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Simios de acogida

Simios de acogida

jueves 26 de junio de 2008, 17:53h
TITO B. DIAGONAL
Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, vuelve a ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes.
Siempre hay que saber ver el lado positivo y más lúdico de la vida. Lo que yo os enseñe, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y primateados niños y niñas que me leéis, que para eso ejerzo desinteresadamente de mentor. Ejercicio, por cierto, que me permite desgravar una buena cantidad a fin de ejercicio, dado que le cargo al TBD Charities Fund, Inc. S.L. aparte de las nóminas del personal a mi servicio, los materiales informáticos de última generación, los muebles, la mise en scène y hasta las facturas de mi sastre londinense –crecidas, eso sí, porque uno no se va a sentar a dictar su diaria admonición internetera en camiseta imperio, pantalones pirata y chancletas, ¿verdad?— son gastos deducibles… Pero estábamos en lo del lado positivo y lúdico de la vida.

Que lo del Congreso de los Diputados instando al Gobierno del buenazo de ZetaPé a abogar en Europa por el Proyecto Gran Simio es una buena noticia. O sea, tú, que menos ironizar sobre quienes comparten con el ser humano el 99,4% de su código genético. Hay que saber tutelar a las especies más próximas a nosotros. Se trata de hermanos menores puestos por el Creador, en su insondable pero sabio plan, para que compartamos con ellos este planeta azul.

Porque, pequeñines/as míos/as, ¿qué diferencia hay entre un gorila centroafricano y, pongamos por caso, el portero de una discoteca de extrarradio urbano? Sólo una: por lo general, un gorila es más inteligente y amable que el susodicho espécimen humano. Y más pacífico también.

¿Pensad en un grupo de bonobos bien avenidos, en torno a un racimo de bananas congoleñas? Son una agradable e idílica imagen, de esas que nos enternecen el alma y hacen que nuestro espíritu se eleve agradecido hacia Dios Nuestro Señor a quien alaban todas las criaturas. Especialmente si, como hago yo didácticamente, contrapongo esta imagen ecuatorial al de una tertulia televisiva, en la que las bananas han sido sustituidas por la carnaza de los pedorros y pedorras que pasan, patéticamente, por personajes públicos. Incluso una manada de hienas del Serengueti, a la hora de despedazar los restos putrefactos de un ñu, guardan mejores modales y mayor cortesía, que los tertulianos de la prensa rosa. Naturalmente, en la escala evolutiva, las hienas están unos cuantos peldaños más abajo que los primates.

¿A que resulta enternecedora una mamá chimpancé advirtiendo verbalmente a su bebé que no hay que molestar a sus mayores? Indudablemente sí, a poco que hayáis visto los reportajes televisivos de National Geographic. Y seguro que, en materia de lenguaje corporal y correcta expresión oral, la mamá simia puede ser mucho más correcta que Bibiana Aído, la ministra de Igualdad. Al menos, la peluda criatura no dice eso de “chimpancés y chimpancesas”.

La última especie de grandes simios es la del orangután de las selvas indonésicas. Es menos gregario que sus hermanos del orden de los primates. Los orangutanes machos son solitarios, salvo a la hora de la procreación. O sea, que las hembras y su prole forman familias monoparentales. ¿Alguien ha tenido conocimiento de que una oragutana embarazada vaya saltando de árbol en árbol para pedirle al progenitor de su cría un reconocimiento de paternidad? En cambio, en la especie humana, un tórrido encuentro sexual en mitad de una noche loca, si lleva embarazo añadido, acaba cristalizando en juzgados y en sometimientos a pruebas de paternidad. O sea, que esa orangutana, auténtica madre coraje, no tine nada que ver con Belén Esteban

Lo dicho, que ZetaPé hará santamente en reconocer a los grandes simios como parte de la familia humana. Son entrañables. Y no sé que esperan los de las oenegés para montar una operación de simios de acogida, la verdad.

Si en España, ahora que muchos inmigrantes van a regresar a sus países de origen, hay sitio de sobra. Empecemos por ahí. Traigamos simios. Ayudémosles a integrarse en nuestras nacionalidades y regiones (Ibarretxe, de tener simios mayores de edad e inscritos en el censo, gracias al “Euskaltximinotzar Zirriborro”, que en euskara quiere decir Proyecto Gran Simio Vasco, ahora podría contar con más futuros votantes para su consulta soberanista), que se sientan bien tratados por sus hermanos humanos.

Más adelante, quién sabe, hasta podrían acceder a la nacionalidad española, militar en algún partido político (si Mariano Rajoy, en su afán integrador llega a saber, hace diez días, que los simios van a contar tanto en la sociedad española, seguro que lleva a algún gorila, chimpancé, orangután y bonobo, a una vocalía de la Comisión Directiva nacional del PePé). De haber legalizado antes a los simios, seguro que muchos de ellos, a fecha de hoy, se hubiesen adherido al Manifiesto en Defensa de la Lengua Común.

Todo se andará, amadísimos/as de mi paterno corazón. Incluso llegará un día en el que, cuando los simios alcancen el derecho al voto, Esperanza Aguirre (¡a sus pies, señora condesa!) hará campaña electoral banana en mano, estrechando manos de primates, besando mamás chimpancesas y diciendo, con toda propiedad, eso de “¡Qué bebé tan mono!”.  Y las simias, en plan fans de la presidenta madrileña, le contestarían a coro: “Para mona tú, Espe!”.

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