Iban a hablar de infraestructuras, de hambre, de sida y de genocidios. Iba a ser una cumbre descafeinada, hasta que apareció
Muammar Gaddafi. El amanecer del lunes en Adis Abeba ilustró la resaca de una cumbre de la Unión Africana cuyos últimos miembros apuraron hasta el domingo para digerir cuatro días de debates en torno a la figura del líder libio.

Gaddafi maniobró correctamente al acudir personalmente a un evento, siendo el único jefe de estado de relevancia procedente de los países del norte de África. De entrada fue nombrado presidente de turno, elección que le permitió desglosar un sueño que dura más de veinte años.
Ataviado con traje de luces y sus tradicionales gafas de sol, Gaddafi subió a la tarima para relanzar el proyecto de una Unión Europea en versión africana. Una idea que viene de lejos y que el coronel acaricia aún más desde que ha regresado al rebaño de los amigos de occidente.
Arropado por las inagotadas reservas naturales que atesora su país y por la autoridad moral que confieren casi cuarenta años en el poder, Gaddafi expresó su deseo de convertir el continente negro en una gran hermandad forjada a través de una moneda única, un ejército común y un pasaporte único. Fue aquí cuando se torcieron las cosas y debutó la verdadera cumbre que acabó siendo un esfuerzo de largo aliento.
A la postre poco consiguió Gaddafi. Son varios los países que se oponen a los designios del libio, empezando por la potencia económica, política y militar por excelencia, Suráfrica. El cono sur africano no desea emular a los europeos, especialmente si Gaddafi sostiene las riendas de una hipotética fusión. Los surafricanos mostraron su cara más amable y diplomática pero rechazaron la idea, apoyados por sus vecinos.
Tampoco hace gracia entre las naciones más cristianas una alianza con los estados más islamizados, véase el caso de Sudán. A lo que hay que añadir las eternas e inmensas diferencias económicas entre norte y sur así como los desequilibrios políticos y sociales que hacen de este gigantesco continente una isla caótica donde encontrar un consenso resulta harto complicado cuando no imposible.
Después de celebrar numerosas sesiones, Gaddafi obtuvo un triunfo parcial al conseguir que se configuraran nuevos cargos y, en definitiva, nuevas responsabilidades en el seno de la Unión. Sin embargo es probable que no superen el obstáculo de la burocracia africana, cuya lentitud y pesadez no tienen parangón en el resto del mundo.
Gaddafi enseñó sus cartas y avisó de que va en serio. África está avisada, el libio quiere ser el faro de un continente que sigue mirando hacia el norte pero, según él, desea hacerlo unido para prosperar y conquistar el verdadero sitio que se merece. De las infraestructuras, el hambre, el sida y los genocidios ya se hablará en otro momento.
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Pedro Lasuén es corresponsal de Diariocrítico en el continente africano.