La erótica del poder es uno de los misterios teológicos más abrumadores. Eso de que te venga a recoger un coche oficial, con chofer, guardaespaldas y banderitas, ante el pasmo de vecinos, debe ser un alimento para el Ego tan vitamínico que impide la prescripción de cualquier sistema dietético.
¡No puedo dimitir! Mi mujer me abandonaría, mis hijos no me respetarían, mis vecinos me saludarían con una risita irónica y mordaz. En fin, el peso del entorno social forma parte de la segunda ley de la termodinámica, y sus víctimas sienten el pánico indecible de desaparecer en la entropía de uno de esos astronómicos agujeros negros.
Otra manera de ver las cosas es el llamado ascetismo del poder. En eso se lleva la palma de Mahatma Gandhi con sus ayunos. Pero sin ir tan lejos los periódicos de estos días han publicado dos ejemplos que podríamos llamar de dignidad política y ética, contra corrupción, chulería e hipocresía, que demuestra que en todas partes no se cuecen las mismas habas.
Me refiero a la edificante historia de David Antonhy Laws, miembro del Parlamento por Yeovil y Jefe del Tesoro británico. Este último cargo le obligaba a mantener una segunda vivienda en Londres cuyo alquiler va legalmente a cargo del Estado. Con una muy discutible acusación de pagar alquiler por compartir piso con su amigo James Lundie, quién a su vez era el propietario, le obligo a revelar su condición homosexual.
Naturalmente David devolvió al Estado la suma ‘estafada’ que ascendía a 40.000 libras al mismo tiempo que presentaba su dimisión. Los ingleses han perdido a un profesional digno y los puritanos, como en su día hicieron con Oscar Wilde, han ganado una nueva víctima.
También dimitió el Presidente de Alemania, Horst Köhler tras las críticas por haber dicho que los ejércitos se usan, entre otras cosas, para asegurar los intereses comerciales, observación que es puro plagio de K. Marx. Defender lo contrario sería pura ingenuidad
Pero aquí dimitir todavía no está de moda. Parece que nadie se acuerda de que no basta que la mujer del Cèsar sea honesta. Existe un terror psicológico que, sumado al terror físico de la cárcel, más una manía exagerada para ahorrar más de lo necesario, explicaría los casos de Gil y Gil y Julián Muñoz en Marbella, del juez Pascual Estevill y Piqué Vidal, de Mario Conde, Javier de la Rosa, Juan Guerra, Roldán, Félix Millet, Jaume Matas, presidente del PP balear, Camps, presidente del PP de Valencia,… i tutti tanti.
Aquí, hay que esperar que un juez te meta en la cárcel porque en principio todos somos querubines tocando la arpa eólica. Un truco que usan los listos cuando estalla un escándalo es utilizar el método de hacer dimitir a otro. Véase el caso de Jordi Hereu, alcalde de Barcelona quién, tras perder las votaciones para modificar la Diagonal, hizo dimitir a su mano derecha, Carles Martí.
Tampoco Trillo, ministro de Defensa, como consecuencia del accidente del Yak-42, no pudo impedir la condena del general Navarro, mientras él se negaba a reconocer responsabilidad alguna.
También se puede elegir el método ‘PP’ que consiste en poner en práctica la idea de Stalin ‘muerta la persona desaparece el problema’ y si no puedes asesinar, haz dimitir a tus enemigos. Así cayó Garzón.
La pregunta de rigor es, si después de esta historia va dimitir alguien, comprendiendo que se puede perder un cargo pero ganar en dignidad. Se me ocurren algunos casos de dimisiones urgentes:
-Ehud Barak y Binyamin Netanyahu, por imitar a los piratas somalíes, con alevosía y nocturnidad, asesinando y raptando pacifistas y por llevar al Estado de Israel a su propio suicidio.
-El Tribunal Constitucional, por haber perdido su autoridad moral, debería tomarse unas vacaciones para no estropear más las cosas.
-Francisco Camps, presidente de la Comunidad Valenciana, por conceder demasiados contratos a sus ‘amiguitos del alma’, por pagarse trajes y perder las facturas.
Ustedes mismos pueden seguir con la lista.