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La incompatibilidad iraní

Comenta Aristóteles en “Política” que todas las artes y ciencias tienen un bien por fin. La política, que es para el de Estagira la más alta de todas las ciencias, tiene como fin el bien supremo de la justicia entendida en términos de la utilidad general. De este modo, el orden político y la justicia son dos dimensiones complementarias y que van de la mano inexcusablemente. El orden no es posible si no es a través de la justicia y la justicia se vuelve tangible sólo en un contexto de orden. Nicolás Maquiavelo, por su parte, discrepa con Aristóteles. Para el florentino la justicia y el orden no son necesariamente interdependientes, y esta última dimensión depende únicamente de la pericia del gobernante, una pericia que no entiende de escrúpulos, sólo de efectividad. El orden se consigue antes, para Maquiavelo, con mano dura que con carantoñas y justicia.

La experiencia histórica nos muestra, desde la implosión del Imperio Austro-Húngaro tras la Gran Guerra, hasta el fusilamiento de Nicolae Ceaucescu en 1989 – los ejemplos se multiplican y llegan hasta la Rebelión de los Boxer en China en 1900 o la emancipación de la América española – que mantener un orden político sin cierta dosis de justicia es bastante complicado. Me refiero aquí a la justicia como valor subjetivo percibido por los ciudadanos de una comunidad política, no como término objetivo, pues en este último caso yo tampoco sé dar una definición convincente de justicia. Con todo, como digo, da la impresión de que todo régimen que esté en desacuerdo con la comunidad social que gobierna, está condenado, tras agotar la vía de la represión, a caer presa de la voluntad ciudadana. Justicia y orden, por tanto, parece que sí están conectadas de alguna manera.

Sin embargo, es inevitable que, en ocasiones, la justicia y el orden se encuentren en contradicción, con lo que, cuando ambas son incompatibles, desgraciadamente es necesario elegir qué camino tomaremos. Hedley Bull nos cuenta un ejemplo interesante en un texto de 1984 que viene muy a colación para tratar la política nuclear de Irán. La situación de la incompatibilidad iraní es la siguiente. Teniendo en cuenta que existen algunas potencias nucleares, parece justo, a priori, que los Estados que no las poseen puedan hacerse con este tipo de armamento, pues en puridad los Estados que ya pertenecen al club atómico no tienen argumentos morales para impedir la entrada en él a nuevos miembros. No obstante, el escenario de un mundo en el que todos los Estados se dieran a la proliferación de armas nucleares supondría probablemente una grave amenaza para el orden internacional. Evidentemente, la opción más adecuada sería la de la desmilitarización nuclear de todos los actores, pero los Estados son normalmente reacios a renunciar a sus privilegios. En el caso iraní, Irán tiene tanto derecho como Estados Unidos a tener armas nucleares, pero si el régimen de Mahmud Ahmadineyad  se dotara de poder nuclear, la estabilidad del orden internacional podría quedar en jaque. O no. El caso de Corea del Norte, el execrable régimen totalitario del megalómano Kim-Jong Il, demuestra cómo un Estado perteneciente al llamado ‘eje del mal’, con todas las papeletas para ser escenario del poderío militar norteamericano ha conseguido, desarrollando un programa nuclear ambicioso y que, pese al secretismo de Pyongyang, se cree ya una realidad, que le dejen en paz. ¿No sería el caso iraní similar al coreano? ¿O por el contrario Irán utilizaría las armas atómicas de modo ofensivo y desencadenaría en Oriente Medio una conflagración general con consecuencias globales?

Por mi parte prefiero no arriesgarme. Pese a que no es injusto que Irán tenga armas nucleares, ello puede tener consecuencias desastrosas en el plano del orden internacional. Hasta que el club atómico no se disuelva por completo –ésa es la solución ideal– soy partidario de restringir la entrada a nuevos miembros, sean persas, africanos, americanos o europeos. Justicia y orden son un matrimonio bien avenido, pero en ocasiones prefieren la compañía de otros.

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