Cromwell, Bin Laden y mi psiquiatra
lunes 09 de mayo de 2011, 10:51h
Actualizado: 10 de mayo de 2011, 13:04h
En 1534, Richard Rich firmó un documento en el que declaraba falsamente que Tomás Moro, canciller de Enrique VIII, había aceptado un soborno en agradecimiento a una sentencia que había dictado. A cambio, Thomas Cromwell, recién nombrado Secretario del Consejo del Reino, le dio el cargo de Recaudador de Impuestos de York. Tras la felonía, Rich dijo que, después de todo, no había sido tan dolorosa la traición. Cromwell le contestó que cada vez lo sería menos.
El mismo año, y poco después, la segunda esposa de Moro, Alice Middleton -quién sabe si tátara tátara tátarabuela de la últimamente famosísima Kate Middleton-, le pidió a su marido que, en su calidad de Canciller del reino, detuviera preventivamente a Rich. Ante la negativa de Moro, Alice le espeta que él concedería los beneficios de la ley al mismísimo Satanás. Moro debió mirarla con dureza. Contestó que sí, que sin dudarlo porque si Satán se revolviera contra él tras haberse saltado todas las leyes ya no tendría protección alguna, “así que aunque solo sea por mi propia seguridad, sí, daría al Diablo todas las ventajas de la ley”. Incontestable.
He seguido el consejo del presidente Obama de esta madrugada en la CNN y me lo he hecho mirar. He consultado las observaciones de algunos de mis lectotres, Kim A., LLuis C del R, Jordi G., Cristina C, Fray Gerundio de C, Vicente M. A., Marisol F. y algún otro y veo que no he estado a la altura. Dice el Eclesiástico (no confundir con el Eclesiastés) cap. 13 vs. 1 El que toca la pez, se mancha y no quiero mancharme innecesariamente ni tener que verme defendiendo otras ejecuciones (Al Zawahiri) u otras violaciones de los derechos democráticos (preeminencia de la inocencia supuesta de los reos): efectivamente Cromwell tenía razón, cada nueva renuncia duele menos. Y mancha más.
Siempre he creído en la ley y en las ventajas de su protección. Es injusto reclamar para mí tales ventajas y estar dispuesto a renunciar a ellas cuando se trata de quien puede hacerme daño y poner en riesgo mi (cómodo) statu quo. Mi admirado Ben Franklin escribió “quienes son capaces de dar su libertad esencial a cambio de una pequeña seguridad transitoria, no son merecedores ni de la libertad ni de la seguridad.” La ejecución de Bin Laden fue un hecho de guerra, pero éticamente es inaceptable cuando hay fórmulas jurídicas internacionales para manejar el caso. Mi tesis de la ola de atentados y crímenes yihadistas exigiendo su liberación, aun siendo plenamente cierta, no es razón suficiente para sortear la ley a través de vericuetos.
La seguridad ciudadana depende de la vigilancia y la seguridad que hemos delegado en policía y ejército y no en el debilitamiento de la ley que nos protege incluso contra los abusos de la violencia reglada. Si la detención de Bin Laden iba a suponer un incremento de la inseguridad ciudadana, las autoridades tienen recursos y poder suficiente para contenerla y prevenirla desde su labor policial.
Supongo que no tengo la madera del héroe ni la reciedumbre del santo ni el temple del sabio, pero tengo el oído fino. La ley es un escudo para todos y es la mejor manera de progresar y de alcanzar el ideal de justicia a que cualquier sociedad que se precie debe aspirar. Si he de elegir entre Erasmo y Maquiavelo, me quedo con el de Rotterdam.
La ejecución de Bin Laden fue un acto de guerra equivalente al del asesinato de Isoroku Yamamoto el 18 de abril de 1943, ordenado por Franklin D. Roosvelt en la Operación Vengeance. Aquel, en medio de la Segunda Guerra Mundial, ya en su tiempo fue para muchos tenido por un asesinato de estado y este de ahora tampoco lo ha sido menos.