Sus instalaciones son un tesoro histórico escondido entre altos y viejos pinos, arrayanes y cúcharos y custodiado por el vigilante Campo Elías Díaz y sus dos perros, 'Negro' y 'Motas'.
Esta planta, construida hace 70 años en San Cristóbal, en el suroriente de Bogotá, y que fue el primer acueducto moderno que se hizo en el país, ya no trata ni un milímetro de agua para la ciudad desde abril del 2003.
Pero ese lugar desconocido, que llevó a los bogotanos a que tuvieran agua potable y se pudieran bañar más a diario, aún conserva sus instalaciones, equipos y decorados tan intactos como en 1938, cuando la planta se inauguró. Incluso, sus pisos de mármol y barandas de bronce relucen por el trabajo de dos empleadas que duran dos días, cada semana, encerándolos y sacándoles brillo.
Ahora, la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB) quiere reabrir esas instalaciones.
Por un lado, el director de Abastecimiento de la empresa, Alberto Groot, cuenta que la planta se alista para que, en caso de una emergencia, entre a abastecer, por lo menos, a un millón de habitantes.
La razón es que la planta Vitelma fue hace 21 años declarada patrimonio histórico y artístico de la Nación, porque su construcción conserva el estilo colonial americano y sus materiales siguen originales: guardaescobas, escaleras y pisos de mármol de Carrara; sus lámparas, barandas y marcos de puertas de bronce, y sus equipos importados funcionan.
Allí se guarda una de las pilas de agua de piedra que antes de los años 30 se construían en la mitad de los patios de las casas de las familias importantes santafereñas y donde había brevos y otros árboles frutales plantados para el alimento diario.
En esa época no había duchas ni calentadores. El agua escaseaba y la poca que surtía a la población estaba "contaminada con excrementos, sustancias de animales en descomposición y otras materias sucias", reseñan los libros. Esa agua putrefacta era la principal causa de las epidemias de tifoidea, disentería y enfermedades gastrointestinales que padecían los habitantes.
Así, las familias tenían que recoger en esas pilas el agua llovida y, cuando eso ocurría, se podían bañar. De ahí que el día del baño era todo un acontecimiento en el vecindario.
El historiador Fabio Zambrano recuerda que con la planta Vitelma, no solo cambió la calidad del agua, sino también la higiene de la población: podían bañarse más a menudo.
Más aún, Vitelma les cambió el olfato a los bogotanos, acostumbrado a las aguas pestilentes de ríos como el San Francisco. Desde el 38, tuvieron que aprender a oler el agua limpia, con cloro.
La planta de tratamiento de agua Vitelma fue construida entre 1933 y 1938.
El Gobierno Nacional, a través del presidente Enrique Olaya Herrera, decidió asumir este proyecto para solucionar, con urgencia, los graves problemas que había en la ciudad por escasez y contaminación del agua. Sin embargo, el municipio no podía hacer el nuevo acueducto, por su alto costo: valía, entonces, más de 7 millones de pesos. Bogotá solo disponía de 2 millones.
El alto valor se debía a que el sistema incluía el embalse La Regadera, la tubería de conducción a Bogotá y de Vitelma al tanque San Diego. Entonces, en la capital vivían 325.650 habitantes, según el censo de 1938.