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Miguel Angel Granados

Nuestras mujeres, desde la región más transparente

Nuestras mujeres, desde la región más transparente

viernes 12 de enero de 2007, 22:08h
María, Guadalupe, Carmen, o cualquiera que sea tu nombre, el baldón es el mismo.  Levantarte temprano, soslayando la bella melodía entonada por los pájaros superdotados que han sobrevivido los imecas; encender la estufa con un Jesús en la boca, esperando que el gas no se haya terminado antes de tiempo; iniciar el ritual secular que nunca te ha gustado pero que por una influencia idiosincrática toleras, mas no aceptas. Tu hombre, o mejor dicho, el dueño de la mujer que desde tus propias entrañas te oprime, abandona el lecho que ha servido para que te llenes de hijos, con el fin de cumplir su papel heredado de buen macho, esperando todo sin dar nada, gozando su monarquía absolutista y decadente. Lo primero, cubrir su falso pudor con el símbolo de la omnipotencia hogareña: el pantalón; después, la demás ropa que con esmero estuviste planchando una noche antes y que al propietario de la mujer que representas le da lo mismo arrugar o no.

El desayuno: calientas el café que con cada día de la semana va perdiendo color hasta llegar el sábado, convertido en agua de calcetín; fríes un par de huevos para el que crees que es tu hombre y a los seis hijos les das tan sólo un pan para distraer a los inoportunos jugos gástricos golpeteando sus vientrecitos. Tú, María, Guadalupe o Carmen, pecaminoso pensar en el hecho de que puedas comer algo estorboso a tu estómago para la faena cotidiana. Sabes bien cual es tu deber y no te inquieta la úlcera que tendrás en diez años.

La escuela: los hijos, que no se apuran a crecer para ayudar en las tareas domésticas, son una paradoja inextricable para ti; por un lado son la razón de tu existencia y por otro son el medio de sumisión al poder que conocías desde tu condición de hija de familia: la fuerza del macho.  Sales a la vorágine de concreto y te encuentras con una atmósfera agresiva que aplasta la salud de lo que más quieres y consideras el fruto de ese amor que no ha podido morir ni con los embates de la infidelidad, ni del desprecio o la crueldad; atraviesas las calles de una ciudad que como tú, está llena de vida, pero a la vez, vacía y gélida.  El itinerario no pesa, piensas en las ventajas de caminar que escuchaste en el programa de radio de la señora con voz aguardientosa, dizque evita las varices y no sabes cuantos enjuagues más, el caso es que buscas el lado positivo y lo haces con singular estoicismo.  Te preocupa la tarea de Juanito, el mayor de tus hijos, el púber cuyo despertar sexual te aterra, ese que desde su ingreso a la secundaria no hace otra cosa que estar pidiendo dinero para sus trabajos, y es entonces cuando te mimetizas y te conviertes en maga; no sabes cómo, pero estiras los veinte pesos diarios y no sólo los transformas en fideo, frijoles y tortillas para tus seis hijos y el hombre que dice amarte, sino también en plastilina, mapas y cartulinas.

Las labores domésticas: el sudor se empecina en recorrer tus rincones, aquellas zonas que sólo tu hombre conoce, pero que no ha aprendido a explorar, eso lo sabes bien porque cuando has platicado con las que tú crees libertinas y de conducta distraída, te has enterado de lo que es un orgasmo, algo extravagante y desconocido para una mujer de seis hijos y quién sabe cuantas escenas eróticas al fragor de las copas que terminaron por vencer la enjundia erótica y desvencijaron al cuerpo de tu hombre sin permitir tu ascensión al edén del placer, al paroxismo que no puedes echar de menos porque simplemente no lo conoces. Para ti, el acto sexual es una obligación, no es dar amor, es cumplir con sumisión, permitir que con sus manos callosas y traidoras no te acaricie, sino friccione donde él cree que está su felicidad. Tú no importas, eso lo sabes bien. Lo sabes porque te lo han platicado las mujeres “modernas”, ésas que se atreven a usar pantalón y a prescindir del sostén, ésas que trabajan en oficinas y por las noches se introducen en bares y conocen gente y viven de la forma que tú nunca te has atrevido a hacerlo, aunque en noches frías como la que se avecina, tu mente ha volado y te has imaginado emancipada, libre, convertida en ti misma. Pero tú, construyes una felicidad, que sólo las que son como tú, creen verdadera; lavas el piso con el desinfectante de moda, para dejar el piso fabuloso; friegas las paredes para demostrar que puedes acabar con la pintura vinílica armada solamente con una fibra scotch; tallas la ropa con la furia y el coraje que te falta para asumir esa libertad que te pertenece pero no quieres. Eso es lo que te queda, una vida cuya virtud es ser cíclica, porque así fue tu madre, porque así vivió tu abuela, porque desde que las Marías, Guadalupes, Carmelas o cualquiera que sea su nombre, llegaron y poblaron el Anáhuac disfrazadas de indígenas, pronosticaron la sumisión que hoy te caracteriza; pero tú no piensas en todo esto, a ti te preocupa más el chillido de la olla express que te regalaron el día de las hipocresías, la fiesta nacional del macho, que obsequia pensando en la forma de darle más trabajo a su madrecita: el diez de mayo; te preocupa que el reloj en su necio andar te diga que se ha terminado la mañana y que es hora de recoger a tus hijos (sabes que también son hijos del que crees que es tu hombre y de nadie más, pero él, con sus comentarios mordaces, siempre te hace pensar que los niños que te han robado la juventud fueron obra de alguna autoerotización y que sus espermas fueron una fantasía, igual o menor que tus actuaciones haciéndole pensar que has llegado lejos, muy lejos en el sendero del placer).

