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Los tacones planos de monseñor Camino

El portavoz del Episcopado español, que responde al nombre de Juan Antonio Martínez Camino, y aunque no lo parezca es jesuita, ha demostrado (una vez más) que los “caminos” de la Iglesia española han retrocedido tres o cuatro siglos. Este oxidado clérigo amenazó ayer a “todos los católicos que apoyen, voten o promuevan” la reforma de la Ley del Aborto “están en pecado mortal público y no pueden ser admitidos a la sagrada comunión”. Y remató: “Quien contribuya a ello está en la herejía y queda excomulgado”. Y para que a nadie le quedase la más mínima duda, el melifluo clérigo apostilló: “Y esto vale para todos los católicos, estén en el partido que estén y por encima de lo que les diga su partido”.

No ha habido ningún personaje público (incluidos representantes del PP) que haya apoyado estas declaraciones, aunque este detalle a la actual Iglesia española le importe muy poco. Los conocedores de la Historia de la Iglesia saben muy bien que el Concilio Vaticano II (1963-1965) impulsó el abandono de este lenguaje anacrónico, que en los últimos años, con el advenimiento de Juan Pablo II, “resucitó” en 1988, en un caso para condenar con esta “pena” (la excomunión) al rebelde obispo francés Marcel Lefebvre y los 4 obispos que consagró contra la voluntad de Roma (excomunión revocada en enero pasado por Benedicto XVI), y en otro para exonerar de este castigo a Martín Lutero, en 1999.

No se sabe si las declaraciones de Martínez Camino las hizo con zapatos planos (que son los que suelen llevar los obispos en las liturgias solemnes) o con zapatos de aguja (que son los que se ponen cuando se reúnen en la madrileña calle Añastro para sus Asambleas Plenarias). Lo que es evidente es que este anacrónico obispo (no un obispo cualquiera, sino el portavoz de todos ellos) padece una atroz amnesia en sus supuestos estudios teológicos y morales, y debe levantarse cada mañana, mientras desayuna su vaso de agua bendita, creyéndose un Torquemada cualquiera y muy convencido de la urgencia de la vuelta de la Inquisición a la “católica España”.

Camino ha leído mucho a Tomás de Kempis y a José María Escrivá de Balaguer (cuyo betseller fue “Camino”), pero ignora los documentos conciliares (y conciliadores) de la Iglesia que promovieron los Papas Juan XXIII y Pablo VI. Ignora también -y esto es más grave- la renovación, no sólo del lenguaje, sino también de la conducta teológica, jurídica y moral que trajo aquel Concilio. E ignora -lo que ya resulta definitivamente grotesco- el pensamiento cristiano de una gran parte de la Iglesia universal, alejado de excomuniones, herejías, condenas y amenazas terribles del Infierno.

Este hombre no piensa, no dialoga, no lee. Debería revisar las bibliotecas jesuitas en vez de hablar tanto en los foros nacional-católicos. Y de paso dedicar unas horas no sólo a los teólogos de hoy, sino a los literatos de ayer, que tanto ahondaron en el problema del pecado y del mal, en los grandes secretos de la inocencia y de la culpa, como Bernanos, Camus, Saroyan, Sartre, Chesterton, Morris West y hasta alguien tan antiguo como Paul Claudel. Pero pedir a Camino que piense o lea es como pedir a un gato que maúlle en español.
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