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Las manos de mi abuelo

martes 25 de julio de 2017, 13:38h
Las manos de mi abuelo
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Nunca volveré a ver mis manos de la misma manera.

El abuelo, con noventa y tantos años, sentado en la banca del patio, no se movía. Solo estaba sentado cabizbajo mirando sus manos. Cuando me senté a su lado no se dio por enterado y entre más tiempo pasaba, me pregunté si estaría bien.

Finalmente, no queriendo estorbarle sino verificar que estuviese bien, le pregunté cómo se sentía. Levantó su cabeza, me miró y sonrió.

-Estoy bien, gracias por preguntar”, dijo con una fuerte y clara voz.

-No quise molestarte, abuelo, pero estabas sentado aquí simplemente mirando tus manos y quise estar seguro de que estuvieses bien”, le expliqué.

El abuelo me preguntó: “¿Te has mirado alguna vez tus manos? Quiero decir, ¿realmente te has mirado tus manos?”. Lentamente solté mis manos de las de mi abuelo las abrí y me quedé contemplándolas. Les di la vuelta, palmas hacia arriba y luego hacia abajo. No, creo que realmente nunca las había observado mientras intentaba averiguar qué quería decirme.

Mi abuelo sonrió y me contó esta historia:

-Detente y piensa por un momento acerca de tus manos, cómo te han servido a través de los años. Estas manos aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado toda mi vida para alcanzar, agarrar y abrazar la vida.

Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo. Cuando niño, mi madre me enseñó a plegarlas en oración. Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas. Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas.

Mis manos se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi recién nacido hijo. Decoradas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien muy especial. Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y esposa y cuando caminé por el pasillo con mi hija en su boda.

Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello y lavado y limpiado el resto de mi cuerpo. Han estado pegajosas y húmedas, dobladas y quebradas, secas y cortadas.

Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí sigue trabajando bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y se siguen plegando para orar y hacer silencio.

Estas manos son la marca y señal de dónde he estado y la rudeza de mi vida. Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las suyas, cuando me lleve a Su presencia.

-Desde entonces, nunca he podido mirar mis manos de la misma manera. Pero recuerdo cuando Dios estiró las Suyas y tomó las de mi abuelo y se lo llevó a Su presencia. Cada vez que voy a usar mis manos pienso en mi abuelo; de veras que nuestras manos son una bendición.

Hoy me pregunto: ¿Qué estoy haciendo con mis manos? ¿Las estaré usando para abrazar y expresar cariño o las estaré esgrimiendo para expresar ira y rechazo hacia los demás?

“Gracias Por Compartir”, aparece en mi muro de Facebook.

No sé de quién es pero ya me han dado las gracias por compartirlo. De eso se va a tratar en esta sección.

De lo que algunos entiendan por Dios y lo que, en la sabiduría milenaria universal se ha ido designando con esa raíz u otras similares, este amanuense no se mete, aunque tiene su propia opinión y un inmenso respeto por las más grandes cosmovisiones y tradiciones contrastadas. Entre muchas otras cosas, al explicar Historia del pensamiento Político, económico y social en la Facultad de CC de la Información, UCM, durante tantas década, y en artículos, conferencias y artículos, FB, WP, Twiter, etc conocen mi simpatía por las opciones no dualistas, y mis saludos habituales: Namasté, Jam Ram, Shalom, Lejaim, Salaam aleikum, Eujaristés… y por descontado, mi personal afecto y cariño y, cómo nos cuesta, amor por el Rabí de Nazaret, su vida y sus palabras; ya, a mi edad, sin necesidad de que me las interpreten. Me bastarían con las palabras de Sócrates, relatadas por Platón en el Fedón, sobre si hay o no otra vida. O las de Khrisna a Arjuna en la Gita, o algunas fundamentales en el Tao Te kin, o atribuidas al Buda Sidharta,… ponga usted las palabras que le musitaba su madre al acostarlo… qué más da. La virtud más eminente, pienso que es hacer sencillamente lo que tenemos que hacer. Y caer en la cuenta, to realice, del mundo en el que vivimos, nos movemos y somos.

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