El retorno de un hombre bueno
jueves 07 de junio de 2007, 23:22h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 03:01h
El cuento empieza hace algunos meses, cuando volvíamos con mi mujer felices de unas vacaciones inolvidables. Recorrimos el sur de este país maravilloso en su geografía. Nos detuvimos donde quisimos, porque nos turnábamos para manejar el auto, sin cansarnos. Conversamos con los amigos en distintas ciudades y nos quedaba, como última tarea pendiente, recordar -ya instalados en casa- esos momentos mágicos y encantadores.
Por eso les cuento que no hubo tiempo ni para pensarlo. Una noticia triste, la muerte de una amiga del alma, una periodista inolvidable, nos cambió el esquema. Resumo todo: en Australia, con más precisión en Melbourne, Cristina Delgado, la Kuka para nosotros y para toda una destacada generación de periodistas, esposa de otro notable reportero, Alejandro Arellano, ex subdirector de los diarios “Clarín” y La Nación, “falleció en la clínica” o, como telefónicamente nos contó su esposo, “murió en medio del sueño o de la aparente inconciencia que generan las drogas analgésicas”.
La Kuka había luchado fieramente más de siete meses con esa horrible enfermedad que ataca siempre a traición. Contó con el abnegado apoyo de su esposo y sus hijos, Rodrigo y Gonzalo, que no sabían qué inventar para darle más fuerzas y salvar su vida. Incluso hasta pensaron -y ella estaba de acuerdo- en volver todos juntos a Chile porque a lo mejor abrir la puerta y las ventanas del departamento que tienen en el barrio Pedro de Valdivia, recibir amigas, a colegas periodistas, seguirle la huella a los acontecimientos que remecen a Chile, en patota, en tertulias, en buena onda, sentirse rodeada por gente que sólo la quería, en fin, todo eso podía ser la terapia milagrosa que prolongara su existencia.
Pero no lo creyeron así los médicos australianos, que pusieron punto final a la pesadilla cuando les informaron que eran incapaces de sanarla y la dejaron internada sólo para asegurar que su muerte fuera tranquila y sin dolores. Tenían toda la razón los especialistas.
Yo, su camarada periodista que no me moví de Chile, y los cientos de periodistas, hombres y mujeres, que se formaron juntos en la escuela fundada y dirigida por el inolvidable Ramón Cortés Ponce, pensamos que la Kuka era un símbolo de amistad y profesionalismo y quisimos tener más noticias y más datos sobre esta muerte, este impacto que nos llegó al corazón.
Como todos, esperé noticias en la televisión, las radios y los diarios, aunque fueran cortas. Pero qué te iban a poner al día de un hecho que nos remeció el alma. Vano intento. Salvo el obituario de “El Mercurio”, que publicó cuatro avisos de amigos y familiares, que daban cuenta del deceso de la colega en Melbourne, nada más se conoció. El único aliado que teníamos, los amigos y compañeros de esta pareja excepcional, era el teléfono. Y, por supuesto, durante semanas acosamos con llamados de día y de noche a nuestro querido Alejandro y a sus hijos, que renovaban su dolor minuto a minuto contándonos todo.
Así pasaron casi tres meses. Hasta que Alejandro hizo un balance de su vida, juntó sus cosas, hizo sus maletas, dejó esa casa que compartió tantos y tantos años con su Kuka, le pasó las llaves a sus hijos, profesionales que ejercen en Australia, y decidió traer su corazón y sus recuerdos a nuestro país, para vivir solo, junto con ellos en ese romántico departamento donde aún puede regar con ternura y devoción esos maceteros con plantas que adornan sus ventanas, que fueron colocados y cuidados con amor, por esa Negra incomparable que ocupa todo su corazón.
Y así sigue la historia. El regreso de Arellano a nuestra tierra ha significado también una revolución en el gremio. No sé de dónde salieron tantos y tan queridos amigos de este periodista tan carismático. Quizá su bondad, tal vez su dolor que no disimula, tal vez el recuerdo de esta dupla, de este matrimonio que siempre fue símbolo de amor para estos periodistas que han caminado junto con ellos tantos años. Tal vez también influye que ese cariño nació cuando estudiaban periodismo en las aulas y después lo perfeccionaron en las redacciones de ese grupo de diarios de todas las tendencias que circulaban por Chile con entera libertad.
Todo eso influye para que nuestro amigo Alejandro esté de nuevo en su casa, rodeado de gente que lo quiere desde hace tres semanas. No ha estado ni un minuto solo. Almuerza y come a diario en casa de sus amigos del alma. Eso nos gusta y reconforta.
La familia periodística de esas generaciones se emociona en estos casos, porque tiene alma y derrocha amor.
Creo que el Pelao Arellano, ese brillante reportero que fue subdirector de “Clarín”, La Nación y otros diarios en las décadas del ’60, ’70 y ’80, que fuimos los que dirigimos el diario popular más exitoso y veraz de esos años democráticos, podrá seguir caminando por la vida, tranquilo, agradecido y hasta feliz, sin olvidar jamás a su Negra, que lo acompañó por más de cuatro décadas. De eso estoy seguro. Sus amigos estaremos con él.
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Alberto “Gato” Gamboa
Periodista.
(Este artículo fue publicado en La Nación, el 6 de junio de 2007)