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Ni si, ni no, ni blanco ni negro

martes 22 de abril de 2008, 18:00h
Actualizado: 29 de abril de 2008, 12:09h
Esperanza Aguirre es una maestra. En muchas cuestiones. Cuando la conocí era concejal de Medio Ambiente, y ya entonces destacaba por ser lista, y por sus buenas relaciones con los medios de comunicación, a quienes comprendía como nadie en el Ayuntamiento que entonces dirigía Álvarez del Manzano.

Desde entonces, su carrera profesional ha dado más de una vuelta, y varios vuelcos. Ha sabido destacar sobre otros, y hacerse un hueco bien arriba en un mundo de hombres. Pese a la imagen de corta de luces que le colgaron los redactores intrépidos de Caiga quien Caiga –¿recuerdan “el rincón de Espe”?-, la presidenta ha demostrado con creces que de tonta no tiene ni un pelo. Sirva como ejemplo el carajal en que está inmerso actualmente el PP, al que los planteamientos de Aguirre han colaborado –“o no”-. Partamos de la base de que la presidenta tiene todo el derecho a plantear una alternativa o un debate ideológico, tal y como estime conveniente; para eso se abren los procesos electorales en los partidos, en los que siempre viene bien que se renueve el aire.

No obstante, asombra ver qué diferente es la reacción que se da ahora a la que se ha dado cada vez que Alberto Ruiz-Gallardón se ha atrevido a decir, en público y con total claridad, que quería optar a ser candidato popular a la Presidencia del Gobierno –en tiempos de Aznar- o acompañar a Rajoy en su lista al Congreso. Los mismos que le tachaban de traidor por esto, no abren la boca ahora, más que para apoyar a Aguirre cuando es ella la que se sitúa en posición de alternativa –o no-. Y quienes en otro tiempo escupían al alcalde un “que se vaya” por sus posturas, ahora critican que Rajoy haya podido sugerir que salga del partido quien no se sienta identificado con él. Un Rajoy, por cierto, claro por primera vez en muchos meses.

Quedan prácticamente dos meses para el congreso popular de Valencia. Dos meses que se adivinan muy duros en las filas populares. Entre otras cosas, por la falta de costumbre que tienen de ver sus trapos sucios airearse al sol. Y porque la tensión ha llegado a un punto que posiblemente no tenga retorno. El cocktail de votantes del Partido Popular –desde el seguidor de Blas Piñar hasta el de UCD - puede haberse convertido en una mezcla explosiva. O no. En dos meses, habrá respuesta.
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