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Mayores en activo

Hacerse invisible

martes 12 de septiembre de 2017, 08:22h

Una persona mayor, pasados los sesenta y jubilado, o en el paro que es peor, muchas veces tiene la sensación de que estorba o lo que es peor de que tiene que estar dando explicaciones sobre lo que hace o deja de hacer. Existía la expresión “hay que hacerse invisibles”.

Lo que unos años antes era la espera de dejar de trabajar, de no estar sometido a un horario, a una rutina para poder hacer lo que quisiese… Fuera funcionario, empleado, profesional u obrero; o lo que es peor, con responsabilidades de organización y de mando sobre otras personas o sobre alumnos o voluntarios sociales, o sobre “funcionarios” a lo Forges.

Ahora ya dispone de todo el tiempo para hacer todo lo que ni pensaba ni imaginaba sino que sordamente intuía que sucedería… porque hasta los sábados y los domingos ya se sabía que eran una rutina dentro de la rutina del trabajo. Pero, ahora, para muchas personas ya ni existen “aquellos” sábados y domingos, porque todo lleva un ritmo diferente y parece, algo terrible, que “les sobra el tiempo” al tener que mudar hábitos, relaciones, tareas, y hasta “momentos” de otium para tomar un cafelito o una cerveza con algún amigo. Lo que durante toda nuestra vida ha sido para muchos nec otium, y en el que había siempre que estar haciendo algo, estudiar o deporte, o recados de tus padres… para “no estar ahí tumbado sin hacer nada, como un vago”. Peor ahora que se acuestan, se levantan y viven pegados a un WhatsApp, celular o música reiterativa hasta mientras caminan por la calle, van al baño, ¡se sientan con amigos que también están conectados! Es un triste espectáculo ver a miles y miles de alumnos y hasta de profesores, que lo primero que hacen es darle al chisme ese “para ver si alguien les ha llamado o enviado un Twitter o está en marcha uno de sus múltiples grupos de WhatsApp para ver si hay “algo” o lo que han comentado entre otros. Me parece una servidumbre auto impuesta que es las peores sumisiones, parientes próximos de los auto sabotajes. Dejemos esto para otro día porque he tenido que contemplar y padecer, para contra actuar, es obvio, ante la invasión de langostas, pájaros u hormigas depredadoras en la universidad que ha sido en donde pasé gran parte de mi vida. Por sabido se sabe que de nec otium surge “negocio”, pero esta es otra dinámica también invadida por el no parar, en los ratos ¿libres? ni en sueños.

Hacernos invisibles, es una terrible expresión que circulaba durante años. Uno, antes, salía de casa para irse al trabajo y muchos ya ni regresábamos a casa para el almuerzo lo que me parecía muy normal y sigo apostando por la jornada partida o por el tiempo de trabajo desde casa o a elección pactándolo cuando se pueda para no dañar a la empresa. Pero hay miles de millones de seres humanos, hombres y mujeres, que llegan a la oficina y se sientan ahora ante un ordenador y ya no se mueven más que para ir al baño o a tomar un cafelito, como dicen. ¿No se podría organizar el trabajo desde casa, en redes y conexiones, a veces, más cercanas en la oficina, que las de tu mesa a la de tu jefe o compañero?

¿Y la vuelta en metro o en autobús, con caras y aspecto de zombi aburrido, cansado y sin ilusión? Cada vez se fue incrementando el número de personas que habría sus libros y lograban leer, algo que a mí me encantaba al verlos y con poco disimulo me esforzaba mirar el título, o lo imaginaba. Pero siempre con simpatía. Eso, cada día más ha sido sustituido por esos chismes en los que no paran de hablar o de teclear compulsivamente. Creo que están casi preparados unos pequeños artilugios para implantar dentro de los oídos, no de las orejas, y hasta me dicen que se busca cómo alojarlos en el cerebro, o lo que sea. Cosas hemos visto como aros en todas partes, sin excluir la lengua ni el pene o los labios, ombligos etcétera. Hoy no hablaremos de los tatuajes… Todos podemos imaginar la llegada al hogar según las edades o los años de matrimonio o en pareja que llevasen. Algunos pasaban antes por el bar… como para prepararse para otra víspera de trabajo con tareas que le desbordaban, ayudar en los baños, ¿poner la mesa y recogerla? ¿Preguntar por los estudios o el deporte y los amigos de los hijos? Sentarse ante la tele y ver, no mirar ni atender, a lo que “echasen”. Desayuna y a lo mejor se pone a leer el periódico o a escuchar la radio… y no falta quien le diga que van a “hacer” esa salón o ese cuarto o el office o… la misma terraza, en donde pasa parte del verano, cuidando flores y dando de comer a gorriones, herrerillos y pica pinos, escucha música a veces... pero en el hondón del alma “quisiera hacerse invisible”. Por eso a muchos les hacen sentir que estorban, que deambulan o que “no hacen nada” o “si no tiene nada mejor” que andar por el medio. Y muchos se echan a la calle. Pero, ese es otro episodio.

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