Parece seguro que el Congreso de Colombia dará en estos días luz verde al referendo reeleccionista para permitir al presidente Álvaro Uribe en 2010 su tercera elección inmediata. Resulta paradójico que un mandatario de signo diametralmente opuesto al del presidente venezolano coronel Hugo Chávez se incline a seguir un parecido camino en cuanto a reelecciones sucesivas. Claro que Chávez topó el extremo del cambio constitucional para la reelección indefinida, tras sufrir una primera derrota en el primer intento de conseguirlo.
Si modificar las reglas constitucionales en beneficio del mandatario en el poder induce por sí mismo a sospechar un dudoso juego de un recurso democrático como el referendo, la prolongación de las elecciones sucesivas, una puerta abierta a la reelección indefinida, vulnera un principio esencial de la democracia: la alternabilidad.
El ejercicio prolongado del poder privilegia el desarrollo del caudillismo sobre el fortalecimiento de las instituciones de la democracia. La experiencia muestra que la propensión al autoritarismo y la corrupción de los regímenes que se prolongan sin observar el principio de alternabilidad. Más nociva resulta esa experiencia en una América Latina marcada por una tradición caudillista que parece resurgir con la modalidad de la prolongación de las reelecciones sucesivas.
Sin desconocer la popularidad del mandatario colombiano, parecidos argumentos que sectores de oposición venezolana esgrimieron contra la reelección indefinida se han escuchado los días pasados en el Senado colombiano por parte de liberales y del Polo Democrático. Paradójicamente, la coalición uribista expone parecidas razones para defender la tercera reelección que las que exhibió la absoluta mayoría chavista al votar en la Asamblea Nacional, el órgano legislativo controlado por el presidente. La alternabilidad democrática queda herida o desaparece.
Opinión de diario HOY