La ligereza con que se acusa a un presidente de asesino o de narcotraficante para luego, sin transición, darle un apretón de manos, no sólo constituye una demostración de cuán hondo ha calado en las relaciones internacionales de la América Latina el ejercicio de la farsa como recurso político, sino la personalización abusiva, por parte de los presidentes, en la toma de decisiones que, teóricamente, involucran a todo un país.
El regreso de los caudillos, la prevalencia del individuo sobre los partidos, las instituciones y la propia sociedad, representan el signo dominante de una tendencia que resultó confirmada en la mal denominada crisis andina, surgida luego de la muerte del jefe guerrillero Raúl Reyes.
En otras épocas la decisión presidencial de enviar tropas a la frontera, en una acción considerada como de carácter prebélico, requería de mayoritario respaldo popular, era precedida de una consulta con el resto de los poderes y con el partido al cual pertenecía ese presidente. Debía ser, en esencia, un movimiento justificado por poderosas razones de Estado, militarmente factible y no producto de la voluntad de una persona movida por motivos ajenos al interés nacional.
La farsa del envío de tropas a la frontera, sin embargo, resultó tan evidente que en ningún momento los venezolanos sintieron el tremendo escalofrío que antecede a las pequeñas o grandes matanzas. La guerra era el pretexto para defender una posición política por parte de un Jefe de Estado que actuaba como aliado de un grupo subversivo, militarmente acorralado en una guerra que sí era de verdad, con víctimas reales y todas sus secuelas.
Pero mientras el episodio que desencadenó el conflicto diplomático formaba parte de esa terrible realidad bélica, que implica un choque de concepciones sobre las formas de organizarse en sociedad y de entender el equilibrio geopolítico de la región, en los foros internacionales se escenificaba toda clase de melodramas, sazonados con los más negros insultos, (imagínense si todos tienen la razón) mientras los diplomáticos escurrían el bulto a las verdades en juego.
El derroche de tan letal artillería verbal anunciaba lo peor, pero el inesperado happy end desafió el sentido común y le imprimió a las representaciones de Washington y Santo Domingo un tinte de teatro del absurdo sólo posible, como lo reconoció, Hugo Chávez, "entre nosotros, caribeños", como si quien hablara fuera, en realidad, uno de esos europeos que suele ver con mal disimulada condescendencia los desvaríos de estos hombrecitos tropicales, quienes luego de sacarse las tripas, metafóricamente, se dan palmadas en los hombros como si nada hubiera pasado. Pero sí pasa y mientras los diplomáticos actuaban, las causas del conflicto permanecían intactas y en cualquier momento estallarán.
Roberto Giusti
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