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El ogro Trump o la excusa de neoliberales, globalistas y woke: una mirada desde la tradición antiimperialista

lunes 12 de enero de 2026, 09:13h

La figura de Donald Trump suele presentarse en el discurso mediático dominante como una anomalía, una ruptura radical con la tradición política estadounidense. Para la izquierda liberal y los sectores progresistas identitarios (lo que se ha dado en llamar "izquierda woke"), Trump representa el regreso del fascismo, el triunfo del autoritarismo más crudo y la quiebra de los valores democráticos. Para los neoliberales y globalistas de diversos signos, Trump es un peligroso desestabilizador del orden internacional que tanto esfuerzo costó construir tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, esta caracterización, aunque contiene elementos de verdad, omite lo esencial: Trump no es una excepción en la historia del imperialismo estadounidense, sino su continuador más descarnado y sincero.

El imperialismo ni es Trump, ni es nuevo. Trump es su ejecutor actual y sus formas toscas y prepotentes son su sello personal, pero es un continuador de una larga trayectoria de dirigentes imperialistas autoritarios e intervencionistas, no solo en América Latina, sino en todas las zonas del mundo donde han podido. La diferencia fundamental entre Trump y sus predecesores —tanto republicanos como demócratas— no reside en los objetivos estratégicos, sino en el estilo y en la retórica. Mientras que las administraciones anteriores vestían el intervencionismo con el lenguaje de los derechos humanos, la democracia y la responsabilidad de proteger, Trump desnuda la lógica imperial: "America First" no es más que la expresión cruda del nacionalismo imperial que siempre ha guiado a Washington, despojada de su envoltorio humanitario.

La anglosfera: continuidad histórica del dominio imperial

El problema más grave no es únicamente Trump o el trumpismo. El problema más profundo es el de dirigentes políticos que siendo de otras latitudes apoyan el imperio o son parte consustancial del mismo en calidad de padres venidos a menos, como es el caso de Gran Bretaña. La anglosfera lleva ya siglos tratando de dominar el mundo desde los mares. El imperio británico ha sido sustituido por el imperio estadounidense sin solución de continuidad. Su voluntad de imponer es de sobra conocida por las élites políticas y económicas occidentales y por tanto su sumisión a los EEUU es consciente e ideológicamente voluntaria.

Pueden haber numerosas razones pero en todas ellas prima el interés en defender el sistema capitalista y el poder de los ricos sobre el mundo. El llamado mundo libre y democrático es en realidad un mundo desigual donde ahora impera la ideología neoliberal. Es el mundo de las élites anglosajonas tremendamente racista, que desprecia a todas las naciones y pueblos del resto del mundo y vía protestantismo y sionismo se creen el pueblo elegido por el dios de Israel. Su visión es pues etno-religioso-capitalista podríamos decir y las élites europeas continentales juegan un papel secundario y cipayo diríamos en nuestros días.

El sistema de partidos estadounidense: las dos cabezas del mismo monstruo

El análisis de la política estadounidense requiere superar la visión maniquea que opone demócratas "buenos" a republicanos "malos". Ambos partidos cumplen funciones complementarias en la preservación del sistema imperial.

El Partido Demócrata ha jugado históricamente el papel de dividir, dejar sin ideas y cambiarlas por otras diferentes a la lucha de clases y el reparto de la riqueza. Tras esto, coopta movimientos sociales hacia sus discursos y modos culturales, identitarios y de creación de nuevas reivindicaciones sociales y de costumbres al objeto de destruir el movimiento obrero y sus partidos, y de esta forma servir al imperio. La "izquierda woke", con su énfasis en políticas identitarias desvinculadas de la crítica económica estructural, ha sido fundamental en este proceso de despolitización de la lucha de clases. Su cruzada cultural, aunque contiene elementos legítimos de reivindicación, se ha convertido en un sucedáneo inofensivo para el capitalismo, que puede asimilar sin problemas la diversidad en los consejos de administración mientras mantiene intactas las estructuras de explotación económica.

El Partido Republicano, por su parte, organiza a las derechas conservadoras y ahora con el trumpismo a las extremas derechas a las que apoya. Pero lo más importante ha sido su capacidad de imponer un único discurso con dos cabezas: la derecha tradicional y el neofascismo o los movimientos ultra reaccionarios diciendo lo mismo. Trump y el trumpismo han creado el espantajo de partidos patrióticos y antiglobalistas que en realidad no son sino su quinta columna y sus guardias de la porra en los estados occidentales en general y de la UE en particular.

El declive del imperio y la respuesta belicista

Nada hay nuevo bajo el sol imperial. El asunto crucial de nuestro tiempo es que desde el siglo XVI y tras la batalla de Lepanto, ninguna potencia asiática ni africana ha podido enfrentarse o al menos pararle los pies a Europa y después a su hija y creación Norteamérica. Es pues la emergencia de potencias diferentes tanto en su desarrollo cultural y territorial —potencias terrestres como Rusia, la Unión Soviética, nuevamente Rusia y luego China— lo que comienza un lento pero claro declive del imperio anglosajón y tras él del sistema capitalista que le precede en su crisis.

