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Crítica teatral - Y sin embargo, te quiero: historia en sepia

lunes 10 de noviembre de 2008, 09:38h
La posguerra española tuvo como fondo musical la copla. Entre las decenas de canciones que interpretó Concha Piquer, la zambra “Y sin embargo, te quiero”, de Quintero, León y Quiroga, fue una de las más populares. Miguel Murillo toma el título para el drama que se representa hasta el 8 de diciembre en el teatro Galileo, aunque en este caso el sentimiento no es, como en la copla, entre los amantes, sino entre dos mujeres: Señora y Criada.
Rosa y Ana se conocen en la niñez, cuando la segunda entra a servir en casa de la primera. Entre las dos se establece un vínculo amistoso que logra sobrevivir al paso del tiempo, a la política y la guerra, aunque no falten los distanciamientos temporales. Son dos personajes condenados a quererse por encima de matrimonios, compromisos o ideologías.

Pasión por el proyecto
Hay actores que se enamoran de un proyecto y, si no encuentran productor, lo asumen ellos mismos. Esto han hecho Ángeles Martín y Alejandra Torray con “Y sin embargo, te quiero”. Las dos arriesgan su dinero en una empresa que les permite interpretar una obra que les gusta y que, creen, puede llegar al público. Seguramente ambas no necesitan de aventuras como ésta para afirmar su profesionalidad y calidad pero se han metido de cabeza en ella. El resultado es un espectáculo –dirigido por Antonio Corencia- en el que se dejan la piel como actrices y como productoras. En el escenario están muy bien arropadas por una excelente iluminación, brillante, cálida, como corresponde a un mes de julio mesetario aunque en las calles haya guerra.

Historia en sepia
Miguel Murillo (Premio Lope de Vega por “Armengol”) ha escrito una historia en la que funcionan mucho mejor las relaciones personales entre las protagonistas que el escenario bélico, muy tratado ya en los escenarios y con una obra maestra: “Las bicicletas son para el verano”. Como dramaturgo ofrece a las actrices momentos de lucimiento artístico que Ángeles y Alejandra aprovechan al máximo.
90 minutos de emoción

Las únicas protagonistas ríen, discuten, se emborrachan, se enfrentan por la diferencia de clases y sufren el drama de un enfrentamiento fratricida en el que las dos son perdedoras. La distancia es la única opción que tienen cuando acaba el conflicto. Pero el tiempo acaba curando las heridas. Meterse en dos personajes que deben transitar por toda la gama de sentimientos requiere entrega para que el espectador quede hipnotizado ante ese desinhibido alarde de emociones y, a su vez, se conmueva hasta las lágrimas. Es difícil no quedarse sin respiración cuando Alejandra (Rosa) y Ángeles (Ana) ponen sus muertos encima de la mesa. Por eso, al final, la ovación que reciben es memorable.
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