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"Presidente, tengo una pregunta para usted"

Es un formato nuevo para las entrevistas políticas en televisión. Al menos en España. Un grupo de personas anónimas -cien, dicen; no todas ellas podrán preguntar por cuestión de tiempo- se congrega para entrevistar al personaje. En este caso, José Luis Rodríguez Zapatero, que este martes comparece con esta modalidad ante la pequeña pantalla oficial. Mariano Rajoy hará lo mismo dentro de unos días. A Zapatero, a quien le encanta la espectacularidad, la cosa le encandila. Quién sabe lo que le van a preguntar, quién sabe lo que va a responder. Pero, tras casi tres meses de desaciertos -desde aquel 29 de diciembre, concretamente-, era imprescindible que el presidente del Gobierno saliese de manera amplia, pública y sin restricciones a convencer a los españoles de que aún tiene fórmulas salvíficas, ideas benéficas que vayan más allá de la simple espera a ver si ETA tiene a bien producir un comunicado que acabe con la pesadilla.
 
En teoría, y reconociendo que la iniciativa está llena de peligros -de ahí lo atractivo de la cosa-, me gusta el desplante torero del presidente aceptando el reto del nuevo director general de RTVE, Luis Fernández, un periodista de siempre, al fin y al cabo. A ver si este conato de 'periodismo ciudadano' acaba con tantos entrevistadores complacientes o falsamente implacables, con tanto síndrome de Estocolmo, con tanto interrogatorio políticamente correcto y con tanta respuesta anodina (porque confío en que el conductor del invento, Lorenzo Milá, permita repreguntar a los hombres y mujeres que se sienten en el plató). Parece que en la secretaría de Estado de Comunicación, donde antaño se ensayaron tantas estrategias malvadas, pero ineficaces, hay cambio de aires.
 
Claro que lo importante aquí no serán las preguntas, sino las respuestas. Zapatero se ha encorsetado en el autobombo, en los silencios acerca de las cosas importantes ("no puedo ni debo ser explícito sobre eso", dijo este domingo "sin micrófonos" a un grupo de periodistas españoles que lo acompañaban al extranjero). Está encantado ante las grandes cifras de la economía, indignado con el PP, del que piensa que es "desleal" -olvida que la obligación de la oposición es precisamente oponerse; otra cosa es si los 'populares' aciertan en la manera de hacerlo- y no parece haber perdido su optimismo antropológico. Quizá por eso está casi seguro -cada día menos, es de temer- de que la banda del terror cooperará al fin con el proceso de paz y él, José Luis Rodríguez Zapatero, se podrá apuntar un tanto mayúsculo.
 
De momento, la verdad es que los sondeos no muestran que el cúmulo de desplantes y errores que han jalonado la trayectoria presidencial en estos tres meses tenga una gran influencia en el apoyo que el PSOE recibe de la ciudadanía. Y eso que, desde aquello de que este año sería mejor en relación con el terrorismo (y al día siguiente voló un parking del aeropuert:o de Barajas) hasta las contradicciones entre él y los ministros (la de Sanidad, el de Defensa), pasando por aquella inoportuna vuelta a Doñana cuando se le reclamaba en el lugar de la tragedia, todo ha sido un despropósito. O, si quieren, ya que estamos en el catálogo de despropósitos, hablamos del lío descomunal de las opas sobre Endesa, del que el Gobierno ha sido tan culpable.
 
Pero el caso es ese: que las encuestas demuestran un cansacio de los españoles hacia su clase política en general, no hacia una política en particular. Quizá el PSOE baje algunas décimas y el PP suba, a su vez, alguna, pero lo que de verdad crece es el alejamiento popular hacia sus representantes, y lo que realmente parece descender, cuando se miran las 'tripas' de los sondeos, es la confianza de los ciudadanos en lo que ingenian los políticos para desalojar a otros políticos de sus poltronas.
 
En fin: ¿qué le preguntaría usted al presidente? Seguro que tiene muchas inquietudes interesantes. Porque inquietudes, desde luego, no faltan.
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