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La otra cara del fascismo

miércoles 13 de febrero de 2008, 14:54h
   Maria San Gil me parece una de las políticas más solventes de nuestro país. Y digo esto desde la distancia, no la conozco y además no comparto sus ideas políticas, pero eso no quita que sea capaz de reconocer en ella solidez, valor, inteligencia y vocación de servicio público en el sentido más noble.

   Hace años leí una entrevista que le hicieron a San Gil que aún recuerdo por la impresión que me produjo. Contaba la política vasca que ella no podía permitirse hacer lo que cualquier madre hace: llevar a sus hijos al parque despreocupadamente, pasear con ellos sin tener que mirar hacia atrás. Me sobrecogió pensar en la dureza de la vida de una mujer joven condenada a vivir con escoltas que la guarden las espaldas y a no poder salir de casa sin pensar que a lo mejor un asesino la está acechando para acabar con su vida.

   La de Maria San Gil se me antojó entonces una vida terrible, como la de tantos y tantos otros ciudadanos que viven en el País Vasco y que no pueden hacerlo en libertad simplemente porque no son nacionalistas, y eso implica nada menos que su vida este amenazada.

Por eso me parece especialmente doloroso que un grupo de energúmenos que se dicen nacionalistas gallegos hayan querido impedir a Maria San Gil hablar en la Universidad de Santiago de Compostela. La han llamado asesina y fascista, precisamente a ella que es víctima del fascismo nacionalista de los etarras y que su vida es la de una superviviente porque está en el punto de mira de ETA.

   Realmente fascistas en el sentido más estricto de la palabra son  los jóvenes que han querido impedirla hablar. Si algo no soportan los fascistas es la libertad que asesinan de raíz, y persiguen hasta la muerte a quienes no son o piensan como ellos. Esos jóvenes que se dicen nacionalistas gallegos son tan solo un puñado de fascistas de la peor calaña, y hay que ponerse a tamblar solo de pensar como sería una Galicia gobernada por ellos ¿qué harían con quienes no son nacionalistas gallegos, matarlos, encerrarles en guettos, expulsarles de Galicia?. Hago estas preguntas porque a veces no somos conscientes de lo que significaría el que triunfase un proyecto político defendido por este tipo de nacionalistas.

   Entiendo el estupor de Maria San Gil al sufrir esa situaicón propicidada por ese grupo de nacionalistas fascistas gallegos. Ella está acostumbrada a lidiar con la intolerancia, con el odio de los etarras, y seguramente no pensó que podía encontrarse en una situación semejante en Galicia. Es de esperar que a los gallegos les produzca una vergüenza profunda tener entre ellos a gentuza como la que quiso impedir hablar a Maria San Gil.

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