Si el viejo Marx levantara la cabeza no daría crédito. Ahora, el diario “Público”, adopta la magnífica iniciativa de editar y distribuir “El Capital”, de Carlos Marx, en la edición resumida por Gabriel Deville y con el prólogo a cargo de Pascual Maragall, que aconseja “una lectura crítica y moderna, no de los textos más pesados, pero sí de los más irónicos y picantes, de Marx y los suyos, aquellos en que la tragedia se convierte en comedia, el capitalismo rampante en explotación salvaje y la religión en absolución de todos esos pecados. Y, por supuesto, El capital, aunque sea en versión reducida”. Felicito a los responsables de “Público”.
He sentido una enorme alegría intelectual y generacional. Carlos Marx, uno de los intelectuales que más han influido en los siglos XIX y XX y, tal como vamos, en el XXI, de los más brillantes y más vituperado, más estudiado por millones de trabajadores y de economistas, sociólogos, universitarios de todo tipo, políticos, sindicalistas, banqueros, empresarios, ministros, sacerdotes, obispos y hombres y mujeres de toda condición cultural y social durante décadas, ha vuelto entre nosotros con toda la dignidad que nadie le ha podido robar. Irónicamente, los que más daño le han hecho han sido su más encarnizados “seguidores”, que le han utilizado para cometer todo tipo de tropelías políticas e ideológicas en su nombre. Preguntado él mismo, en algunos momentos, sobre determinadas interpretaciones deterministas acerca de la caída “indefectible, infalible e inevitable del capitalismo”, según sus tesis, no dudaba en contestar: “Yo, en tal sentido, no soy “marxista”.
Tras casi veinte años de huracán ultraliberal, donde todo lo que tuviese el más mínimo aroma de marxismo era satanizado y lanzado al peor de los infiernos, nos encontramos, de nuevo, en el debate sobre la economía de mercado, su eficiencia real y la necesidad (Bush y dirigentes del la CEOE “dixit”), de establecer un paréntesis en su vigencia. Algunas de las ideas del viejo Marx retornan con fuerza para intentar comprender la dimensión de la hecatombe que nos toca vivir. Lejos queda la hegeliana tesis del “fin de la historia”, de Francis Fukuyama, en virtud de la cual se proclamaba la arribada del género humano al capitalismo liberal como última y definitiva forma de civilización.
La caída del muro de Berlín, la implosión y hundimiento de la Unión Soviética y del “socialismo real”, eran ley de vida. Constituían el fracaso anunciado de un modelo burocratizado, centralizado, planificado, ineficaz y corrupto. Su final fue aprovechado para pulverizar las bases del modelo europeo del Estado de Bienestar, construido a partir de 1945 desde el acuerdo entre la izquierda europea y la democracia cristiana. Los liberales “modernos”, como José María Aznar y Rodrigo Rato, reconstruyeron la tesis alternativa de “la sociedad de bienestar”, donde toda suerte de privatización sin competencia era bienvenida, la famosa “autorregulación” de los mercados financieros era un bien intocable, la histérica idea de más sociedad y menos Estado resultaba indiscutible, la vigencia de los paraísos fiscales eran consustancial con la eficiencia del sistema, y la globalización sin normas y el “fundamentalismo de mercado”, en feliz expresión de George Soros y de Joseph Stiglitz, se convirtieron en los dogmas de la nueva “ideología dominante”. Todo falso. Ni existe mercado libre, ni transparente, ni competencia, ni control, ni limpieza. Corrupción, fraude y capitalismo rampante. Que pregunten en el casino de Wall Streat.
Pues bien. Aquí estamos. Ante un marasmo económico sin precedentes, ante una crisis sistémica, cuya naturaleza, duración y salida desconocemos. Es verdad que no tenemos alternativa del sistema económico. Pero no es menos cierto que ya nada será igual. La vida de todos nosotros cambiará. La agenda medioambiental se modificará necesariamente ocupando un lugar prioritario. El tipo de capitalismo que surja de esta conmoción será muy diferente al gestionado por el botarate de Bush y sus amigos de Wall Street. El siglo XXI ha comenzado con un terremoto económico, político y geoestratégico. El centro de gravedad de mundo se desplaza hacia el Pacífico, y los EEUU y Europa perdemos protagonismo. Los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China) representan, en este momento, en 20 % del PIB mundial y nuevas economías emergentes exigen presencia global.
El “consenso de Washington” ha terminado. Se ha hundido. Y con él las instituciones que amanecieron en 1945. Y no sólo Bretton Woods expira y el dólar se tambalea. Se acabó el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial que hemos conocido. Y mucho menos con el poder de veto del que disponía EEUU hasta ahora. El “viejo orden” ha sucumbido. Como escribe George Soros, (El nuevo paradigma de los mercados financieros. 2008), “La globalización no trajo el juego limpio, con igualdad de oportunidades, que los mercados libres debían proporcionar según la doctrina del fundamentalismo de mercado. El sistema financiero internacional está bajo el control del conjunto de autoridades financieras que representa a los países desarrollados”. La Conferencia de Washington, las potentes políticas neokeynesianas y la concertación de la Administración de Obama con la Unión Europea, nos permiten ver algo de luz a medio plazo.
Es curioso. El viejo Marx retorna. ¿Nos acercamos a una crisis estructural del capitalismo? El debate está abierto. No podíamos tirar al niño con el agua sucia. El fracaso del llamado “socialismo real”, o comunismo, no implicaba la renuncia simple y torpe a lo esencial del pensamiento de Marx, que, encerrado en la Biblioteca del Museo Británico, redacta “El Capital, crítica de la economía política”. Sus análisis económicos, la noción de modo de producción, del materialismo dialéctico e histórico, o su visión histórica del capitalismo y sus consecuencias, el concepto de clase social y los conflictos entre ellas, o del Estado como superestructura política y jurídica, o los ciclos económicos, o el control de los medios de producción, han pasado a ser desde Marx conceptos cruciales de nuestra sociología moderna y no han sufrido una refutación completa.
Todo esto viene a cuento porque estamos asistiendo a una gran paradoja. Es ahora cuando los ultraliberales corren enloquecidos por los pasillos de los Bancos, de los Parlamentos y de los Gobiernos pidiéndole la izquierda: “¡Intervengan, Intervengan! ¡Hagan algo ya!”. Incluso la defenestrada Administración Bush pone bajo control estatal con miles de millones de dólares a grandes empresas y bancos para estabilizar la situación y evitar un tsunami como el 1929. La pregunta es, ¿con que quieren ustedes que intervengamos? ¿Qué instrumentos tenemos?
Estimado Rajoy. Acusáis al Gobierno de optimismo. Es su obligación. No puede insistir en los rasgos negativos de las circunstancias. Lo estamos pasando mal. Especialmente los españoles y los inmigrantes que pierden el empleo. Y es preciso estar con ellos. Alentarles, abrir escenarios de trabajo, mejorar la educación, invertir, buscar el diálogo social, realizar políticas socialdemócratas con los mecanismos de los que dispone el Estado.