Ante este "decrecimiento" del imperio anglosajón, la única solución que las élites imperiales vislumbran vuelve a ser la guerra y la agresión ante un mundo cada vez más díscolo. La persona elegida por las élites para dirigir la agresión y un nuevo colonialismo 2.0 es Trump dado su carácter, su visión y sus intereses personales. Pero sería un error considerar a Trump como un elemento ajeno al sistema: Trump es la construcción de las élites imperialistas, de la misma forma que las élites europeas para consolidarse y estar a la altura de la situación necesitan a las extremas derechas, que a su vez son capaces de engañar a amplias capas de las clases populares con su discurso.

Frente a este discurso de extrema derecha, el llamado movimiento "woke" —es decir, la izquierda liberal y caviar— es incapaz de enfrentarse, puesto que no tiene valor para confrontar al sistema, está culturalmente atrapada por el mismo y desprecia, en el fondo, a la clase obrera tradicional, a la que considera irremediablemente reaccionaria por su falta de adhesión a los códigos culturales progresistas.

La tragedia europea: sumisión consciente

La tragedia contemporánea de Europa es que sus élites políticas —tanto los woke-neoliberales como las derechas conservadoras que nos dominan en la UE— saben que Trump no es amigo, que los EEUU no son amigos sino jefes, pero por interés se sientan a su mesa y aceptan sus objetivos. Esta sumisión tiene consecuencias materiales evidentes: una política exterior subordinada a Washington, incluso cuando va en contra de los intereses europeos; una política económica que prioriza los intereses del capital financiero transnacional sobre las necesidades de las poblaciones; y una desindustrialización progresiva que debilita la soberanía económica del continente.

Igual que las extremas derechas para confundir lanzan un falso discurso patriótico y antiglobalista cuando en realidad están al servicio de una potencia extranjera —los EEUU—, los herederos de lo que fueron los partidos de clase y los nuevos populismos progresistas e identitarios dicen enfrentarse al imperio, pero repudian a los estados, pueblos y gobiernos que sí lo hacen por atavismos culturales, apego al sistema capitalista y miedo al enfrentamiento con las fuerzas reaccionarias.

Hacia un proyecto político alternativo: recuperar la tradición de clase y antiimperialista

Por eso hay que comenzar a elaborar un nuevo proyecto político que parta de la tradición de clase, de la construcción del socialismo y de la defensa de la soberanía frente a un europeísmo que cierra nuestras fábricas, minas y arruina a nuestra agricultura, pesca y sistema productivo en su conjunto. Este proyecto debe tener varias dimensiones fundamentales:

  1. Recuperación del análisis de clase: Sin entender la lucha de clases como motor de la historia y sin un programa de redistribución radical de la riqueza, cualquier proyecto emancipador está condenado al fracaso o a la cooptación.
  2. Antiimperialismo consecuente: Esto implica no solo criticar a Trump o a los republicanos, sino desenmascarar la naturaleza imperial de todo el sistema de dominación estadounidense, independientemente de qué partido esté en el gobierno. Implica también solidaridad activa con los pueblos y gobiernos que se enfrentan al imperialismo, sin importar que no se ajusten a nuestros patrones culturales o políticos.
  3. Internacionalismo desde el Sur Global: Menos mal que a pesar de derrotas, retrocesos, avances y gran capacidad de sacrificio está el Sur Global. La construcción de alianzas con los países y movimientos del Sur Global debe ser una prioridad estratégica, no un apéndice exótico de la política internacional.
  4. Soberanía nacional y popular: Frente a la globalización neoliberal que destruye las economías locales, hay que reivindicar el derecho de los pueblos a decidir su modelo económico, a proteger sus industrias y a controlar sus recursos. Esto no tiene nada que ver con el nacionalismo reaccionario de la extrema derecha, sino con la defensa de la capacidad de los pueblos para decidir su destino.
  5. Superación del europeísmo neoliberal: La Unión Europea en su forma actual es un instrumento de las élites neoliberales para imponer políticas de austeridad y desregularización. Hay que construir una alternativa que pueda recuperar la soberanía nacional para implementar políticas progresistas.

Frente a una sociedad infantil y pequeño-burguesa vendida a la anglosfera hay que recuperar lo nuestro, pero en ideas no en egoísmo, en internacionalismo y antiimperialismo. La única solución es pues la organización y la recuperación del discurso tradicional de la lucha de clases, antiimperialista y la búsqueda de alianzas con el Sur Global a todos los efectos y niveles.

Trump no es el ogro que inventaron los neoliberales para esconder su propia complicidad con el sistema imperial. Tampoco es la excusa perfecta para que la izquierda liberal ignore su propio fracaso en construir alternativas reales al capitalismo. Trump es el síntoma más visible de la decadencia imperial, la máscara que se cae para revelar el verdadero rostro de un sistema que siempre ha sido brutal, autoritario y expansionista. Nuestra tarea no es elegir entre la máscara sonriente del globalismo neoliberal y la mueca grotesca del trumpismo, sino construir una alternativa que supere ambos, que parta de las necesidades de las clases trabajadoras y los pueblos oprimidos, y que se atreva a imaginar un mundo más allá del imperio.

Carlos Martínez García

Politólogo y ex portuario. Miembro de la plataforma socialista pro PSF.

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