El departamento de propaganda del señor
Rodríguez Zapatero funciona descaradamente sin bandera ni doctrina. Es capaz de proclamar que ha sacado de España del rincón de la historia en el que él mismo la había encerrado. Con sus posaderas sentadas de prestadillo en la sarkosilla del G-20, el departamento tiene la osadía de comparar a su líder con la presencia internacional del presidente
Aznar que se sentó en el G-8 de presidente de España y de la Unión Europea con pleno derecho y no como artista invitado.
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Es natural que, ahora, se agradezcan sus buenos oficios de acomodadores a los presidentes
Bush y
Sarkozy, antes despreciados derechistas, sin recordar que los estadistas amados por Zapatero eran el senador
Kerry y la diputada
Segolene Royal. Pero pasa de ridículo que al departamento de ocurrencias que tan eficazmente dirige el sectario
José Blanco se le ocurra echar la culpa de la crisis de hoy a los señores
Reagan y
Thatcher, que dejaron de gobernar hace veinte años y no se atribuya ninguna responsabilidad a los actuales cinco años de gobierno de Zapatero, durante los que se incubó sin previsión alguna el monstruo de nuestra crisis particular.
El departamento debe estudiar la doctrina del libre mercado de un líder presuntamente socialista dedicado, desde su localidad de reventa, a la refundación del capitalismo, ayudando a los banqueros en dificultades con el dinero de los humildes contribuyentes. Es un concepto contradictorio de la lucha de clases que debiera inspirar al departamento de ocurrencias la conveniencia de modificar la letra de “
la Internacional” que ciertos
“progres” aún cantan algunas veces por un: “
arriba ricos de la tierra, en pie magnífica legión”.
Muchas de estas ideas pasarán al archivo del departamento junto a la alianza de civilizados e incivilizados y las estalactitas de Barceló, las bombillas de
Sebastián, las soluciones habitacionales, las leyes de dependencia sin dotación, los uniformes militares para embarazadas, las desaladoras sin trasvases, los aviones para Venezuela y demás iniciativas fallidas aunque menos dañinas que las memorias funerarias. El presidente seguirá actuando, sin bandera ni doctrina, mientras crece el paro y se cierran industrias, para engatusar al personal ingenuo y poco reflexivo. ¿Hasta cuándo? Esta es la cuestión.