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Egopartidos

miércoles 03 de agosto de 2016, 07:39h

La situación de bloqueo por la que pasa la política española es consecuencia, en parte, de la emergencia, con apariencia de partidos capaces de formar grupos parlamentarios, de unas improvisaciones electorales de escasa consistencia ideológica y difícil organización interna. Estas agrupaciones emergentes fueron producto de una crisis socioeconómica y de la impotencia de los viejos partidos para afrontarla eficazmente en el campo de la comunicación. Otros sobreañadidos de descrédito, como los provocados por la corrupción o la debilidad ante las tramas separatistas, hicieron atractivas las propuestas de cambio sin precisar en qué sentido se produciría dicho cambio. Consecuentemente, unas agrupaciones que, en uso de la libertad democrática, latían como minorías de existencia secundaria o periférica no condicionantes de gobiernos, pasaron a inflarse ocasionalmente, rebajando la polarización en las grandes opciones mayoritarias contrapuestas que se solía calificar como piezas de un bipartidismo imperfecto, que pasarían en estos meses a calificarse de bipartidismo bloqueado.

Este fenómeno explicable y, en cierta medida, justificable no es el causante principal del espectacular bloqueo que, durante meses y meses, dificulta la formación de gobierno a partir de los acuerdos de los componentes del mapa parlamentario. Hay un fenómeno que no puede pasar desapercibido como es la rígida personalización de las fuerzas políticas en torno a unos presuntos liderazgos individuales presentados como inamovibles, gracias a haberse paralizado la vida interna de los partidos. Si nos referimos a las únicas fuerzas con capacidad de condicionar el desbloqueo de la situación -PP, PSOE y CIUDADANOS-, observaremos que están identificados exclusivamente con tres apellidos: Rajoy. Sánchez y Rivera. En ningún sitio está escrito que solo puedan presentarse a presidir un gobierno estos tres caballeros por el simple hecho de haber encabezado la lista por Madrid de tres formaciones. En el caso del Partido Popular con la ventaja de haber encabezado dicha lista con relativo éxito y en los otros casos con estrepitosos fracasos. Los partidos políticos no son una pirámide pétrea cuya función estática es mantener en la cumbre a un ídolo inmutable, lo haga bien o lo haga mal, goce de popularidad o carezca de ella, cuyas ambiciones, envidias, rencores y terquedades tienen que ser asumidas y padecidas fatalmente por la comunidad de opinión que constituye un partido político. Aprovechando el escenario abierto por la rigidez personalista de los antaño grandes partidos, se suman a la farsa aquellos otros sin capacidad de influencia, convirtiendo el Parlamento en un teatro de variedades. Los demagogos ascendidos a sus escaños compiten teatralmente, de persona a persona, igualados mediáticamente con los protagonistas de la comedia, al reducirse la confrontación a gestos unipersonales de escaso contenido teórico y a la repetición de lugares comunes y argumentos “ad hominen”.

El “no” a Rajoy, como único objetivo cohesionante de sus hasta ahora adversarios, es posible en cuanto el partido de Rajoy no parece concebir otra forma de gobierno estable y necesariamente consensuado que la encabezada por dicho señor Rajoy. No sabemos cómo responderían a una fórmula más inclinada a la resolución de las demandas económicas inmediatas presidida, por ejemplo, por el señor De Guindos. En sentido contrario, la empecinada negativa de Sánchez no sabemos si sería igual, por ejemplo, con el señor Madina. Los partidos políticos, como los equipos de futbol, deben tener repuestos y cantera y no pueden atascarse en sus acuerdos tácticos porque se atasquen o se lesionen unos jugadores. Los partidos no pueden concebirse con arquitecturas pétreas sino como elementos fluidos capaces de removerse en su interior y, si es necesario, de entremezclarse en su exterior.

Es difícil diagnosticar que factores contribuyeron a convertir a los grandes partidos españoles en egopartidos al servicio de un estricto nominalismo enmarcado con las molduras ornamentales pagadas con el patrimonio inescrutable del propio ente. En ello influye, sin duda, la corrupción y la falta de transparencia. Los cabezas de los partidos acuden, como hemos visto, una y otra vez, a la Zarzuela a decir las mismas cosas. Siempre desde un punto de vista nominal. ¿Es que es imposible que ningún representante de los grupos parlamentarios lleve una propuesta que no sea la de sí mismo? Los españoles votaron para formar grupos parlamentarios y no a candidaturas unipersonales. De hecho, cada circunscripción provincial sabe que vota a un partido y no a una persona. Es el Congreso de los Diputados quien ha de investir a la persona que los grupos parlamentarios presenten al Rey como la más capaz de suscitar el acuerdo mayoritario. Si los egopartidos no hubiesen secado el debate interior de sus órganos colectivos es posible que no se hubiese llegado al bloqueo entre personajes inamovibles, exclusivos y excluyentes. Sin el egopartidismo quizá los políticos se hubiesen podido ir de vacaciones este mes de agosto con sus negociaciones resueltas. Pero, eso sí, quizá alguno se iría de vacaciones para siempre.

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