Las tardes: si la monotonía tiene sinónimos, sin duda, uno de ellos, es tu vida. Después de mal comer, los niños, inmersos en su realidad paralela, casi esquizofrénica, se dedican a jugar. Inventan que son doctores, esposos, maestros, policías o bomberos; los varones gobiernan la vida de tus dos hijas, pequeñas florecitas que nacieron para perder; ellas no lo saben, pero tú has predestinado ya su educación: seguirán fieles a la tradición, serán cómplices del machismo y de la abyección que tanto odias pero que desempeñas con singular habilidad. Temes al cambio, no puedes imaginar a tus hijas como las mujeres del siglo nuevo, te niegas a aceptar que crecerán y tú no lo sabes, pero en veinte años te van a reprochar y te dirán que fuiste una pendeja, que no es admisible tu actitud, te repudiarán y no podrás negar que la razón estará de su lado; sentirás que te mueres el día que tu pequeña María, la que ahora ves rodando por el suelo y que encuentra como un manjar exquisito las hormigas del patio común, ella, la de los dulces caireles, te diga que está embarazada y que le importa poco si el cabrón con el que estuvo le responde o no, que ella es mucha mujer y que no necesita a ningún pantalonudo a su lado, no como otras, que prefieren destruir su vida, perder su personalidad y vivir sojuzgadas. Te dolerá y sentirás no haberla educado mejor, creerás que la culpa de todo la tuvo su amiga, esa que llegó a la universidad y le enseñó otro mundo más allá de las fronteras que la propia mujer mexicana se ha impuesto; sentirás que fracasaste y desearás nunca haberle permitido usar pantalones, trabajar en una oficina y por las noches ir a los bares a divertirse.  Para no pensar, te sumerges en la rítmica escena del estambre enmarañado en largas agujas, instrumentos que simbolizan el rito familiar de la abnegación. Tu abuela te las obsequió. Recuerda que ese día te dijo lo importante que eras como mujer de la casa, el imprescindible papel de mártir, esposa y madre, en ese orden; tú sólo tenías doce años, pero no era la primera ocasión en que te hablaban de esa muerte en vida, aunque sí por primera vez con palabras directas y claras, voces que aún desde el infinito te taladran cotidianamente, porque estás marcada y lo sabes, no tienes alternativas pero no porque éstas no existan, sino porque tú no te las has dado, has preferido el papel de la más acérrima crítica a tu vida como mujer y te has coludido con tu mediocridad para seguir muriendo poco a poco, hasta que un día lejano te alcance la muerte física.  Al momento de ir revisando las tareas de tus hijos y de llamarles a gritos para que ya se metan a la casa, tú no lo sabes, pero te estás matando en la ignominia del autodesprecio.

Las noches: el que crees que es tu hombre llega cansado de trabajar, tú, María, Guadalupe, Carmen, la sierva, le ayudas a quitarse los zapatos, al momento que percibes un olor floral, que en una actitud retadora y cínica, emana de sus ropas. Tú le miras a los ojos esperando que él adivine las dudas que acaban de nacer en tu corazón, él, indiferente, te ignora y se recuesta en la cama escapando de tu mirada lastimera, lo que te ayuda a comprobar lo que ya sabes, lo que siempre has sabido: no le importas.  No hay palabras, eso te advierte con claridad que el macho con el que compartes el lecho está de nueva cuenta tramando su ataque en pos de un placer que sólo él alcanzará, como siempre ha sido. Sus manos, ásperas y aún sucias, transgreden el espacio y te tocan; en ese momento, te imaginas parada ante la cama y mandándolo a fornicar con su amante, te miras enfurecida obligándolo a salir del cuarto y a que se largue, te imaginas libertada y rompiendo las cadenas que entre tu abuela, tu madre y tú construyeron en torno de tu dignidad y tu femineidad. Te piensas enardecida, mientras tu cuerpo es el vórtice del ciclón que despierta la eterna farsa de tu hombre, el insaciable, el que viene de rendirse a los pies de una perra que no le importa que vivas engañada, la que sí goza, y que también lo hace explotar entre luces y gemidos. La tragicomedia termina. Esta vez, no tuviste ni tiempo de escuchar sus lastimeros ruidos, los guturales quejidos que presagian su triunfo, esta vez eras libre, eras tú. Asqueada de ti misma, sales al patio común y te buscas reflejada en un charco de agua sucia. Tus lágrimas, convertidas en efímeros surcos, se confunden con el lastimero rozar del viento, mientras las ideas se agolpan y te dan vueltas en la cabeza, aturdiéndote. No sabes de la vida, no entiendes tu mundo, o tal vez el mundo no te comprende. Levantas la mirada hacia el sucio firmamento citadino y te percatas con gran tristeza de que te encuentras verdaderamente sola. Ni una estrella, ni una luz cómplice en el repudio de esta vida que te tocó sufrir y que has llevado al extremo de la devoción. Y piensas: lo único bueno es que esto no sucede siempre, nada más una vez todos los días.
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