Día de la mujer trabajadora y sin recursos
lunes 09 de marzo de 2009, 16:44h
Actualizado: 11 de marzo de 2009, 13:37h
La idea de este artículo me la dio mi amiga Mar, mientras asistíamos a uno de los actos en conmemoración del Día Internacional de la Mujer que se celebra en estas fechas: "Estas cosas deberían hacerse en una fábrica, escuchando a las mujeres que trabajan allí". Cierto; nada que objetar a las empresarias, que han conseguido hacerse su hueco en un mundo de hombres y desde allí van abriendo puertas a sus colegas. Pero quienes de verdad saben de las dificultades para la conciliación, las expertas en discriminaciones salariales, las masters en la renuncia voluntaria a los ascensos que complicarían aún más el equilibrio familiar, son las mujeres de base, aquellas que a los obstáculos con que se enfrentan por razón de género todas las féminas, unen otro añadido: la insuficiencia económica.
No es lo mismo ser mujer trabajadora cuando tu nivel de renta te permite contar con una asistenta en casa que te libere de las cargas domésticas, o con ayuda profesional para recoger y atender a tus hijos si la jornada laboral se alarga. No es lo mismo llegar a casa cansada tras diez horas de trabajo y discutir con el "manolo" de turno si la cena la prepara él o tú, que llegar cansada tras diez horas de trabajo cargando con las bolsas del super y sabiendo que te esperan dos horas de plancha antes de caer derrotada en el sofá.
Muchas mujeres se sienten víctimas de un engaño y una estafa: son esas que han visto multiplicar sus obligaciones y cargas de trabajo como complemento indeseable a una liberación que todas pensábamos que era otra cosa. La sociedad ha cambiado, porque la incorporación de la mujer al mercado laboral la ha obligado a ello. El problema es que aún no hay recambio para el papel de ellas en la casa: las ayudas masculinas avanzan, incluso extraordinariamente, pero siguen siendo en muchos caso eso, ayudas; son cooperación, pero no corresponsabilidad. Que no hay ninguna cláusula en la vida de pareja -sea por contrato civil, religioso o por la fuerza de los hechos- que reparta las tareas y adjudique a la mujer la responsabilidad de mantener la despensa con suficientes botes de guisantes o rollos de papel higiénico. Igual que los hombres de casa no tienen marcada a fuego la obligación de cambiar las lámparas que se funden. Las tareas domésticas, el cuidado de los hijos, las reuniones del colegio o las visitas al pediatra, la atención de los mayores de la familia... no son tareas femeninas, aunque durante siglos lse ocuparan de ellas las mujeres. Ahora los tiempos han cambiado, y cuando la actual generación de "superwoman" se extinga -dada la mala vida que llevamos, no resistirá mucho-, tendrá que surgir otra que, acompañada de los hombres, organicen y repartan de otra manera las funciones y tareas.