Cuando María Soto, la primera base del equipo femenino de softbol, recibió la bandera que encabezaría la delegación a los Juegos Olímpicos, del presidente Chávez, y éste le dijo que esa bandera la había traído Miranda, ¡uff! Carajo es demasiada historia, demasiada epopeya y demasiados héroes, estoy seguro que a María Soto se le aflojaron las piernas, pero cuando él le dijo que ella (María Soto) era la patria, la sangre de miles de héroes caídos en batalla y levantados por su valor y fuerza en la defensa de la dignidad patria, María, pero también los otros 108 atletas sintieron el vértigo embriagador de la omnipotencia de la historia, algunos sintieron un relajo terrorífico de los esfínteres y yo, que veía ese suceso por TV, les juro que me dije: estos muchachos se jodieron.
Esa impresión se convirtió en una certeza cuando Luis Silva, cantó; creo que allí mismo se cocinó un fracaso, pues a nadie le puede ir bien después que Silva, canta. Aunque ojo, la culpa no es del cantante.
Con ese peso de la historia comenzaron los Juegos Olímpicos y la participación venezolana comenzó justamente con el softbol que se enfrentó contra los odiados, en este caso odiadas, equipo norteamericano.
La noche anterior al juego, a eso de las 11.50, María Soto recibió un mensaje del Presidente: "Hazle morder el polvo a las gringas", María durmió mal y hasta soñó con Francisco de Miranda, quien le daba la bandera y le decía: "Esta vaina es puro bochinche", se levantó triste, con el corazón insomne y le pareció que hasta la Muralla China era mucho menor que ella, con ese ánimo fue a jugar y le tiraron no hit no run.
De allí en adelante los atletas fueron cayendo uno a uno y mientras más sucedía esto, los medios de comunicación oficialistas seguían exclamando: ¡Oro para la revolución!, "¡La revolución del deporte sigue cosechando medallas!". En algunas de esas derrotas, los medios del oficialismo descargaron su furia sobre los jueces, en otras las endilgaron a la mala suerte, en fin, nos fuimos quedando sin atletas y por supuesto, sin medallas.
Pero Dios es muy grande y cuando todo parecía perdido y ya hasta el Presidente de la República había cambiado sus preferencias volcándose entusiastamente hacia la selección china, pues es harto conocido que nuestro Presidente, bolsa no es, nos llegó la medalla.
Una sola patada en el pecho de una negrita con los ojos abiertos como huevos fritos y los pelos parados bastaron para que después de 12 días y 104 atletas eliminados, ganáramos una medalla. Atrás quedó la campaña mediática, que nos dijo que traeríamos un cargamento de oro. Pero no importa, dice Chávez, los chinos les ganamos a los norteamericanos.
Ender Arenas
Sociólogo
enderarenas@hotmail.com