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España, una nación plural

España, una nación plural

sábado 20 de diciembre de 2008, 21:02h
Actualizado: 29 de diciembre de 2008, 07:39h

No fue muy afortunado, en su momento, Rodríguez Zapatero con la forma de expresar la complejidad de la nación española. Aquello de la “España plural” levantó muchas ampollas, porque encierra demasiadas contradicciones semánticas y cuestiona la idea de España como nación, una de las más antiguas de Occidente en términos históricos. Cosa distinta, y probablemente en lo que pensaba, era en un concepto plural de las identidades históricamente unidas en la nación española, esto es, en España. Dicho de otra manera: una sola nación, de configuración plural. El tema de los nacionalismos resulta endiablado en un país como el nuestro, con no menos de tres o cuatro conflictos de esa naturaleza y que, más temprano que tarde, habrá que encauzar en términos de consenso constitucional.

Ahora, la noticia de que el famoso obispo surafricano Desmond Tutu, premio Nóbel de la paz, ha hecho suyo el llamado “contencioso vasco” y se ha comprometido a llevarlo a los foros internacionales, puede gustar más o menos, probablemente menos, pero sería poco responsable negarle significación e importancia. Para no pocos norteamericanos, especialmente en ámbitos universitarios, pero también en algunos ámbitos económicos, el contencioso vasco es similar al irlandés y están convencidos, y lo manifiestan en público, de que antes o después habrá una nación independiente vasca en el seno de la Unión Europea. Quizá se equivocan, por varias razones, en la similitud, pero tienen eco en los foros internacionales.

Dicen que todas las comparaciones son odiosas, pero algunas es inevitable hacerlas. Sería ingenuo pensar que una solución de esa índole para el contencioso vasco no cambiaría inmediatamente de escala el contencioso catalán, y quién sabe si elevaría a contenciosos los planteamientos identitarios gallego y canario, con lo que saltaría por los aires toda la estructura de la arquitectura constitucional de 1978. Así que habría llegado el momento de una decisión histórica que no puede ser sólo de los habitantes de tal o cual parte del territorio del Estado, sino de todos. Se trata de saber si queremos vivir y prosperar juntos en una gran nación plural, o preferimos romper la armonía de la Historia y fragmentarnos en varias pequeñas e irrelevantes naciones.

Entre la unidad y la ruptura hay un amplio espacio de soluciones que van desde la profundización del modelo autonómico al Estado federal o incluso al plurinacional. Todo debe ser explorado, analizado y debatido, antes que una ruptura con la realidad histórica que tendría, además, muy serias consecuencias no sólo económicas y de seguridad, sino también para el nivel y calidad de vida actualmente alcanzados en todos los puntos del territorio del Estado. Expreso con ello mi convencimiento de que la Nación española, con toda su carga de gloria y de esperanza, es una realidad histórica cultural y económicamente progresiva, y que es viable y conveniente mantenerla en interés de todos los ciudadanos que en ella convivimos en libertad, bajo el amparo de la Constitución de 1978.

Pero no es mirando hacia otro lado como se resolverá este conflicto de identidad y de identidades. La realidad que se ignora acaba por cobrarse terrible revancha. ¿De verdad cree Ibarretxe que es posible, en el mundo actual, una economía vasca independiente y al margen de la española, sin que se produzca con rapidez un serio deterioro de los principales parámetros y por tanto un recorte del nivel y calidad de vida del pueblo vasco? Si lo cree, se equivoca, y es necesario explicárselo no en términos políticos, sino económicos. ¿De verdad piensa Carod que los catalanes vivirían mejor y tendrían mejor posición en el mundo mediante un Estado propio que fuera completamente ajeno al Estado español? ¿De verdad creen Ibarretxe y Carod que Euskadi y Catalunya serían más influyentes en la Unión Europea como Estados independientes? Si lo creen, se equivocan y es necesario que se les explique el serio debilitamiento que sufrirían los intereses económicos y empresariales vascos y catalanes en esa circunstancia.

Están luego las circunstancias particulares de Galicia y Canarias. No hay independentismo en Galicia, ni siquiera entre los sectores más radicales del nacionalismo, por lo que aún sorprende más la reaparición de un independentismo canario que, además, se nutre de leyendas de raíz africana.  Y sin embargo, es un hecho que nadie razonable puede negar que existe una identidad vasca, y una identidad catalana y una identidad gallega y una identidad canaria, todas ellas con raíces políticas, sociológicas, económicas y culturales. Y que esas identidades, puesto que existen, deben ser reconocidas y armonizadas. La alternativa a las tensiones separatistas de los nacionalismos no puede ser el centralismo, sino la armonización de las diversidades. La ventaja que no debiera ser desperdiciada es que, por fortuna histórica, tenemos una Constitución que permite reconocer las diversidades.

El segmento más complejo y difícil del contencioso nacionalista sigue naturalmente residenciado en Euskadi, por la persistente presencia del terrorismo, sin que la cascada de detenciones de jefes de ETA parezca, ni de lejos, conducir al final de la organización. De ahí que crezca, en la opinión pública vasca, la inclinación hacia un eventual gobierno transversal, seguramente bajo la fórmula de una coalición del PNV y el PSOE, frente al modelo de coalición de nacionalistas, precisamente porque los vascos piensan que ese gobierno estaría en mejores condiciones de negociar el fin de ETA desde una posición de fortaleza social.

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