo un poeta en casa: si. Y de los buenos. Pero en cuanto veía escritos en líneas cortitas, me daba no sé qué... 

La vida se cruza en todas las vidas. En las de las críticas literarias, por supuesto. En las de los escritores también. Y en la de esta pobre columnista, por supuesto.

Se me acumulan los libros en la mesa caótica, las notas en el ordenador de torre que, a este paso, va a tener que aguantar algunos años más, y las malas noticias -la muerte de Félix Grande, ayer mismo- en cuanto enciendo su pantalla. Y en eso, el blog de Verónica.