Siempre he sentido especial debilidad por las mujeres abandonadas por sus parejas. Entre otras cosas porque una también ha sido abandonada alguna vez, no hay más tú tía. Hay dos caminos a seguir cuando esto sucede. Uno, el peor, es atascarse en esa historia pasada y comerse la cabeza con lo que pudo haber sido y no fue. La otra es pasar una etapa de duelo en la soledad y dar carpetazo lo antes posible. Claro está que en todas las relaciones hay grados, de soledad, de tiempo, de tristeza, de reproches… Y no todas las rupturas obedecen a los mismos motivos. Desencantamiento y desenamoramiento suelen ir de la manita. Pero también hay una cosita que molesta especialmente a una mujer abandonada: que otra, la “otra”, se meta por el medio.
Mujeres despechadas las ha habido en todas las épocas. El hombre es así. Todas estas vueltas las estoy dando para hablar de Carmen Romero. La ex mujer de Felipe González siempre ha sido santo de mi devoción. Recuerdo perfectamente su época de mayor esplendor cuando habitaba las habitaciones del Palacio de la Moncloa. Nunca una inquilina (desde mi punto de vista) aportó mayor glamour con menos ruido. Culta, discreta, con sentido del humor (dicen) y muy a lo suyo, fue de la manita de su marido pero solita campeando los temporales que pudieran aparecer. En medio de pelotazos de adláteres de su marido, Carmen llevaba a su hija María a sesiones de ballet sin despeinarse. Estuvo en el meollo de la beautiful people sin llegar a posar con Preysler, la cara más sofisticada pero menos intelectual de toda aquella cultura del pelotazo.
Luego llegaron los Botella y todo cambió. Para qué contarles. Aznar trajo sosiego económico y Botella llenó de lacitos las antiguas estancias sobrias de la Moncloa, sólo aderezadas con algún que otro bonsái en tiempos pasados. Se cerró la “bodeguiya” (está en andaluz, no es falta de ortografía) y vinieron otros tiempos. Luego Irak, el 11 M y ZP. Y desde entonces no habíamos sabido nada de ella, de Carmen Romero, digo.
La prensa rosa, tan ávida como implacable, descubrió que se habían separado y no se sabe muy bien si por la aparición de otra o porque se les rompió el amor. Y el matrimonio González pasó de estar en los salones de Carlos Slim en el DF a compartir espacio con Campanario y la Pantoja. De la portada de Financial Times a la de Diez Minutos con declaraciones al lado de la madre de todas las madres, ó sea, Belén no sin mi hija Esteban. Es el precio del amor. Y es que Felipe, por consiguiente González se había enamorado de otra tía, hermana de la mujer de Pedro Trapote, y se armó el belén.
Todo el mundo miró a Carmen con penita. Pero ella, como Ave Fénix, resurgió en Vanity Fair que es una publicación más acorde para ella. Sin golpes de melena ni posados con azulejos sólo concedió una frase en referencia a su ex: “Felipe y yo nos quitamos las alianzas hace veinte años”. El que quiera entender que entienda y el que no que haga todo tipo de elucubraciones. Ella ni desmentirá ni asentirá. Tiene cosas más importantes que hacer con su interesante vida. Una de ellas es, por ejemplo, disfrutar de sus nietos.
En los sesenta más que bella, atractiva, ésta última entrevista ha debido de ser un duro golpe para su ex y para la otra. Carmen, en su línea, sin hablar ha dicho mucho. Y ya se sabe que el que da el último, da dos veces.