Naturalmente fue una victoria pírrica en el Senado. Algo así como dar salida a las ganas de meter el dedo en el ojo del Gobierno. Una escaramuza preelectoral más de las que tanto les gustan a los del Partido Popular. Total, que ayer se impuso la aritmética de escaños y, gracias a las abstenciones de otros grupos que, habitualmente, votan con el Gobierno, la Cámara Alta reprobó a la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez.
Los expertos en la historia parlamentaria reciente levantan acta de lo insólito del caso. La reprobada, más chula que un ocho, añade un florón más a su controvertida carrera como ministra del ¡¡¡Gobierno de España!!! (el retintín gráfico, por supuesto, es del avieso columnista). Este mediodía la tendremos por tierras catalanas, inaugurando un tramo de la A-2. Ni un solo conseller de la Generalitat estará presente en la photo opportunity. Únicamente Manuel Nadal, secretario general de Movilidad, ejercerá de edecán de la señora Álvarez. Y ello, por razón de su cargo. Porque para el tripartito catalán (lo mismo que para el bipartito gallego) nombrar a la ministra es mentarles la bicha.
Ayer tarde, tras la sesión del Senado, la sonrisa lobuna era el rictus facial de muchos cargos del Partit dels Socialistes de Catalunya. A Magdalena Álvarez, formalmente, le habían picado la cresta. Aunque ella, por descontado, estaba más ancha que alta. Volvía ser la mujer del día. Y a este paso, por lo que respecta a Cataluña y Galicia (por ser dos comunidades en las que la ministra Álvarez ha dejado huella en forma de cabreos ciudadanos) no sólo será la mujer del año, sino la mujer del siglo. Porque con Álvarez y su equipo del ministerio de Fomento cabe decir churchilianamente eso de que “nunca tan pocos hicieron tanto para fastidiar a tantos”. Y en tan poco tiempo, añade el columnista que, además, durante esto meses ha sido objeto de toda suerte de sevicias ferroviarias, aparte de tratos crueles, inhumanos y degradantes. Como cientos de miles de contribuyentes.